El ocaso de las bibliotecas.


Doscientos lectores diarios recorren los estantes de la “Biblioteca Argentina Dr. Juan Alvarez” de Rosario, una de las más importantes de Argentina. Hace 30 años el número de visitantes se multiplicaba por diez. Lo mismo ocurre en muchas bibliotecas del mundo. Desplazadas por internet en la búsqueda de información y descartadas de la modernidad por las políticas oficiales, las bibliotecas se transforman  lentamente en museo de libros.

En los años 70 iba diariamente a la biblioteca Estrada en mi barrio. Aprovechaba para hacer mis tareas escolares allí, y leer algunas revistas y libros de mi interés. Astronomía, coches, electrónica, ciencia ficción y misterios llegaron a mis manos descendiendo de los estantes metálicos. A veces los pedía en préstamo y podía leerlos en mi casa y devolverlo en unos días. Sabía que todo lo que necesitaba saber estaba allí, en esa casa familiar transformada en biblioteca de la calle Córdoba y Pascual Rosas. Pero los tiempos cambiaron.

Las bibliotecas ya no son el enjambre humano que veíamos antaño. Internet, y por ende las computadoras, abrieron a nuestros ojos un universo de información. Si bien no tienen la exactitud de un libro en cuanto a su autor o fuente, esos retazos de datos que ofrecen las pantallas cumplen las exigencias de quién busca. Ya no hace falta trasladarse a buscar información, ni siquiera tener una credencial que identifique al lector.

Las exigencias pedagógicas no pusieron énfasis en el caudal de datos más confiables que hay en el libro impreso que en los sitios de internet. En el mundo “fast food” la educación también se aligera y los resultados se empobrecen. Aunque solo el 10% de la información que contienen los libros puede hallarse en internet, a pocos les interesa fomentar el descubrimiento de ese 90% restante.

Google y su biblioteca virtual.

En un tiempo mucha más información impresa estará disponible en la red. Será seleccionada, discriminada y editada según el criterio del buscador, y así muchos libros quedarán en los estantes como hogar de las arañas, piezas raras que algún terrícola del futuro podrá descubrir.

El proceso de agonía de las bibliotecas tendrá su fin cuando funcione a pleno el desarrollo de Google denominado “books search”. Se trata de la biblioteca propia del gigante de internet.

Este proyecto de la empresa californiana tiene como finalidad la creación de una inmensa base de datos en la que figurarán desde incunables a libros con derechos de autor ya extinguidos hasta últimas ediciones. La previsión de Google pasa por escanear completamente el contenido de un total de 15 millones de títulos.

Pero algunos gobiernos y particulares pretenden imitar ese proyecto para impedir el monopolio de Google en la materia.

¿El fin de los bibliotecarios?

Los gobiernos europeos se encuentran dispuestos a crear su propia biblioteca digital alternativa que haga frente a la cantidad de información que Google volcará en poco tiempo. Esta reacción nace por la preeminencia cultural del mundo anglosajón en los libros que Google va a escanear y volcar, por lo que las Bibliotecas Nacionales de los países que conforman la Unión Europea ya se encuentran desarrollando un proyecto conjunto similar al de Google con libros que se encuentren en sus fondos. También, el sector editorial comienza a posicionarse. En Francia, los editores están tratando de detener el proyecto en ese país por “copia” y “ataque al derecho de la propiedad intelectual”. Pero lo más curioso de todo esto es que no sólo Google está interesado en volcar información libre de derechos de propiedad intelectual estén disponibles en la Red.

Muchos proyectos particulares o gubernamentales tratan de crear bibliotecas digitales volcando contenidos libres de derechos a la Red. El más famoso es el Proyecto Gutenberg que permite su descarga completa, mientras que en el idioma castellano nos encontraríamos con la biblioteca virtual Miguel de Cervantes. Es bastante obvio que el futuro del libro va a pasar por su digitalización y por su difusión a través de Internet, como les está sucediendo a la música o al cine, pero el interrogante que todavía se mantiene es cuándo y cómo ocurrirá. La respuesta, por supuesto, depende mucho a quién acudamos.

