La tinta y la sangre.


 

Sin anestesia, el gobierno de Cristina Kirchner levantó la tapa de una olla nauseabunda. En ella se conservaba la oscura historia de una empresa con participación estatal y privada, que se vendió a los diarios mas importantes del país en los inicios de la dictadura, en 1976. La operación revelaba la estrecha vinculación, por convicción o amenazas, de la prensa con los militares que gobernaban en forma ilegítima, pero también los oscuros lazos que unian a sus vendedores con la dictadura, la triple A de López Rega, la corrupción sindical y política, y los dineros surgidos de la extorsión de Montoneros .  Todos escondían intenciones ocultas, actitudes poco éticas y ambiciones desmedidas. La Presidenta se expone al peligro de ser participe de una deformación histórica, montada en una guerra de su gobierno contra el principal multimedios del país, el Grupo Clarín. La tinta se mezcla con sangre en esta historia, donde las víctimas tambien son victimarios, sea cual fuese el lugar desde donde miramos. Un fragmento de la historia escrito por Juan Gasparini ¿relator o protagonista del hecho?.

 

No hay heroes aquí. Cada uno de los nombrados en el caso Papel Prensa no tiene un pasado de gloria, ni una vida ejemplar. Pero están 34 años después enfrentando la verdad pero sin tenerla. 

Papel Prensa, es la única fabrica de papel para diarios del país y pertenecía al grupo Graiver, cuya cabeza, David Graiver se había transformado en el banquero de Montoneros, pero también de políticos y gremialistas corruptos. En 1976 pasaron a formar parte de la empresa los diarios La Razón, La Nación y Clarín, pero el estado conservó una parte de su propiedad. 

Papel Prensa pudo ser un símbolo del poder de control sobre la prensa escrita, pero su significación ha pasado de moda. Los diarios en su suporte de papel no logran penetrar en la opinión pública como antes si no ofrecen una alternativa digital. Hoy se discute si en el futuro el diario seguirá impreso o circulará electrónicamente. El debate abierto fue superado por la tecnología, pero las circunstancias que se ventilan, superado por la historia. 

Como una guerra de dinosaurios, las pruebas sobre este negocio se esconden en la memoria de algunos, en amarillos expedientes y en la interpretación que destila el tiempo. Es un trabajo arqueológico encontrar ese elemento que logre llevar a la cárcel a algún reconocido empresario periodístico, pero la campaña dejará sus heridos en el camino. Mientras  los cortos plazos de campañas políticas se cumplen, la historia que quede no tiene importancia. 

David Graiver.

 

David Graiber es una de las puntas de este asunto. El dinero de sus inversiones industriales e inmobiliarias nacía de transacciones bancarias al exterior a través de bancos propios que no eran más que sofisticadas mesas de dinero. Su muerte extraña llevó a la tumba los negocios más turbios de la Argentina de los 70, con socios tan inescrupulosos como él. Su viuda Lidia Papaleo y otros familiares, recibieron una herencia que se caía a pedazos.  Aunque mantenían vínculos con los militares y con su ministro de economía, Martínez de Hoz, la sospecha del dinero de los montoneros en el Grupo Graiver, la ponían en la mira de la linea dura de la dictadura, no por el supuesto delito  sino porque esa plata era el tesoro que querían los dictadores para sí. 

Una historia que abre interrogantes. 

Juan Gasparini

 

Juan Gasparini escribió en la década del 90 el libro: “David Graiver: el banquero de los montoneros”. Allí describe la atmósfera de esos años en donde se vendieron las acciones de Papel Prensa a los diarios porteños. 

Se dice que Gasparini participó de reuniones con la viuda de Graiver, como miembro de Montoneros y reclamando el dinero de su organización. Lo cuenta Patricia Bulrich, diputada de la Coalición Cívica pero miembro de la Juventud Peronista en sus orígenes. 

Carlos Pagni escribió en La Nación del 30 de agosto de 2010 lo que dijo la legisladora:  “Yo conocí el proceso de Papel Prensa por mis conversaciones  

Patricia Bullrich.

 

con Rodolfo Galimberti y con otros protagonistas de aquellos años. Los Graiver manejaban fondos de los Montoneros, que provenían del secuestro de los Born. Los Montoneros comenzaron a presionar a los Graiver, sobre todo a Lidia Papaleo, porque suponían que David Graiver no había muerto, sino que se había fugado con la plata. Los encargados de ejercer esa presión eran el supuesto Dr. Peñaloza y el supuesto Dr. Paz. Peñaloza era Raúl Magario. Y Paz era Juan Gasparini. Gasparini fue quien amenazó a la viuda de Graiver con hacerle tomar una pastilla de cianuro si no les devolvía el dinero. Pero el 10 de enero de 1977, es decir, 69 días después de la venta de Papel Prensa, Gasparini fue capturado y recluido en la ESMA, donde comenzó a trabajar para [Emilio] Massera. Entre otras cosas, reveló la vinculación entre los Montoneros y Graiver. A partir de ese hecho, los militares cayeron después sobre la familia, sometiéndola a todo tipo de vejamen”. 

El relato de Gasparini en su libro “David Graiver, el banquero de los Montoneros” es extenso pero vale la pena leerlo, ya que podrá uno encontrar detalles que permiten entender algunas de las cosas que hoy suceden, en la mirada de alguien que pudo ser testigo real del hecho. 

El piso 29 del edificio Olivetti de Buenos Aires era un desfile de dolientes. Los más afectados reclamaban la devolución de capitales depositados en el exterior. La mayoría habían naufragado en la BAS, recientemente declarada insolvente. Imposible rescatarlos. El Instituto de Redescuento y Garantía Bancaria de Bélgica restituía los depósitos de cualquier banco privado o estatal que anegara, pero si habían sido realizados en la moneda nacional. No lo era pues, como se sabe, los argentinos preferían apostar al dólar. El reguero de fondos que se perdió por las tuberías de Graiver entre Buenos Aires y Bruselas alcanzó los 7 millones y medio de dólares. 

Mientras Lidia daba largas a los acreedores y palpaba el deterioro irremediable de las empresas por la falta de oxígeno financiero que antes bombeaba David desde Nueva York, el Banco Central argentino tomaba recaudos. El olor que despedían el ABT y la BAS acicateó poner veedores en el Banco Comercial de La Plata y en el Banco Hurlingham. 

