El petróleo no es transparente.


 

Sería sencillo trepar la ola nacionalista en mi país a partir de una decisión política que nos remite a los sueños setentistas de la Argentina Potencia. Todavía las masas son seducidas por ideales, como si los tropiezos y fracasos de nuestra historia no fueran suficientes ejemplos para no repetir. Una sigla nacida en el control estatal del petróleo por la independencia económica y energética, se transformó en el devenir del tiempo en un bocado difícil de digerir, que mereció un despacho privatizador durante el gobierno peronista de Carlos Menem. Casi dos décadas después, YPF, la petrolera nacional, retorna al control estatal en otro gobierno peronista, el de Cristina Fernández de Kirchner.

Sacar del medio a su principal accionista, la española Repsol, condena al país a juicios e indemnizaciones y a un deterioro de su imagen internacional. En verdad no me preocupa demasiado este asunto porque los actores del negocio petrolero no son los benefactores de la humanidad, pero su poder es inmenso. No les interesa pisotear a un pueblo con tal de quedarse con sus pozos. Nada es gratis, ni siquiera la soberanía energética.

Esta cuestión de YPF no solo está teñida de los colores nacionales, también refleja el tornasolado oscuro de un líquido subterráneo. El petróleo no es, ni será transparente. Es uno de los objetos especulativos del mundo capitalista, alimento de la industria y de la movilidad de la humanidad. Es, en verdad, un oro negro, cuyo posesión aumenta la riqueza de quienes lo explotan. Negocios y negociados rodean su producción, con consecuencias letales para el medio ambiente, pero sin poder hoy reemplazarlo por algo más fácil de obtener y de transportar.

Los países que se asientan  en las cuencas del petróleo han sido sometidos por naciones poderosas con el objetivo de quedarse con su riqueza. Ha sido y será así porque el petróleo es un imán para la corrupción, las dictaduras y las guerras internas. Esas naciones se destacan por no exhibir gobiernos transparentes, ni un reparto justo de sus ingresos. Así que el petróleo no tiene la virtud de cambiar la realidad de muchos marginados, al contrario, el beneficio se reparte entre pocos. En Argentina no será distinto, por mas que se intente alterar su negrura con colores pastel.

Los negocios  petroleros en Argentina han sido una constante en gobiernos civiles y militares, con empresas vinculadas al poder. Hoy no es la excepción porque muchas grandes fortunas que rodean a la política nacen de este rubro que las masas defienden como si se tratara de algo propio.

YPF no es un salvavidas, ni la garantía de progreso y bienestar que necesitamos. Su negocio es contaminante, regulado por la especulación mundial y atado al consumismo capitalista. Podremos teñirlo de la ideología más progresista, pero por sus venas corren los negocios millonarios del poder político y económico. No importa en manos de quién está este fluído, el mercado deberá pagarlo para darle utilidad, nadie lo regala ni lo entrega solidariamente.

El mundo que aspira a una sociedad mas equilibrada con la naturaleza añora reemplazar ese producto por otros mas saludables. Si bien se dice que se agota, hay dudas respecto a la interpretación de su origen y futuro, porque parte de su alto valor es su condición de recurso “no renovable”.  El negocio cambia de bandera, pero sigue siendo el mismo negocio de siempre.

 

Claudio Scabuzzo

La Terminal

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