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Una figura rodea al matrimonio presidencial y participa de las acciones políticas oficiales. Se trata de Luis Ángel D’elia, ex funcionario nacional, ex diputado y ex concejal, pero sobre todo “piquetero”. Su protagonismo durante el paro agropecuario puso en evidencia el rostro más agrio del poder gobernante: el de la intolerancia y la violencia. La historia de un provocador profesional.

D’elía es titular de dos entidades vinculadas entre sí. La Cooperativa de Vivienda, Consumo y Servicios Sociales “Unidad, Solidaridad y Organización” Limitada y  la Asociación Civil Fuerza de los Trabajadores por la Tierra, la Vivienda y el Hábitat. Esta última forma parte de la CTA,  Central de los Trabajadores Argentinos, y es conocida como Federación de Tierra y Vivienda.

Esas organizaciones se insertan en el conurbano bonaerense, donde los sectores marginales representan la mayoría de la población. Los problemas de hábitat no son desconocidos, como tampoco los cuestionamientos a la ocupación ilegal de terrenos privados y propiedades. Precisamente las entidades de D’elia intentan legitimar la ocupación de tierras y presionan al gobierno para que ceda los terrenos que son de su propiedad. Esa tarea le permitió transformarse en una figura inquietante para los distintos gobiernos municipales, provinciales o nacionales. Es así como en numerosas ocasiones D’elía se transformó en receptor de inmuebles para sus seguidores.

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Según se cuenta, las tierras recibidas por la Federación de Tierra y Vivienda son vendidas a través de la Cooperativa en todo el país.

D’elia tiene alrededor de 50 años y vive en La Matanza. Sus organizaciones han multiplicado sus funciones. Desde hace algunos años es uno de los tantos administradores privados de los planes del gobierno dirigido a los necesitados. No he obtenido datos sobre la cantidad de dinero que reparte, pero D’elia amplió notablemente su trascendencia a partir de esa actividad “asistencialista”, cuya mecánica conoció durante su época de puntero político.

delia.jpgD’elía dio sus primeros pasos en la política cuando ejercía como docente y era parte del Sindicato Unificado de los Trabajadores de la Educación de la Provincia de Buenos Aires (SUTEBA). Siempre militó junto al peronismo, aunque incursionó en la democracia cristiana, y su rol de puntero lo ocupó varios años. Hoy se considera un dirigente social.

El “puntero” es una figura de los aparatos partidarios cuya tarea es convocar adeptos a ciertas líneas políticas con vista a comicios electorales. Los métodos de captación no son los ideales: a veces el voto debe comprarse mediante un pago en efectivo, un artículo o el transporte al lugar de votación. Esta práctica no es desconocida, y a veces la función no se extingue tras una elección, sino que continúa a partir de las necesidades políticas del grupo. Eso sí, en general, nada es gratuito. El que más cobra es el propio puntero, que se puede hacer acreedor de un puesto político.

Llevar gente a los mitines políticos es uno de los trabajos típicos del puntero y D’elía lo habría hecho para todos en la década del 80.  Es así como se acercó a la Democracia Cristiana, al menemismo, al cavallismo, al frepaso (que le permitió ser concejal) y luego al kirchnerismo.

Sus seguidores protagonizaron numerosos “piquetes” o cortes en rutas y calles desde el 2000 al 2002, principalmente en el conflictivo conurbano bonaerense. Era la campaña “anti-alianza” permanente, a favor de intereses políticos del justicialismo. Cuando cayó el gobierno de De la Rúa en diciembre de 2001, allí estaba D’elía con su gente.

Sus piquetes provocaban temor e indignación. No fueron pocos los casos de agresiones recibidas por circunstanciales automovilistas que intentaban pasar por el lugar, ni los daños a la propiedad privada cuyos responsables jamás se identificaban.

Esa capacidad de movilización le ha permitido codearse con figuras políticas que simpatizaban con él o le temían. Incluso durante el gobierno de Néstor Kirchner ocupó la subsecretaría de Vivienda para el Hábitat Social, lo que habla de su llegada al matrimonio presidencial.

Según cuenta el diario Clarín del 14 de  noviembre de 2006 D’elía le trajo dolores de cabeza al gobierno: “la toma de la comisaría de La Boca en 2004 -cuando Kirchner estaba en China- o el corte de candados este año en la estancia correntina de un empresario norteamericano, fueron algunos de sus hitos. Kirchner le ponía límites a su manera: varios proyectos que promovió en el Congreso nunca tuvieron acompañamiento oficial.”

El diario describía en esos días los últimos instantes de D’elía como funcionario nacional. “Este chico se volvió loco”, cuentan que dijo desde Santa Cruz el presidente Néstor Kirchner cuando leyó el texto de la carta que Luis D’Elía, en una muy promocionada visita, llevó ayer a la Embajada de Irán para apoyar la posición iraní en la controversia por la investigación judicial de la causa AMIA.”

hugo-chavez_fidel-castro1.jpgEl acercamiento de D’elía con el gobierno de Venezuela encabezado por Hugo Chávez, y su posterior identificación con la realidad de la República Islámica de Irán, pone a este dirigente “popular” en el eje del mal, según la visión norteamericana. La comunidad judía argentina repudió duramente a D´elía, y se aferró a la causa judicial que condena a Irán por los atentados.