El desembarco de esos inspectores contagió de pavor a Lidia. En la soledad de sus noches, cuando apagaba la luz y se entregaba al sueño meditando sobre el espejismo de las glorias de este mundo, David parecía mofarse. Asomaba descaradamente por las rajaduras del cielorraso. Por momentos se exhibía como ella lo había idealizado: un ganador que canjeó el placer de los bienes materiales por la satisfacción moral del cambio social. De a ratos aparentaba ser todo lo contrario: un canalla, arrogante trepador sobre las ilusiones perdidas. Cara y cruz de una misma moneda. Al fin y al cabo el engaño había sido su segunda naturaleza. La primera era la mirada penetrante y la espaciosa sonrisa, que hacía creer al interlocutor que en este mundo sólo él tenía importancia. La segunda, las intenciones definitivas de un crápula, que no vacilaba en pasar por encima de cadáveres. 

Tapa de la revista pro-dictadura "Somos" en 1977.

 

Lidia Graiver revisaba una y otra vez el proyecto, largamente discutido, con el ahora ausente de aquel lecho de la Avenida Alvear 1678, 5º piso “B”. Lo que había parecido infalible hacía agua por varios costados. ¿Qué ocurrió? La pregunta daba vueltas en el dormitorio como una mosca enloquecida por 

el encierro. ¿Qué les pasó a los dos, que no previeron el estrepitoso fracaso?. Ese no era el puerto previsible que justificara las concesiones. ¿Se habían equivocado? ¿Dónde residía el 

error? Dudar o no dudar: el quid de la cuestión mortificaba a Lidia.Su marido la convenció de que era factible armar un fabuloso poder industrial e inmobiliario en la Argentina, sirviéndose de apoyaturas políticas en los gobiernos de turno y de soportes financieros propios y ajenos. David Graiver se veía como ministro de Economía de un gobierno hegemonizado o con participación de los Montoneros, al que podía tenderle un puente con la administración Carter que se avecinaba. Las aspiraciones políticas de “Dudi” entroncaban con Papel Prensa. Al banquero lo enfebrecía la ilusión de cerrar o abrir a su agrado el grifo que repartiría papel de diarios y revistas en Argentina y que tutelaría el periodismo escrito, hubiera o no democracia. 

Ganaran o perdieran los Montoneros, David tenía por lema convertirse en un gran protagonista de la política argentina. Pudo observarse cómo personajes importantes y variados de la franja dirigente se hallaban enganchados con él. Gracias a sus favores creía que neutralizaría la posibilidad que un gobierno hostil se propusiera perjudicarlo. Los males que llegaran a ocasionarle repercutirían en todo el cuerpo político. En ese sentido Papel Prensa era un verdadero reaseguro. Visto desde sus propios intereses, ¿quién sería capaz de desistir una asociación con él?. Elucubraba que si derrapaba fuera de ruta se los cargaba a todos al infierno. 

Graiver bregaba para gestar las condiciones materiales que obligarían a los demás a pensar como él deseaba que pensaran. Los competidores debían llegar al convencimiento de que era más redituable ser sus aliados que sus enemigos. Él los dejaba venir y les aseguraba que habría para compartir satisfacciones: “tanto para vos, tanto para mí”. 

El libro de Juan Gasparini, ¿Una versión de los hechos o la versión real?

 

Los hacía pensar en las bondades del corto plazo. Ellos no debían imaginar que, en el largo, los vencería. Entonces se erguiría como el más fuerte: “todo para mí, nada para vos”. El principio del yudo le reportaría la victoria. Si todos copiaban la imagen que les proponía, las apariencias de igualdad estaban garantizadas. En el fondo esto era falso pero, en lo inmediato, lo hacía aparecer como cierto. No todos ganan en la concentración capitalista. Hay también perdedores. 

Los “tontos” de Mario Puzo. Graiver lo sabía tan bien, que que se sentía el “vivo”. Al concluir se impondría el más listo, es decir él, que se llevaría por delante a los demás. 

Su liderazgo saldría de discusión, siendo demasiado tarde para ponerlo en tela de juicio. Después David iba a darse el lujo de decidir, si le convenía, a quién perdonarle la vida. Era su escudo para inducir el pensamiento de adversarios o competidores desde una posición de poder en permanente crecimiento. Graiver presumía que estaba protegido del pecado que lo diferenciaba del resto de la capa política y económica tradicional. 

Sus cimientos eran parcialmente, en efecto, capitales guerrilleros. Si alguna vez saltaba el secreto, o si los muchachos perdían la guerra, él se salvaría porque costaría menos su indulto que la correntada de escándalos que iba a arrastrar a muchos si lograban voltearlo. 

Recorte del diario La Tarde, editado por Héctor Timerman, actual Ministro de RR.EE. del gobierno de Cristina Kirchner. El diario La Tarde, que respaldaba a la dictadura, era financiado por David Graiver.

 

Pero aquel pronóstico se estaba demostrando erróneo. Primero lo relativizaba una de las prerrogativas de los que detentaban totalitariamente el poder: si existe voluntad política de mantener la inmersión, no hay chanchullo que por sí solo salga a la superficie. Segundo, lo contradecía una triste constatación. El fabuloso modelo perdía sentido sin la presencia física de David. El proyecto había sido izado bajo una conducción unipersonal, y esta, por su esencia, como se sabe, no se lega jamás. Su violenta como temprana desaparición ponía en evidencia al mismo tiempo un tercer elemento que frustraría los sueños del más audaz e inescrupuloso banquero que haya nacido en la Argentina: la dictadura de 1976 a 1983 no tendría límites en su cabalgata represiva.Cualquier indicio de connivencia con la guerrilla equivalía a muerte. El grupo Graiver estaba condenado al aniquilamiento, a la par que los militantes de ERP y Montoneros. 

Por carácter transitivo, la derrota de estos tumbaría a los Graiver. No habría compromiso que valiera para impedir el desmantelamiento. Este se cocía a fuego lento. El Swiss-Israel Bank había sido dado en garantía para apuntalar la compra del ABT. Su suerte estaba ligada a este, por tanto se lo fagocitaría la banca Leumi. Recuperar algo de lo que restaba del ABT, el CNB la BAS, saldados los litigios que obturarían las quiebras, ventas, traspasos de acciones y liquidaciones de por medio, no era previsible ni siquiera a mediano plazo. 