El intelectual Umberto Eco ya se posicionó hace algún tiempo sobre el futuro del libro, Jeff Jarvis asegura que los libros desaparecerán como tales, por lo que el debate está servido, pero lo cierto es que el libro digital, a pesar de los avances que se han realizado en cuanto a tintas electrónicas y papel digital, todavía tiene muchos obstáculos que saltar para convertirse en un objeto de consumo masivo. Por otro lado, muchos digiterati (Intelectuales digitales) aportan nuevas ideas sobre en lo que el libro digital debería consistir.

De este modo, Kevin Kelly quiere ahondar en el debate propugnando que todos los libros se escaneen y se coloquen en Internet facilitando su acceso y, por lo tanto, a su conocimiento. Su iniciativa se llama “Scan this book!” en la que establece las ideas maestras de su iniciativa resumiéndola en la frase “en la biblioteca universal, ningún libro será una isla”. Con esto quiere decir que la versión digital de un libro sería su versión líquida en la que podríamos poner enlaces y utilizar tags (etiquetas) para categorizarlo. Por otro lado, Bob Stein, director del Instituto para el Futuro del Libro, asegura que los libros en la Red deberían ser completamente interactivos al estilo weblog, promulgando de esta forma que el propio libro participe de la conversación que se genera en torno a él.

Personalmente, no creo que las bibliotecas vayan a desaparecer, al igual que el libro impreso, sin embargo las iniciativas para digitalizar el libro son numerosas y no sólo Google está dispuesto a ello. Considero que la idea de Isabel Aguilera pasaba más por la representación de una idea que una afirmación categórica, aunque es cierto que aún está lejana en el tiempo. Los agoreros sobre el fin del libro tal y como lo conocemos hoy en día, el fin de las bibliotecas y, por ende, de los profesionales que trabajan en ellas está todavía muy lejano (A no ser que las propias administraciones se encarguen de ello).

El libro digital aún tiene muchas barreras que saltar hasta que se popularice su formato, los avances en las tintas digitales o en el papel digital comienzan a ser espectaculares y los bibliotecarios no deberían alarmarse por el avance de la tecnología. Los bibliotecarios son, ante todo, profesionales de la información, profesionales dispuestos a ofrecer las herramientas necesarias a sus usuarios para localizar la información que necesitan, a fomentar el acceso universal a la cultura y a distintos puntos de vista de un mismo tema. La Red es una revolución en muchos campos, también en el acceso y el consumo de la información, pero lo bien cierto es que siempre habrá libros, digitales o impresos, y seguramente alguien deberá gestionarlos para hacerlos accesibles. Debemos de tener presente que o abrazamos la tecnología o nos apartará con un empujón y esto es aplicable en muchos ámbitos de la vida que nos espera.

 En las escuelas las bibliotecas también mueren.

La sociedad de la información también vio cambiar drásticamente sus métodos de educación. La escuela no puede estar ajena a la tecnología, pero para dar un paso adelante, hay que dejar algo atrás. Y atrás quedan la lectura, los libros y las bibliotecas.  El futuro dirá que ocurrirá con la formación y la cultura en medio de tanta información accesible.

