Martes 26 Febrero 2008
Las ambiciones del Obispo: La historia de Monseñor Picchi.
Posted by Claudio Scabuzzo under General, Rosario, Santa Fe, argentina, corrupción, historia, política, religión | Etiquetas: Antonio Plaza, complicidad, corrupción, dictadura, Iglesia, Manubens Calvet, Mario Picchi, obispo, proceso militar, Santa Teresita, Venado Tuerto |Los bienes de la iglesia son inembargables. El fallo cerró un caso judicial que involucró al Obispado de Venado Tuerto a fines de los 80. Su titular, el salesiano Monseñor Mario Picchi y dos personas más, regenteaban una mesa de dinero que terminó estafando a 85 clientes, que iniciaron juicio al obispado sin lograr recuperar sus ahorros. Habían participado de una maniobra para quedarse con la fortuna de Juan Feliciano Manubens Calvet. Una historia de poder, ambiciones e impunidad.
Todo se inicia cuando el obispo Mario Picchi, titular del obispado de Venado Tuerto, se involucra en el caso de la fabulosa herencia de Juan Feliciano Manubens Calvet, poderoso terrateniente que falleció el 5 de marzo de 1981, en Córdoba, sin hijos conocidos. Los 42 sobrinos-nietos del hacendado que habían iniciado la sucesión encontraron a una nueva pretendiente de la herencia: la paraguaya Dolores Manubens Calvet, que alegaba ser hija natural de Juan Feliciano Manubens Calvet. La paraguaya recibió el respaldo y la representación del Arzobispado de Venado Tuerto para lanzarse a morder parte de la fortuna.
Dolores le había vendido el 70% (algo así como medio millón de dólares) de su herencia a un tal José Luis Cora -Colaborador de Monseñor Picchi-, para que realizara obras pías en la diócesis y para obras cristianas en el resto del mundo.
La supuesta hija exhibía un acta de nacimiento, que luego la justicia determinó que era falsificada. Su verdadero nombre era Juana González Cibils, y nada tenía que ver con el rico hacendado ya que éste no podía tener hijos, era estéril.
La batalla judicial incluyó a dos abogados de la Santa Sede, que desde Roma negociaron con los descendientes de Manubens Calvet la parte de la herencia que querían apropiarse ilegítimamente. Mientras tanto los negocios en la cueva de dinero no pudieron solventarse. En 1985 el Obispado sufrió el pedido de embargo de su edificio y de otro inmueble ubicado en Buenos Aires por decenas de cheques sin fondos en operaciones entremezcladas con el mercado interempresario, por un valor superior al millón y medio de dólares. Faltaban unos años para que Venado Tuerto viviera otra gran estafa con el cierre del Banco Integrado Departamental (BID).
Como los depositantes de la mesa de dinero de la Catedral vieron desaparecer sus ahorros, las denuncias llovieron y los pedidos de remate sobre los bienes de la iglesia tuvieron la respuesta de la justicia: son inembargables. En tanto en el caso de la estafa por la herencia de Manubens Calvet la justicia federal determinó que José Luis Cora, el colaborador de Monseñor Picchi, era el autor intelectual, y que habían participado de la maniobra el religioso y el martillero Jorge Olivero.
Juana González Cibils terminó encarcelada. Picchi, como cómplice, no pudo ser llevado a la cárcel por su avanzada edad, tenía 80 años. En tanto el martillero Olivero debía cumplir cuatro años de prisión pero el ex presidente Menem, un día antes de dejar el poder en diciembre de 1999, le otorgó la conmutación de la pena.
Picchi culpó de todo a su hermano, como buen cristiano. Y como la iglesia premia a sus jerarcas con traslados que lo alejan de la sucia justicia de los hombres, terminó sus días en el obispado de Tinisa de Numidia, un cargo dentro de la estructura del Vaticano, sin función pastoral. Un sello de goma en Roma.
No era extraña la vinculación de Moseñor Picchi con la oscuridad de las peores cosas terrenas. El tenía el antecedente, hasta 1977, de haber sido la mano derecha de Monseñor Antonio Plaza, el poderoso obispo de La Plata durante la represión de la dictadura militar.