Otro recorte del diario La Tarde, de Héctor Timerman.

 

Con veedores en el Banco Comercial y en el Hurlingham, y siendo un secreto a voces que habían sido dados en garantía en Nueva York y Bruselas, sus tasaciones se vendrían a pique. Hubo que rematarlos lo antes posible. Subvaluados, el primero fue a parar al Grupo Alianza por 8.300.000 dólares. El segundo a Juan Carlos Chavane por 3.000.000. Había que ponerle el hombro a la terminación del Bristol Center, las tres torres frente a la Playa Bristol de Mar del Plata. Sus cientos de departamentos, las galerías comerciales y confiterías se calculaba que valían 60 millones de dólares. En un principio David encaró la inversión con el Grupo Safra, dueño de los multinacionales Trade Development Bank y Republic National Bank, a través de su representante en la Argentina, Moisés Kaffif. Pero después decidió terminarlo solo. 

De la venta de aquel complejo en el balneario más concurrido del país, en vías de terminación, debían salir los fondos que resguardarían lo principal: Papel Prensa, que lastraba millones. Se ensayaba no quedar descolocados ante el ministerio de Economía, que por cualquier subterfugio intentaría quitárselos. En ese marco de extremo deterioro, Lidia se esforzaba por emular a su marido: el poder financiero servía para consolidar el industrial. 

Ernestina Herrera de Noble, dueña del Diario Clarín, en un brindis con el General Videla, primer presidente de facto de la dictadura. Es sabido que hubo una estrecha relación entre los grandes medios y el proceso militar, pero es inconsistente acusarlos de cómplices por ello, porque nadie podía sobrevivir escribiendo en contra del poder gobernante.

 

La ruina de los bancos no importaba, siempre y cuando se mantuvieran en pie las empresas industriales, comerciales e inmobiliarias. –Tenemos que fortificarnos en Papel Prensa. Ese es el único combate que tiene sentido –dijo la viuda epilogando la acción táctica que infería para salvar lo vertebral de lo que les quedaba. 

–Correcto –asintió Jorge Rubinstein, en la primera reunión a solas con Lidia. 

Lejos del barullo ensordecedor de Egasa, almorzaban en el Ligure, de Juncal entre Suipacha y Esmeralda. 

–Pero tu propuesta implica no pagar a nadie más. Te olvidás de los Montos. Dicho sea de paso, quieren verte–añadió Rubinstein, aprontándose a saborear un filet depejerrey meunière, después de los huevos de codorniz en cocotte, con vieiras. 

–¿Y vos que pensás? –Lidia masticaba rítmicamente un bocado de raya a la manteca negra, acompañado con puré de papas. De entrada había consumido un plato de pavita con crema de berros. 

Rubinstein cambió el color de las copas vertiendo Sutter,etiqueta marrón. 

–Hay que pagar. De algún lado tenemos que conseguir el dinero. Al menos mantengamos los 196.300 dólares de interés mensual que les fructifica el capital. Ojo,con ellos no se juega y está la palabra de David de por medio. 

–¿Qué insinuás? –inquirió la viuda dejando los cubiertos sobre el borde del plato. 

–Cuando se transa con gente que utiliza las armas para hacer política, hay que saber a qué atenerse si no se respeta el compromiso. 

Rubinstein subrayó el consejo con el cuchillo, haciendo un círculo en el mantel. 

–¿Te han amenazado? –La viuda puso sus brazos en jarros. 

–No, mi relación con ellos es cordial. Acordate cuando se trabaron los 14 millones en Ginebra. Lo tomaron con paciencia. Nada estuvo fuera de tono. Estando vos aquí, te corresponde asumir la responsabilidad ante ellos. Así lo habíamos dispuesto con David. 

Lidia tragó y dijo: 

Jorge Born fue secuestrado junto a su hermano en 1975 por Montoneros. Fueron liberados tras pagar 60 millones de dólares de rescate. Parte de ese dinero iba a ser blanqueado por David Graiver. La fortuna de los Montoneros era deseada por los dictadores.

 

–Sin duda. Quedate tranquilo. Ellos saben que la única posibilidad que les queda de juntarse de nuevo con esa plata es que yo esté viva, así que no van a hacer nada que me perjudique. Nos bancaran lo que sea. 

–Sí, pero tené cuidado… 

Rubinstein quería terminar con ese tema. Había hecho el nexo. Ahora la viuda debía tomar las riendas. Buscando al mozo con la vista habló de los postres. 

–Imagino que no dejarás pasar la oportunidad de los mejores panqueques de manzana al sambayón. Lidia pareció no escucharlo y siguió con los Montoneros. 

–Ya sé que son de temer. Veremos qué dicen. ¿Cómo hacés para verlos? 

–Por medidas de seguridad jamás vienen a nuestras oficinas. Tengo el teléfono de una mensajería donde se piden o dejan turnos con psicoanalistas. Yo los puedo convocar a lugares y horas prefijadas. Es el 51-8289. Lo sé de memoria. 

Ellos pueden hacer lo mismo, llamándome a Egasa o a mi casa con el pretexto de que una inmobiliaria se interesa en los departamentos del Bristol Center. Te puedo arreglar una cita para almorzar o para tomar el té. Irá “Ignacio”, a quien conocés. Llegado el momento, te explicará cómo arreglar un antiseguimiento, para que nadie sepa que los ves. A propósito, Isidoro y don Juan, ¿están al corriente? 

–No. ¿Por qué? 

–Porque en algún momento deberás abrir el juego. Te sugiero que aproveches la reunión general que tendremos los cuatro cuando vuelvan los abogados de Nueva York y Bruselas. Allí se podrá hacer una revisión global de la situación, es una buena oportunidad para dar vuelta todos los naipes. Por mi parte yo necesito que ellos lo sepan. Si no, no podría fundamentar mi posición que es no pagar a nadie, menos a los Montos, sin por tanto bloquear el salvamento de Papel Prensa. 

–Podría ser. Por lo pronto, quiero ver a “Ignacio”. Haceme una cita lo más pronto que puedas. Veremos cómo enfocan ellos la situación. 

Los panqueques de manzana agotaron el vino y orientaron hacia el café y otros temas. 