El tema preocupa también es España de donde extraigo esta reflexión.

http://boulesis.com/boule/tienen-futuro-las-bibliotecas/

No quiero decir que esté a favor de la desaparición de las bibliotecas. Simplemente me parece un proceso que viene ya de lejos, y que es imparable. Desde aquí ya hemos dicho más veces que incorporar las nuevas tecnologías a la educación implica una serie de precios educativos a pagar que no pueden ser obviados. Y aquí puede haber tendencias o fuerzas que chocan frontalmente: la virtualización y digitalización de la enseñanza no se lleva nada bien, creo, con el intento de salvar las bibliotecas escolares. Una crisis que quizás venga de lejos: hace 10 años no había TIC’s, y las biblitoecas estaban ya en decadencia. Se conservarán, sí, las universitarias: no se puede investigar a nivel universitarios sólo a través de internet. Pero las escolares, me temo, están en peligro de extinción. Sin importar el dinero, el tiempo y las ganas que le dediquemos a su conservación. ¿Qué consecuencias tendrá esta desaparición? ¿Es positivo que sustituyamos bibliotecas por redes Wifi, que nos enchufan a la mayor “biblioteca” del mundo? ¿Existe un precio “educativo”, es decir, pedagógico y didáctico, en todo este proceso? Una vez más, es la sociedad en su conjunto, y los profesores en particular, la que debe responder estos interrogantes. Y mucho me temo que la sociedad tenga cosas mejores en las que pensar…  

Todo cambia.

Las bibliotecas como edificios casi inmaculados de lectura y resguardo de libros ya no comparte la dinámica cultural de la época. La gente eligió informarse con otros métodos y no está mal. Aunque la lectura ya no tenga la intensidad de antaño todavía no se abandonó el hábito que se encuentra enriquecido por otras experiencias audiovisuales.

El paso obligado es modernizar las bibliotecas, pero para ello hay que darle un toque de actualidad a la mente de los funcionarios que están a cargo.  Hace falta dinero, que siempre falta.

Digitalizar sus obras, producir sus propios textos a partir de la facilidad de la informática, brindar herramientas para la investigación y la búsqueda de información on line. No es solo buscar nuevos lectores, sino traerlos hacia una nueva experiencia, en combinación con el sistema educativo.

El 15 de junio de 2008 la periodista Silvia Dezorzi escribió en el diario rosarino La Capital sobre el presente de la Biblioteca Argentina Juan Alvarez: 

La aparición de la TV no arrasó la radio y nada indica que internet vaya a desplazar a la televisión o el “hipertexto” digital al libro en papel. Pero ir a leer a una biblioteca ya es otro cantar: habla de una modalidad de lectura, no de la lectura en sí. Supone un desplazamiento (ya no virtual) y sobre todo de un tiempo físico.

La coordinadora técnica de la Biblioteca Argentina, Silvia Calligaris, admite que entre 1999 y el 2007 la cantidad de lectores cayó a la mitad y, sobre todo, que cambió su perfil: de una mayoría de estudiantes que antes acudía a la sala, ahora llega mucha más “gente mayor” en busca de literatura o textos de actualidad.

No hace falta más para advertir que ya se trata de una realidad inocultable. Pero, ¿qué hacen las bibliotecas ante ella?

“Hace unos cuantos años yo también me pregunto hacia adónde va la biblioteca como institución. Obviamente, nuestra misión es mantener su vigencia a través de estrategias que atraigan a los usuarios: brindando servicios, con mayor dinámica, saliendo a buscar los lectores”, cuenta Calligaris.

a informatización en la Biblioteca Argentina no llegó al nivel de digitalizar los textos, pero sí a contar con un catálogo de obras on line y una base de datos en computadoras de autoconsulta. También ofrecen otras actividades culturales, entre ellas talleres de escritura y ajedrez para chicos, de escritura para adultos y de alfabetización comunicacional para docentes.

Aun así, realidades como un mayor acceso al libro, la popularización de la fotocopia y sobre todo la digitalización e Internet dejan poco lugar para imaginar a las bibliotecas recobrando su vigor de antaño, al menos en lo que hace a lectura en sala.

Una de sus preguntas es si la “biblioteca como institución no se volvió ya un modelo anacrónico”, que “no responde ni a los consumos culturales ni a las características sociales y económicas de esta época”, algo que ni siquiera salvaría una masiva instalación de terminales de internet. “Sinceramente dudo de que eso pudiera revitalizarlas”, dice, convencido de que el cíber late más cabalmente al pulso de la época, de los nuevos consumos culturales y de otras prácticas de lectura.

