La sociedad de los muertos vivos.


Los muertos siempre fueron parte de la historia Argentina. En un estado putrefacto o conservados artificialmente, mantienen su vigencia, movilizados y movilizando corrientes de opinión y enfrentamientos. Nos hipnotiza la muerte. Su poder sobrenatural. La facilidad de usar cadáveres para fines políticos. ¿Nos arrastra esa conducta a la decadencia como sociedad? ¿Nos impide tanta necrofilia ver la vida y su futuro?. Parte del expediente sobre la desaparición de las manos de Perón fueron robados y sus profanadores, vigentes. Historias de cadáveres célebres.

La necrofilia es la perversión caracterizada como la atracción sexual hacia un cadáver.

La necrofilia habla de muerte y amor, en la amplitud del término, es la atracción que ejercen los muertos en los seres vivos, pero también es un signo de autodestrucción. Nuestro país fue envuelto por historias de muerte y amor que no nos abandonan pese al tiempo. Hasta nuestras principales fechas patrióticas tienen que ver con la muerte de figuras históricas y no con su nacimiento.

Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, una de las figuras más sangrientas del siglo 19, Juan Lavalle fue abatido en Jujuy. En 1840 sus hombres quisieron preservar el cadáver de la inquina de los enemigos, que andaban buscándolo para degollarlo. Condujeron el cuerpo a través de socavones y lechos de ríos muertos, con la esperanza de llegar a Potosí, en el Alto Perú. Era verano. Cuanto más avanzaban, más intolerable se les tornaba la compañía de aquel general marchito, en el que la muerte estaba haciendo estragos. Enterrarlo en secreto, abandonándolo a la saña de sus verdugos, les parecía desleal. Seguir cabalgando con él mientras lo veían deshacerse era una afrenta a su gloria.

Resolvieron entonces detenerse a orillas de un arroyo, y descarnar los despojos. Uno de los cincuenta y siete oficiales del cortejo saludo al esqueleto con esta frase inolvidable: “!Al fin lo vemos sonreír, mi general, después de tanto llanto!”

El pueblo detrás de sus muertos.

Hubo frecuentes velatorios multitudinarios en Argentina, convocados por el poder hacia sus figuras en busca de eternizarlas. Difícilmente se proponga algo más discreto, privado o sencillo si el que muere es una figura pública y notoria.

Las grandes recorridas de los féretros, sus “capillas ardientes”, las exhibiciones grandilocuentes, las toneladas de flores y coronas florales, los rostros hipócritas y circunstanciales y esa necesaria movilización popular, junto al decreto de duelo nacional, las banderas a media asta y el feriado obligatorio… todo es parte de la práctica tétrica que nos acerca íntimamente a esos muertos.

Estatua del cantante de tangos Carlos Gardel

En 1838, cientos de mujeres se desmayaron ante la carroza fúnebre de Encarnación Ezcurra, la esposa de Juan Manuel de Rosas a quien los historiadores suelen definir – no solo por ese rasgo póstumo- como una precursora de Evita Perón.

La voracidad de las multitudes por acercarse a los féretros y por tocarlos deparó algunas víctimas en los entierros del ex presidente Hipólito Yrigoyen (1933), del mítico cantor de tangos Carlos Gardel (1935) y del boxeador Ringo Bonavena (1976).

Pero el extremo de la pesadumbre nacional se alcanzó al morir María Eva Duarte de Perón, en 1952, cuando más de setecientos mil dolientes aguardaron durante días enteros bajo la lluvia helada de Buenos Aires, para besar a la difunta por última vez.

Con la caída de Perón el cadáver es secuestrado por militares golpistas y desaparecido para evitar que “las hordas populares salgan a la calle encabezados por el féretro y así derrocar al gobierno de facto”. El cuerpo embalsamado para la eternidad terminaría en un cementerio de Italia.