–Y con Gelbard, ¿qué pensás hacer? Manuel Werner vino a verme con una procuración por lo de los campos y el avión. Gustavo Caraballo se presentó con los poderes de Huescohills, la financiera del Caribe que hace de pantalla en aquel préstamo de 7 millones de dólares que David invirtió en la compra del ABT. De Canal 2 y Crónica todavía no hablamos. 

La presidenta María Estela Martínez de Perón (Isabelita) junto a su secretario José López Rega, fundador del grupo terrorista estatal Triple A. Existen vínculos estrechos entre la familia Papaleo y el polémico y místico funcionario peronista.

 

–Yo no voy a negociar con representantes de Gelbard. Te corresponde a vos. Fijate a que se puede llegar cediendo en los bienes comunes con tal de que no se ponga insoportable con los 7 millones. De eso vamos a hablar recién cuando podamos. ¿Qué sé yo? Como murmuran que es medio dueño de El Cronista Comercial, en una de esas se embala en hacer sociedad con Timerman. Me han comentado que Palli, ese cubano que tiene de testaferro en Canal 2 con nosotros, le ha manejado su parte en El Cronista. Tantealo… y si esta gente se pone dura, dejamela a mí. Con los documentos de la coima de los ítalo-canadienses, lo de Aluar, la “Cruzada” y las cuentas comunes con López Rega les voy a empapelar Buenos Aires… 

Perplejo, Rubinstein sacó otra pregunta. 

–¿Y los sindicalistas? 

Algo intempestiva, la viuda demostró que estaba preparada para la impiedad. –Esos perdieron. Como los ingleses, ¿te acordás? Ninguno va a alzar la voz. Esa plata es robada de los gremios. Deciles que les pagaremos cuando se extingan los juicios por los bancos en el exterior porque tenemos las cuentas congeladas. O sea, nunca. En cuanto a los demás, iremos viendo caso por caso. Y no habrá ninguna preferencia con la colectividad. 

Rubinstein pagó el almuerzo, sin hablar. La viuda anteponía una valla protectora. Casildo Herreras y sus compinches no llevarían los planteos a la plaza pública. Gelbard no estaba en condiciones de ir al enfrentamiento. Refugiado en los Estados Unidos con un pedido de extradición siguiéndole los pasos, entraría en la negociación. 

Ella la estiraría con promesas. No estaba equivocada. La deuda de Graiver con Gelbard se saldó recién en los estertores del alfonsinismo. En lo inmediato, Gelbard ganó posiciones en los bienes pero sus herederos tardaron más de una década en recuperar sus 7 millones de dólares. 

Don José no vio ese final. Un ataque cardíaco acabó con su existencia en Washington el 3 de octubre de 1977. En 1989 su hijo Fernando (su hija Silvia ya había fallecido en 1982), trataba de resarcirse de las humillaciones que sufrió de parte de la dictadura militar por su participación en el gobierno peronista precedente y por los vínculos con David Graiver. Designado como embajador del presidente Menem en París, demandó 20 millones de dólares de indemnización al Estado argentino “por el tiempo que no pudo utilizar los bienes de la familia interdictos por el gobierno militar”, según explicó el diario Ámbito Financiero del 6 de septiembre de 1989. 

La cuestión Papel Prensa abre dos frentes. En uno de ellos son mostrados como víctimas sus supuestos propietarios anteriores, motivados por el gobierno que tiene un enfrentamiento con los multimedios. Existen muchas dudas sobre la versión oficial que se intenta imponer.

Lidia Graiver eludió pronunciarse sin ambages sobre el reembolso a los Montoneros. Su reticencia ante Rubinstein sólo confirmaba que su única preocupación era Papel Prensa. La reunión general con Rubinstein, Isidoro y don Juan, donde los términos debían aclararse, no llegó a  realizarse nunca. Acompañado por Flora Dybner de Ravel –la encargada de recibir dólares para los certificados de depósitos que ofrecía la BAS de Bruselas en sus oficinas de Florida 336, 6º piso–, Rubinstein tuvo un accidente automovilístico entre Buenos Aires y La Plata. Quedó postrado durante tres meses y necesitó cuidados especiales. El cardiólogo René Favaloro le había practicado un doble bypass de aorta años atrás. Su salud se deterioró. Parecía un anciano a pesar de que sólo había cumplido 50 años. Sin embargo jamás perdió la lucidez mental. La mantuvo hasta el final, cuando el coronel Ramón Camps se extralimitó en la dosis de corriente eléctrica que podía soportar su corazón. Rubinstein se fue de este mundo sin poder cobrar los 240 mil dólares de prima que los Graiver le adeudaban por haber obedecido a ciegas como primer empleado de David. Su eclipse de las oficinas de Suipacha y Santa Fe fue aprovechada por Lidia que velozmente se instaló en el comando. 

Saliendo de las oficinas de Papel Prensa S..A. el polémico Secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno (impulsor de la investigación del pasado de la papelera) junto a Lidia Papaleo de Graiver y José Pirillo (ex- dueño de La Razón y con antecedentes de estafas).

 

El miércoles 20 de octubre de 1976, Lidia Papaleo poseía todo el poder. Enfundada en trajes sastre de Christian Dior de pantalones o pollera, y que repetía sólo cuando sus allegados olvidaban habérselos visto alguna vez, entró a maquinar sin respiro. En su entorno estaban Lidia Gesualdi y Silvia Fanjul, dominadas por la dependencia que la psicóloga con la que hicieron terapia había desarrollado en ellas, imbuidas del desafío de sacar a flote al grupo. Eran tres mujeres entrelazadas en íntima amistad. La irracionalidad del deseo sexual, latente en el duelo de la incipiente viuda, la catapultaba a la acción, como desesperada, no por poseer físicamente a un hombre, sino por aprisionar el poder que un hombre muerto había engomado con su influencia intelectual. 

Las otras dos mujeres no supieron cómo hizo Lidia para apartar a Isidoro y Juan de la dirección. De un día para otro el hermano y el padre de David dejaron de frecuentar los despachos de Egasa. A puertas cerradas, Lidia los puso secamente en la encrucijada: había 17 millones de dólares que pertenecían a los Montoneros. “Hay que dar la cara: o ustedes o yo en el comando. Además, Isidoro, vos te fuiste con la indemnización de 2 millones de dólares que te dio ‘Dudi’ a principios de año”. 