En la ciudad de La Plata se registraron más de 2000 casos de desapariciones forzadas de personas y se documentaron 32 menores hijos de desaparecidos ingresados a la Casa Cuna entre 1975 y 1978. Eran enviados por las fuerzas de seguridad, como lo indica el testimonio de Marcos Cuminsky, ex-director de esa institución. Plaza compartía el poder y la influencia con el jefe de la policía bonaerense General Ramón Juan Alberto Camps, un “mesiánico, casi místico, que sin la guerra sucia sería hoy absolutamente desconocido” según contaron testigos de la época.
Allí Picchi era el secretario de Plaza y estaba a cargo de los asuntos legales de la iglesia. Como asistente de Plaza y titular de la diócesis de Venado Tuerto acompañó las prohibiciones y disposiciones de la dictadura militar, en complicidad con un poder sangriento.
El religioso fue citado en testimonios sobre desapariciones de personas. En octubre del 2006, la fiscalía federal de La Plata ordenó su detención por la desaparición de dos matrimonios secuestrados en la Brigada de Investigaciones de La Plata, pero la orden no se cumplió porque el obispo ya estaba muerto. Picchi falleció el 29 de marzo de 1997.
El sitio de la Agencia informativa Católica (perteneciente a la iglesia) es muy escueto sobre el paso de Picchi por Venado Tuerto. Dice que el segundo obispo de Venado Tuerto “fue Mons. Mario Picchi, salesiano, a quien siendo obispo auxiliar de La Plata, Pablo VI lo trasladó a Venado Tuerto el 6 de abril de 1978. Tomó posesión el 14 de mayo siguiente. El 19 de junio de 1989 Juan Pablo II lo trasladó a la Iglesia titular de Tinisia de Numidia.”
(http://aica.org/aica/igl_arg/circuns_ecles/diocesis/venado_tuerto.htm)
En sus años de obispo fue formador de sacerdotes. Jorge Cadús y Facundo Toscanini relatan en su obra “Un tiempo ayer ceniza” la trayectoria del sacerdote Juan Ríos, actual representante legal del Colegio Santa Teresita del Niño Jesús, en Rosario. “Picchi fue el mentor y el principal referente” de Ríos, según cuenta la investigación, y agrega que una beca gestionada por Picchi permitió a ese cura viajar al Vaticano en 1972 para estudiar Teología en el Colegio Pontificio Latinoamericano de Roma.
Pero hay un tramo de esta historia, a través de la trayectoria de Ríos, que refleja como se comportaba la iglesia en tiempos de desapariciones y torturas, en el sur de Santa Fe, el imperio de Picchi:
“Un domingo yo terminaba de dar misa en Venado Tuerto y me dice el obispo: ‘Juancito, murió Bértolo’ (el párroco de Máximo Paz). Y yo le digo: ‘Y ahora, monseñor: ¿a quién va a mandar?’”, recuerda el cura Juan Ríos.
Juancito iba todas las tardes a tomar un café al obispado, pero al ver que la espera para cubrir la vacante en Máximo Paz se demoraba, deja de ir. Tenía miedo de que lo designaran a él, cosa que luego ocurrió. “Yo no me quería ir de Venado Tuerto, estaba muy feliz allí. Mi trabajo era con la juventud, pero bueno tuve que aceptar ir a Máximo Paz”.
Fue en la primavera de 1978. Los goles del “Matador”, Mario Kempes, ocultan los gritos de los detenidos salvajemente torturados. En Máximo Paz se vivía una realidad paralela, se desconocía gran parte del que impartía el gobierno militar. Además, el pueblo esperaba ansioso la llegada del nuevo párroco, que según comentaban algunos “va a ser mejor que Bértolo”.
Esta algarabía, mezclada con cierta ingenuidad, llevó a que muchos paceños fueran a esperar al nuevo sacerdote a modo de caravana en lo que alguna vez se llamó el cruce de “Catalá”, en la intersección de la Ruta 90 y la que une Bigand con Juncal. Allí fue recibido por el mismísimo presidente comunal de aquellos años, Odilio Raúl “Chilo” Brotto.
Pero, Juan Ríos no era para nada similar a Bértolo. Y menos aún después de aquél viaje al Vaticano. “Cuando llegué a Máximo Paz me encontré con una acogida muy fraterna y cordial, pero sinceramente, más de tres veces lloré.
Yo sentí mucho el corte de actividad que venía realizando en Venado Tuerto. Máximo Paz era un pueblito muy chiquito, ya a la tardecita no anda más nadie por la calle”, rememora el sacerdote. Años duros eran los que se vivían en el país y momentos difíciles comenzarían a producirse en el pueblo.