Es extraña su mutación de dirigente barrial a referente internacional, de adherente a la Teología de la Liberación, a inscribirse en los lineamientos castristas de Chávez. Su vuelo desde la marginalidad del conurbano a las capitales del petroleo no resulta claro y convincente. Pero nada debe ser casual. Las valijas del gobierno venezolano hacia Argentina pudieron haber contribuido a las causas populares que representa D’elía, aunque el propio gobierno jamás aclaró el destino de los fondos que arribaban desde Caracas.

paro-agro.jpgEl reciente paro agropecuario que movilizó al país, puso a D’elía en la vereda opuesta, como no podía ser de otra manera. Su guerra personal contra los “blancos de Barrio Norte y Recoleta” lo enfrentó con el interior del país. El era el defensor del gobierno de los Kirchner, y no debía quedar ninguna duda. Ningún funcionario nacional lo desautorizó, incluso la propia Cristina Kirchner utilizó su lenguaje al definir el paro de los chacareros: “los piqueteros de la abundancia”.

Es verdad que él representa a organizaciones urbanas del Gran Buenos Aires, alimentadas por subsidios estatales y acostumbrados al clientelismo político. Jamás comprendería la realidad de los pueblos del interior y del trabajo del campo, ni de la enorme tajada que Buenos Aires se lleva de las riquezas del país, para sostener esos aparatos políticos violentos.  Dificilmente veremos a D’elía fomentando el trabajo agropecuario, generando producción como legítima forma de obtener los recursos para vivir…. El y sus seguidores prefieren la usurpación, la ocupación, el enfrentamiento y el plan social. Su objetivo es establecer una lucha de clases inspirado en el marxismo, pero muchos dudan que el represente a los sectores del proletariado. D’elía es sobre todo un burgués, que supo aprovechar la política para su sostenimiento personal. Sus seguidores no son del extracto obrero propiamente dicho, ya que se integran al movimiento a partir de sus resentimientos contra la sociedad organizada. Son una fuerza de choque, un grupo dispuesto a enfrentar a los opositores en el terreno llano.

Es la división del país en unitarios y federales, entre tribus urbanas y trabajadores del campo. Esa dualidad, campo y ciudad, hoy presenta un abismo que los separa.

Para la visión piquetera, los productores agropecuarios son “oligarcas” y sus beneficios deben ser repartidos entre los más necesitados. No todos los trabajadores del campo son terratenientes. Esa postura tiene el moho de las palabras de Chávez y Fidel Castro, cuyas realidades individuales dista mucho de la que viven los pueblos que gobiernan. Las políticas de estos referentes arrasaron con la producción y el crecimiento, con los derechos humanos y la justicia.

D’elia volvió a amenazar  a quienes no piensan como él. A los ciudadanos que sacaron sus cacerolas para golpearlas en contra del gobierno, a los productores que frenan la circulación en rutas y autopistas.  “Lo único que me mueve es el odio contra la puta oligarquía, no tengo problemas en matarlos a todos”, dijo el piquetero y admitió tener un “odio visceral” a “los blancos de Barrio Norte”.

“Sépanlo de mi boca. Ustedes piensan que nosotros somos inmundicia, escoria, barbarie. Tengo el mismo odio que nos tienen ustedes a nosotros los del norte, lo único que me mueve es el odio contra ustedes”, dijo.

delia2.jpg“Vamos a la Plaza, porque la Plaza de Mayo es de la madres, de las abuelas, es de los hijos y es de los trabajadores”, concluyó. Pero horas después se desdijo: aseguró que le trastocaron sus declaraciones.

Las cacerolas protestaron por la inflación que se oculta, por el imposible sueño de la vivienda propia (que D’elía desconoce, ya que no existe ninguna política oficial de acceso al techo, pagando), por la corrupción y por personajes avalados por el poder como es el propio D’elía. Por eso también sonaron cacerolas.

Es un discurso dificil de sostener, cuando él representa a un gobierno que está integrado por terratenientes, empresarios y millonarios. Precisamente la presidente, junto a su marido, exhiben una importante fortuna personal digna de algunos vecinos del barrio Norte de Buenos Aires.  Son poseedores de 4×4, relojes Rolex, ropa exclusiva, tierras y mansiones, objetos repudiados por el dirigente social, devenido en defensor del poder gobernante.

La entrevista que mantuvo el actor Fernando Peña con el dirigente es imperdible. Se realizó en el programa EL PARQUIMETRO que se emite en la FM 95,1 de la ciudad de Buenos Aires. Allí D’elía destila su odio.

Audio: Te odio…

El piquetero alimentó el humor gráfico, y no quedó favorecido. Diario Perfil publicó en internet esta composición:

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Este personaje, pintoresco y grotesco, es el peor vocero que el gobierno puede elegir, o quizás la figura que representa a quienes defiende. Lleno de odio y venganza, de violencia y brutalidad, de intolerancia y racismo… El país que él quiere no es que queremos los argentinos. Ya hubo demasiados muertos por la intolerancia.

Claudio Scabuzzo
La Terminal
Fotos: web