“Nada de llorar porque se está perdiendo una época de oro de la cultura universal: sólo estamos cambiando de registros en un proceso de larga duración”, afirma. Algo que, además, ha ocurrido siempre.

La nostalgia puede confundirnos, pero no deseo que las bibliotecas se queden en el tiempo.  La red es el flujo que puede revivirlas y proyectarlas al futuro.

Es sorprendente el poder de internet.  Me ha permitido investigar muchas cosas, aunque vuelvo a mis libros frecuentemente. Me encantaría encontrar allí los textos de los libros que tengo, para acceder a ellos más fácilmente y encontrar esos párrafos perdidos o actualizaciones del autor. También encontrar nuevos textos y confiar en que los mismos respetan a su originalidad. Esa tarea de certificación de la fuente debe estar a cargo de las bibliotecas y sus archivos on line, cuyo material debe ser preciso y sin alteraciones.

Hay un enorme trabajo para hacer, y ese caudal impresionante de libros, algunos únicos, no pueden quedar olvidados en un estante. Muchos lectores los están esperando en sus monitores en todo el mundo.

 

Claudio Scabuzzo
La Terminal
Fotos: WEB
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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Marita dice:

    Particularmente he sido inconstante, y mucho, en las bibliotecas, ya que me asociaba por un mes, y no volvía a aparecer. Sin embargo, mi casa es parecida a una de ellas. Muchos son los libros de todo tipo que guardo, colecciono, imprimo desde internet…
    Me parece que la red es importante, perro el libro es aún más importante. El formato del papel nos trae una paz y una calma que es muy poco comun al leer un libro electrónico.
    No sé si defender la biblioteca o defender el libro.
    De todas formas, espero que no muera.

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  2. Nos hemos mudado de casa, en este post lo invitamos a conocerla

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  3. No estoy muy seguro de todo esto… No sé qué es lo mejor para todos. Sólo puedo decirte que los niños y adolescentes, desde que están conectados a la red, son más solitarios, más lentos para reaccionar, pero leen y escriben muchísimo más, aun con sus nuevos códigos sms.
    Jamás vi mis referentes entre la gente que encontraba en las bibliotecas. Yo amamba recorrer los libros que coleccionaba de a cientos, pero no me gustaba cómo quedaba la gente que se la había pasado estudiando o leyendo: una contradicción. Me encanta leer, pero no me gustan los bibliomaníacos. Amo sentarme en la costa a leer libros con mis amigos. Lo último que leímos todos juntos fue Pedro Páramo de Rulfo, pero no soporto al autodenominado «culto intelectual». Mis referentes, por el contrario, eran los gauchos que veía cuando íbamos a acampar al campo con mis viejos —cada fin de semana—, la gente que andaba en motos grandes por la ruta, los chicos que podían quedarse hasta tarde en la calle jugando a la pelota o charlando con las chicas de la cuadra. Jamás lo fueron —ni lo son ahora— los olfachones del grado.
    Jamás pensé que un libro fuera mejor que una guitarra o una bicicleta, como herramienta cultural.
    Hoy en día, lamentablemante, el haber fumado cigarrillos durante la mitad de mi vida, hizo que mi cuerpo reaccionara en broncoespasmos a los ácaros, y entonces se me haga casi imposible disfrutar de libros viejos en una misterioso y húmedo lugar como lo era la biblioteca que me había armado de chico, con los libros heredados.
    ADemás… me enfurezco tanto contra las pasteras, que estoy convencido que el papel es algo que lentamente podemos ir dejando de lado. Creo que habría que digitalizar todo, y dejar cada uno de los libro al acceso gratis y público.

    Un abrazo. Siempre tan enriquecedor su trabajo.

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