Los hombres, aterrados por la revelación, retrocedieron. En suma, Lidia apelaba al mismo método de conducción unipersonal de David. Institucionalmente tenía una posición inmejorable desde antes que “Dudi” falleciera: presidía Egasa, el esqueleto empresario de los Graiver en la Argentina, presidía Galerías Da Vinci, mediante la cual se ejercía el control sobre Papel Prensa, el futuro candado de los medios escritos de comunicación, e integraba el directorio del Banco Comercial de La Plata, a quien se referían financieramente las 30 compañías del grupo dentro del país. 

Sus antiguas pacientes, Angarola y Fanjul, jugarían en otro contexto el mismo papel de Rubinstein y Naón. Serían sus brazos accionando las palancas del poder. 

Los Montoneros, por su parte, la escucharon. Con la mayor objetividad posible ante el panorama desolador, acondicionaron sus pretensiones. Le trasmitieron  tranquilidad para que rematara el grupo; luego verían cuánto quedaba al final del túnel y recién ahí vendrían los reclamos. 

El pacto se selló en Buenos Aires durante un almuerzo en Harrods, de la calle Florida, el viernes 22 de octubre de 1976. Ese día, a las 11 y 42, Lidia dejó sus oficinas en Olivetti,  con aire de salir de compras. “Ignacio” Torres le hizo un contraseguimiento que dio resultado negativo.  Cruzaron las calles Lavalle, Tucumán, Viamonte y Córdoba, entrando casi juntos a Harrods. En la sección damas de la tienda, la Papaleo supo que además del jefe de finanzas de Montoneros, encontraría a un oficial superior con mandato otorgado por su conducción nacional, con quien iba a comer en el restaurante del tercer piso. 

Julio Roqué, “Lino”, era un cordobés parco de mirada mansa. Tenía 40 años. Usaba zapatos de cuero con suela de goma de Los Angelitos y llevaba el pelo corto. Desde el “Cordobazo” en 1969, apuntó a la lucha armada. De andar mesurado y fina inteligencia para calcular los riesgos, su corpulenta figura transitó del comando “Santiago Pampillón” en la insurrección del barrio Clínicas de Córdoba, hasta la escotilla del Peugeot 504 desde donde se alzó el fusil FAL que abatió al general Juan Carlos Sánchez. 

Por torturador lo balearon el 10 de abril de 1972, en Rosario. Roqué fue promotor de las FAR y recorrió las cárceles de Lanusse, donde se enamoró de la “Rata” Gabriela Yofre. 

Roqué dejó que hablara la viuda, mirando de tanto en tanto a “Ignacio”, quien enmudeció de improviso prefiriendo ocuparse de una milanesa con papas fritas. Lidia, lomito al plato con ensalada de lechuga y tomate de por medio, fue convincente: 

–Déjenme salvar Papel Prensa, lo que quede es para ustedes. Si no llego a los 17 millones, con esa empresa funcionando a la larga los reembolsaré, pero no puedo seguir pagándoles, como hasta ahora, 196.300 dólares mensuales de interés, porque me están ahorcando. 

La presidenta Kirchner expone al país la investigacion oficial sobre Papel Prensa y acusa a los propietarios de los diarios La Nación y Clarín de ser cómplices de crímenes de lesa humanidad. Sucedió un 28 de agosto de 2010, el día en que cambió drásticamente la relación del gobierno con los principales del medios del país. La guerra a pleno con todas las armas, de ambos bandos.

 

“Ignacio” dijo que sí con un movimiento de cabeza. “Lino” paladeó los tallarines al ajo, y transigió. Guardó para otra oportunidad la acezante curiosidad que lo caracterizara, absteniéndose de preguntar si esa concesión era suficiente para que el grupo Graiver se recobrara. Sirvió el resto de la botella de San Valentín, con lástima por Lidia Graiver. La mujer atravesaba una terrible circunstancia para la que aparentemente no se había preparado, aunque su imagen resuelta y decidida parecía mostrar lo contrario. 

La viuda está contra las sogas, se dijeron “Lino” e “Ignacio”, cuando se retiró de la mesa. En el último momento habían establecido un régimen de comunicaciones separadas con los jefes montoneros para situaciones de emergencia. 

Había que dejarla pelear, liberándola de ataduras. Total, convergieron, reconocía la deuda. Era de esperar que en el futuro no olvidara lo que representaba desistir de los intereses de la inversión para salvar el capital. 

Los Montoneros no estaban apremiados financieramente: en algún país latinoamericano se guarecían otros 40 millones de dólares derivados del “arresto, interrogatorio, juicio y castigo” de la primera transnacional argentina. 

A Lidia le pareció que una bocanada de aire fresco había menguado el tórrido Buenos Aires volviendo a su oficina: contaba con 196.300 dólares más por mes para contener el derrumbe. 

Apartados Juan e Isidoro, puesto en vereda Gelbard y enseguida los gremialistas, y con los Montoneros en la heladera sin plazos ni condiciones, Lidia se puso de lleno a resolver el problema principal: Papel Prensa. La llave de la solución estaba en el Palacio de Hacienda, que debía aportar el quórum necesario a la reunión de accionistas que se celebraría el 3 de noviembre de 1976. 

El Ministro de Economía de la dictadura de Videla, José Alfredo Martínez de Hoz. Su persona y su equipo estaban vinculados a los Graiver.

 

José Alfredo Martínez de Hoz sincopaba su despiadado plan en la Argentina. Para llevarlo a cabo necesitaba ahogar la protesta social, maniatar a políticos y sindicalistas, y hacer polvo lo que quedaba de la guerrilla. Las Fuerzas Armadas, en plena cacería “antisubversiva”, le caucionaban el silencio de los cementerios. Pero descuidaban el costo de su imagen, tanto dentro como fuera del país. La lógica del engranaje de la violencia impedía que los militares comprendieran. No era posible que desaparecieran hasta 30.000 personas, objetivo de la limpieza, sin que la tragedia repercutiera en la opinión pública. “Joe” Martínez de Hoz sabía que era una barbaridad pero la conceptuaba, fríamente, una barbaridad necesaria. Su trascendencia negativa ocasionaba problemas con gobiernos, organismos internacionales, bancos acreedores e instituciones financieras mundiales e iba a abrir heridas en el cuerpo social y en la imagen externa muy difíciles de cicatrizar. 