Hechos y actitudes que mostrarían como pensaba en particular ese nuevo cura llegado a un pueblito de sur de Santa Fe que, como la misma iglesia, era cómplice del horror. Máximo Paz vivía entonces una intensa actividad deportiva e institucional. Los clubes estaban llenos de jóvenes que practicaban básquet, y sus comisiones directivas llenas de gente con muchas ideas y ganas de trabajar.
“Los clubes cumplían un papel interesante, lastima las formas que empleaba el Club Social”, dispara Ríos. Y sigue: “desde mi llegada siempre hubo una dureza del Social hacia mi persona. Yo tenía grupos juveniles y ellos los tomaban, se los llevaban al club y les lavaban la cabeza; desde allí los chicos dejaban de venir y de saludarme por la calle. Les metían todas esas ideas guerrilleras, porque ahí en el Social guardaban armas… y como la violencia no es ni evangélica ni cristiana yo no podía permitir esa situación. Yo era el enviado de Dios, era mi obligación combatir esas ideas fuertemente anticlericales”.
Al enterarse las autoridades del Club Social de la acusación proveniente nada más y nada menos del cura párroco del pueblo, decidieron invitar a Ríos al club, para que el mismo pudiera comprobar que no existía el foco guerrillero al que el hacía referencia. Ríos nunca visitó el club, pero se mantuvo firme con sus denuncias infundadas.
Frente a este situación, la directiva del club Social, decidió pedirle una reunión al sacerdote, quien extrañamente accedió a tal petición. Y ese, tal vez, haya sido el momento en donde aquél sacerdote formado bajo el ala de monseñor Pichi se mostró tal cual es. Tras los incesantes pedidos de explicaciones por parte de la gente del Social, Juan Ríos recurrió a una ya triste frase: “Yo digo que en el club Social hay armas de la guerrilla, y en todo caso, frente a cualquier autoridad provincial o nacional siempre será oída mi palabra por el peso de mi investidura”.
Al ingresar a su actual oficina en el colegio Santa Teresita del Niño Jesús en la ciudad de Rosario, impactan dos grandes cuadros. Uno con el rostro de monseñor Eduardo Mirás, arzobispo de la ciudad de Rosario, presidente de la Comisión Episcopal Argentina y militante del olvido y el silencio, de quien Juan Ríos se apura a decir “es mi obispo”. El otro retrato es más reciente pero su sola estampa implica toda una posición, se trata del actual Papa Benedicto XVI. Desde el ventanal, Ríos aprecia “la majestuosa” torre de la ex- Fábrica Militar Domingo Mateu, que a su vez fue centro clandestino de tortura y detención, donde hoy funciona allí la Jefatura de Policía. “Yo soy capellán del Ejército desde 1997. El obispo me distinguió por mi trabajo asignándome esa hermosa misión. Soy capellán del batallón de comunicaciones y actualmente del comando del II cuerpo. Me inicié como capellán en la ex fábrica de armas, cuando todavía era obligatorio el servicio militar, dando catequesis”, dice el cura.
A su vez, Ríos es confesó admirador de monseñor Guillermo Bolatti, quien fuera arzobispo de Rosario cuando se desató la represión en Villa Constitución en marzo de 1975. El mismo que agradecía, mediante una carta fechada el 5 de abril de 1976, a los militares por haber impedido que “los marxistas tomaran el poder”. 30 años después del golpe genocida, Juan Ríos, el discípulo de Pichi, el admirador de Bolatti, el cura Juan Ríos, se confiesa: “Lo que algunos llaman represión, yo creo que fue necesario. Era una guerra, había que terminar con esas ideas perniciosas que afectaban el intelecto, nuestra manera de ser cristiana y en fin, a nuestro más acervo espiritual sintetizado en Dios, Patria y Hogar”.
Como estas historias, hay muchas que se vivieron en este país cuando el poder era despiadado y la iglesia indiferente. Pero además, esas épocas de atropellos deformaron la esencia de las instituciones y sus máximos referentes, la mayoría de los cuales prefirió colaborar antes que denunciar. Hubo excepciones, pero no eran suficientes.
Claudio Scabuzzo La Terminal
Sábado 15 Marzo 2008 at 10:29 am
Esto es fascismo homosexual.
http://sinblancaporelmundo.wordpress.com/2008/02/23/maricones-sectarios/