“Joe” sabía eso. Era un pulcro civil que fumaba en pipa, espectador privilegiado del exterminio en los balances semanales de las reuniones de gabinete presidencial. Había que llevar la coerción hasta el final pero tomando los recaudos para que la fotografía en que los militares pretendían confundirse con la Nación sólo se desluciera lo indispensable. 

A los uniformados de tierra, mar y aire, esto los tenía sin cuidado. Eran brutos, hacían el trabajo de un cirujano con manos de carnicero. La conciencia colectiva de los argentinos merecía ser engañada sin tanta impericia. 

Los genocidios podían vestirse con pretextos y alocuciones que desviaban la atención de la gente común. Martínez de Hoz se preocupó. El abogado Guillermo Walter Klein, su adlater de Coordinación y Programación Económica, voló a Nueva York por otros motivos que los estrictamente vinculados a la hacienda de los argentinos. 

En el 230 de la Avenida Park, escuchó de viva voz cómo los especialistas de Burson Marsteller desmenuzaban la cuestión y proponían paliativos. La firma ya había sido apalabrada para mejorar el maquillaje de la dictadura en vistas del Mundial 78 de fútbol. Era la multinacional de las relaciones públicas, donde se congregaban eminentes sociólogos, economistas, politólogos, semiólogos, periodistas, yuppies blancos, rubios, de apropiada inteligencia, bien comidos y vestidos, hasta con psiquiatras a su alcance. 

A su retorno Klein informó detalladamente al “Chicago boy”. Este lo consignó negro sobre blanco. Lo elevó al general José Villarreal, en la Secretaría de la Presidencia, latrastienda de la “institucionalización de la dictadura”, en la que sudaban dos prominentes civiles del “proceso”, Rosendo Fraga y Ricardo Yofre. 

Estos convencieron a Videla. El jefe del Ejército lo resumió tan bien que el almirante Eduardo Emilio Massera y el brigadier Orlando Ramón Agosti, sus colegas en la Junta Militar de la “Reorganización Nacional”, dieron el sí. Mientras se atormentaba y asesinaba había que aturdir al ciudadano corriente, abarrotando a las agencias noticiosas internacionales con la falsa percepción de que en la Argentina no pasaba nada anormal. La guerra sucia se debía impulsar a fondo pero procediendo para que sus consecuencias hacia fuera y hacia dentro resultaran lo menos nocivas posible para las Fuerzas Armadas, responsables de la desestructuración de la Nación a sangre y fuego. Para eso estaban las radios y los canales de televisión. Nada difícil, por cierto. El peso del Estado en los medios de comunicación electrónicos era abrumador. 

Martínez de Hoz supo completar los consejos de Burson Marsteller y opinó que se incorporara algo de prensa escrita a la ominosa jugada. Su idea fue aceptada sin reparos. Hacían falta periódicos y revistas dóciles que se sumaran al concierto de la obsecuencia mientras detrás del escenario se consumaba el homicidio colectivo; social, político y económico. Nada mejor que juntar a los tres diarios de mayor circulación nacional y hacerles un fantástico regalo de Navidad en ese diciembre de 1976. Martínez de Hoz los alentó a que se asociaran, y por la bagatela de 8.300.000 dólares, forzó la venta de Papel Prensa. La empresa valía varias veces esa suma. 

El método fue simple. El Estado advirtió con suficiente antelación a los accionistas privados que no iba a dar quórum para la Asamblea General prevista para el 3 de noviembre de 1976. En esa reunión se discutiría el futuro de la empresa, seriamente comprometido por la iliquidez que padecía el grupo Graiver, su principal fuente financiera, aparte del Estado. Ante la evidencia de que el gobierno retiraba el imprescindible auxilio para seguir adelante, el día antes la viuda fue convencida por la persona apropiada a inclinarse y firmar el pre-boleto de venta sin protestar. El traspaso se confirmó el 18 de enero de 1977 en actas suscriptas por las partes contractuales. Si La Nación, Clarín y La Razón llegaban a mostrarse reacias a retribuir el obsequio en los funestos seis años que vendrían, el ministerio de Economía tendría prerrogativas para hacerles cambiar de parecer. 

Lidia no preveía que Martínez de Hoz la vencería tan rápido. Pensaba que le quedaba una chance de colarse entre las redes. El estudio de Martínez de Hoz, de la Avenida Corrientes entre Florida y San Martín, en el mismo edificio de donde David sacara a Alberto Naón para fundar la BAS, seguía cobrando honorarios del grupo Graiver desde fines de la década de los 60 por su asesoría en varios negocios. 

El doctor Pedro Jorge Martínez Segovia, socio de Martínez de Hoz en el bufete, y su primo hermano –según decía–, ilustraba el directorio de la BAS en Bruselas. David también lo puso en la presidencia de Papel Prensa para realzar el perfil de la firma. El testaferro de los Graiver en la compañía seguía siendo, empero, Rafael Ianover. 

Cuando Martínez Segovia vio venir el escándalo, se dio vuelta como una media y le entregó a “Joe” un plan de traspaso de la empresa. Este lo adjuntó a las sugerencias de Burson Marsteller. En una reunión de directorio –en las que Lidia participaba pues integró desde un principio la dirección de la sociedad donde David había cifrado muchas de sus esperanzas– Martínez Segovia se transmutó en caballo de Troya de Martínez de Hoz. Fue la persona apropiada que aconsejó a Lidia ponerse de rodillas y firmar el dictamen del 2 de noviembre de 1976. Manuel “Lito” Werner, invitado por David a ese directorio para de algún modo asociar a Gelbard, perdió el habla. La viuda reunió a Juan e Isidoro. Suspirando de rabia, les pidió que no la dejaran sola en el solemne acto, celebrado en La Nación, de Florida entre Corrientes y Sarmiento. Fue en el despacho del doctor Bartolomé Mitre, a quien acompañaban Patricio Peralta Ramos de La Razón y Héctor Magnetto de Clarín, encontrándose también como invitado Máximo Gainza Castro de La Prensa. 

La “razón de Estado” se impuso. De nada valió que Graiver hubiera adobado durante años al estudio de Martínez de Hoz. “Joe” olvidó el pasado en función del futuro. Es decir, el Palacio de Hacienda y su designio monetarista para la Argentina. Nada novedoso bajo el sol: Martínez de Hoz, como en un pase de magia, repitió lo que ya había hecho Gelbard con Papel Prensa tres años antes, sirviéndola en bandeja a Graiver, después de sacársela al Grupo Civita”. El firmamento, de pos sí ya suficientemente nublado, se le enmaraño a la viuda cuando el Grupo de Tareas de la ESMA secuestró a “Ignacio”, y a dos de sus asistentes, el 15 de enero de 1977. Cuatro días más tarde “Lino” convocó a Lidia en emergencia. Según una clave concertada a solas en el restaurante de Harrods, mientras el responsable de finanzas fue al baño, la telefonearon de parte del “Sr. Linares”. 

Se acordó una cita en Egasa. Para neutralizar el riesgo  de que el teléfono estuviera intervenido, el encuentro tendría lugar dos días después y tres horas más tarde de la que se había fijado, en otro lugar previamente establecido: el romántico Parque Lezama. Los jefes montoneros no concurrían a las oficinas Graiver por seguridad. Quedaron en verse un lunes a las 10 de la mañana. En verdad sabían que se encontrarían el miércoles siguiente a las 13. 

Ernestina Herrera de Noble, la viuda del fundador de Clarín con sus dos hijos adoptivos. Hay un trámite legal iniciado por organismos de Derechos Humanos para determinar si sus hijos fueron apropiados a desaparecidos de la dictadura. Manejado como un tema político y de despretigio para los medios de Clarín, la cuestión no ha sido dirimida y sus involucrados se niegan a ser manipulados para revelar su identidad.

Sin que lo supieran de antemano, “Lino” Roqué y Lidia Papaleo tuvieron esa vez la última reunión. La cita era peligrosa pues no se había efectuado antiseguimiento de la viuda. Varios transeúntes eran en realidad montoneros armados que protegían a uno de sus jefes. Este acababa de enviudar al desaparecer su compañera Gabriela Yofre. Paseando como una pareja anodina por el Parque Lezama, Roqué le propuso a Lidia Papaleo que se fuera de la Argentina. 

No existían garantías para ella después de la caída de “Ignacio” y de sus dos compañeros, todos al corriente de la inversión de los 16.825.000 dólares. Configurando una acumulación de riesgos, estas desgracias se agregaban a otras dos que también tenían que ver con David y con ella: las caídas de Roberto Quieto y de Enrique Walker, ex novio de Lidia. Tangencialmente a la causa del encuentro, Roqué repitió la ecuación que sus colegas de la conducción nacional nunca entendieron. La represión se extendía como una mancha de aceite y si no cambiaba la política, se encaminaban a la muerte colectiva. Lidia pareció entender. Dijo que sí. Arreglaron formas de “enganche” en Madrid y México. En esas capitales los Montoneros tenían infraestructura de funcionamiento detrás de “Casas Argentinas”. Lidia aseguró que la documentación de Empresas Catalanas Asociadas no estaba en la Argentina. 

Se despidieron. El hombre moriría en combate el 29 de mayo de 1977, en Haedo. Al cabo de varias horas de tiroteo y para no dejarse atrapar vivo, pues había agotado sus municiones, Roqué ingirió una cápsula de cianuro. No tuvo tumba. Los marinos de la Escuela de Mecánica de la Armada cremaron el cuerpo en un baldío de Vicente López. 

Lidia, por el contrario, intentaría cambiar de campo. Porque Lidia no se fue. Se encerró durante dos días en su departamento de la Avenida Alvear y reformuló la estrategia.  Dejó a su hija con sus padres, escuchó a Mozart, recordó su pasado anarco y pensó mucho. Mandó limpiar Egasa, de donde retiró tres valijas de documentos que alguien llevó al extranjero. Iría a hablar con los “monstruos” invitándolos a asociarse, poniéndose a su disposición. “Si no puedes vencerlos, únete a ellos. Después vendrá el tiempo en que buscarás una salida. Ahora sobrevive como sea”. 

Todo se alineaba dentro de una determinada lógica de razonamiento propia de David, pero que estaba como encallada en otro tiempo, cuando tenía poder. Ahora las quiebras eran incontables. De momento, Lidia podía argüir que estaba fuera del urdimbre Graiver-Montoneros, si se lo imputaban.  Era un locura de su marido que ella desconociera hasta que se la comunicaran los mismos guerrilleros. Quería aclarar las cosas y que la protegieran porque los “terroristas” peronistas le habían dicho que la matarían si no devolvía los 16.825.000 dólares. Se le antojó que esa era la única forma de quedarse en Buenos Aires donde todavía podía salvar bienes y recuperar fondos, y de parar la embestida represiva que dejara entrever Roqué. Había que anticiparse. Copiando a David y su principio del yudo, utilizaría la fuerza del adversario en su favor. 

Tomó los recaudos necesarios para que los Montoneros no pudieran hacer contacto con ella si se percataban de su presencia en Buenos Aires. De la Avenida Alvear 1678, 5º “B” se mudó a Darregueyra 2842, donde estaba otro de los departamentos de David. Y en las oficinas de Suipacha 1111 pidió a Florencia Fernández Górgolas, Mercedes Cabrera, 

Estela Soria y Alicia Fernández, las recepcionistas, que cuando respondieran al público o a los teléfonos, preguntaran de parte de quién y se lo comunicaran antes de pasarle una llamada o franquear el paso a una visita. 

En su vocabulario, los “monstruos » eran los generales Jorge Rafael Videla y Roberto Edurdo Viola, conocidos de su marido y ella. La última vez que cenaron los cuatro había sido a comienzos de enero de 1976, durante una semana de vacaciones del matrimonio en Punta del este. Fueron expresamente a Buenos Aires para la ocasión. Los uniformados les anunciaron el golpe que se venía para el 24 de marzo. David los había invitado a comer para sonsacarles, haciéndose un poco el desentendido, qué había pasado con su amigo Roberto Quieto, desaparecido días antes en Buenos Aires. No hubo respuesta, como si no lo escucharan. 

Un año después de aquella comida, Lidia haría algo semejante. Para “aproximarlos” emprendió vías confluyentes. Lidia Gesualdi de Angarola llevó personalmente una cartamanuscrita de la viuda a la Casa Rosada, pidiendo audiencia al presidente. Con la constancia de recepción de la misiva firmada por Marta Bettoni –una de las empleadas de Videla– Lidia tenía la prueba de su intención de rendirse con todos los honores que esperaba le dispensaran los generales. La mostró a quien se le pusiera cerca, buscando influencias que aceleraran la respuesta positiva de Videla. 

Lidia no concebía otra cosa. Puso el recibo bajo los ojos del general Lanusse, quien prometió telefonearía al general Videla. Francisco Manrique, que trajinara los pasadizos de los regímenes militares, visitó a los generales Juan Antonio Vaquero, secretario general del Ejército, y Roberto Viola, jefe del Estado Mayor, en unas oficinas de la calle Madero. 

El periodista Bernardo Neustadt.

 

Bernardo Neustadt intercedió ante los generales Carlos Guillermo Suárez Mason, jefe del Primer Cuerpo del Ejército, e Ibérico Saint-Jean, gobernador de la provincia de Buenos Aires, con los cuales tenía enlace. También contribuyó Mario Bartolomé, esposo de Virginia Lanusse, la primera secretaria de David en Buenos Aires. Bartolomé, había sido policía de la Federal, pero por cuenta de la compañía de servicios Alega (25 de Mayo al 500, en la Capital) dirigió la custodia personal de Graiver. Con posterioridad pasó a ocuparse de cuidar a Videla y su esposa, junto a Iván Szerasuk, otro guardaespaldas de Graiver, asimismo salido de la Policía Federal.Si en las altas esferas del régimen pudiera no estar claro que Lidia retenía todo el poder de lo que quedaba del grupo, ella había mandado a Isidoro a que se lo explicara de viva voz a los generales Viola y Vaquero. Estos ya habían sido puestos en onda por Manrique. 

Mientras Videla hacía desear una respuesta que jamás llegaría, Lidia desgranó el plan para Lidia Gesualdi de Angarola y Silvia Fanjul, que se desayunaron con premura: bajo sus narices los Montoneros habían vertido casi 17 millones de dólares en el tesoro de David . Era tarde para retroceder. No quedaba tiempo que perder. Las tres mujeres complotaron con Isidoro y Juan Graiver la versión que Lidia “vendería” a Videla para que este ordenara a las fuerzas Armadas la protección de los Graiver. Era un cambio radical, enrareciendo el ambiente político, donde ya se olía que les tirarían encima la represión. 

La conjura parecía no dejar cabos sueltos. Los despachos del piso 29 del edificio Olivetti albergaban una especie de reunión permanente entre los cinco, ajustando pormenores. Se pulían los detalles para que aparecieran como las víctimas de un chantaje “sedicioso”, y que se diluyera la imagen de la inversión de la guerrilla peronista, aceptada de común acuerdo por David y su mujer. Rubinstein, en su lecho de enfermo en La Plata, en el 7º piso “C” del 421 de la calle 56, fue informado por cortesía. Lidia le presentó el hecho consumado. Lo puso personalmente al corriente del diagrama el 12 de febrero de 1977. Rubinstein no dijo ni que sí ni que no. Apuntó algunas notas para saber a qué atenerse. Los actores de la estudiada comedia jugarían sin embargo sus roles en una indeseada tragedia. Las pujas en la cúpula del poder militar determinaron que el libreto no subiera al escenario como sus autores lo habían imaginado en apacibles escenas y meras consultas con oficiales de Inteligencia. 

Soñaban que en la madriguera de los “Grupos de Tareas”, recepcionarían el problema para defenderlos del “terrorismo”. Los Graiver, como tantos otros, acaso fantaseaban que era cierta la “lucha antisubversiva”.  (Juan Gasparini “David Graiver: El banquero de los Montoneros” Grupo Editorial Norma, 2007). 

  

Lidia Papaleo de Graiver

 

Lidia Papaleo de Graiver finalmente fue detenida, torturada y puesta disposición del Poder Ejecutivo de Facto. Tres décadas después revela que la venta tuvo condiciones de vida o muerte y acusa al CEO del Grupo Clarín, Magnetto, de haberle advertido que firmara la cesión para evitar su muerte y la de su pequeña hija. Mantiene aún su posición respecto de las amenazas que habría recibido de Montoneros por el dinero que recibió su marido. Las fechas que declara de los acotentecimientos han sido puestas en duda. 

Enemigo público Nº 1: Héctor Magneto, CEO de Clarín, principal rival del gobierno en esta guerra mediática, quien secunda a Hernestina de Noble frente al multimedio más importante de Argentina. La escalada de denuncias e intimaciones buscan desarticular el poder de Clarín, dueño de diarios, radios, televisoras de aire y por cable, y servicios de Internet. "Antes de fin de año Magneto está preso" habría afirmado Nestor Kirchner, ex presidente y esposo de la actual mandataria.

 

Los diarios La Nación y Clarín revelan que todo es mentira. Incluso algunos testigos de la época desmienten la historia oficial. 

El gobierno apunta con todas las armas contra el Grupo Clarín reviviendo el caso de Papel Prensa, o invalidando fusiones o trámites administrativos que impidan a sus empresas seguir adelante. En los últimos dias informó que la empresa de internet Fibertel del grupo Clarín debía disolverse porque no tenía licencia vigente, lo que pone en ventaja a firmas multinacionales sobre esta gran operadora nacional de la red. 

Si, la frase “Tu pasado te condena” se ajusta a medida de muchos empresarios de la comunicación, pero también a quienes los acusan tratando de mostrarse como víctimas de su poderío. Parece que estamos viendo la última batalla de los Montoneros contra la establishment, pero 34 años después. 

Aquí nadie tiene las manos limpias, pero es juego perverso que daña la democracia y la credibilidad de la información. Quizás deberían pedir disculpas las corporaciones mediáticas de sus errores del pasado (que no son pocos) y nuestros gobernantes no trasladar sus odios personales y ancestrales a la tarea de dirigir el país.  Y aquellos que quieren lucrar con el pasado de sangre y odio, ser desmascarados por la justicia. 

  

Claudio Scabuzzo
La Terminal
Anexo.

El siguiente informe fue emitido por el Canal 7, emisora estatal, y muestra como el gobierno impulsa una versión de los hechos: 

 

Uno de los periodistas independientes de mayor prestigio en el país, Jorge Lanata, da su opinión sobre este caso: 


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