La muerte del general Perón, en 1974, también convocó a decenas de miles de personas, pero su velatorio fue breve ya que el general había pedido no embalsamar el cuerpo, aunque recibió algunos tratamientos. Además el temor a una rebelión armada de la guerrilla o de los militares, aceleraron los tiempo de la inhumación y el traslado del gobierno a María Estela Martínez de Perón.

Muchos años más tarde otro acto multitudinario, regado con tiros y sangre, sirvió  para trasladar esos restos del cementerio de la Chacarita a la Quinta de San Vicente, en Buenos Aires.

 

 

 

Muertos secuestrados y cuestiones políticas.

La Wipipedia, nutrida de innumerable información reconocida, ofrece un panorama sobre las recorridas del cadáver de Evita, aunque sumo a ese relato otros aspectos de esta historia macabra.

Dr Ara inspects Eva Perón's embalmed corpse.Durante la dictadura militar llamada Revolución Libertadora, de 1955 al 58, que derrocó al presidente Juan Perón, un comando al mando del teniente coronel Carlos de Moori Koenig secuestró el cuerpo de Evita, el 22 de noviembre de 1955 por la noche, que se encontraba en la CGT, bajo la custodia de los gremiliastas y de un anatomista español, Pedro Ara, que estaba trabajando para conservar el cadáver.

La orden la había dado el dictador al mando del país en ese momento, General Pedro Eugenio Aramburu. Desde ese momento se estableció un itinerario macabro y perverso. Moori Koenig puso el cadáver dentro de una camioneta y lo mantuvo en su interior durante varios meses, estacionándola en distintas calles de Buenos Aires, en depósitos militares, detrás de la pantalla de un cine o incluso en la casa de un militar. Una noche incluso, los militares llegaron a matar a una mujer embarazada confundiéndola con un comando peronista que pretendía recuperar el cadáver.

Se dice que Moori Koenig llegó a obsesionarse y quedar al borde de la locura. Terminó instalando el féretro de pie con el cadáver en su oficina, donde procedía a manosearla sexualmente y mostrársela a sus visitantes. Una de las personas que vio en esas circunstancias el cadáver de Evita fue la cineasta María Luisa Bemberg.

El dictador Pedro Eugenio Aramburu destituyó a Moori Koenig y le encomendó al coronel Héctor Cabanillas, sepultarlo clandestinamente.

La llamada Operación Traslado fue diseñada por el entonces teniente coronel y luego dictador también Alejandro Agustín Lanusse, con la ayuda del sacerdote Francisco “Paco” Rotger, a cargo de quien recayó la responsabilidad de obtener la complicidad de la Iglesia a través del superior general de la orden de los paulinos, el padre Giovanni Penco, y el propio Papa Pío XII.

El 23 de abril de 1957 el cadáver fue trasladado en secreto en el barco Conté Biancamano a Génova (Italia) en un ataúd que se explicaba pertenecía a una mujer llamada María Maggi de Magistris y fue enterrado bajo ese nombre en la tumba 41 del campo 86 del Cementerio Mayor de Milán.

Las versiones se multiplicaron y el mito se agrandó. Hay versiones que sostienen que los militares mandaron realizar tres copias de cera de la momia, y que las enviaron a otro cementerio italiano, uno en Bélgica y otro en Alemania Occidental.

En 1969 la organización guerrillera Montoneros (perteneciente al peronismo) secuestró al General Aramburu, ya retirado del poder pero participando de las internas militares.

Montoneros exigió entre otras cosas la aparición del cuerpo de Evita. Gobernaba el general Onganía y, como no tenía “feeling” con Aramburu, hizo poco para encontrarlo. Finalmente fue ajusticiado por Montoneros bajo los cargos de asesinatos en el derrocamiento de Perón y, además, por la desaparición del cuerpo de Eva. El tampoco descansaría en paz, al igual que Evita.

Evita Vuelve.

Recién en septiembre de 1971, el General Lanusse, dictador por entonces del país, le ordenó al coronel Cabanillas, organizar el “Operativo Retomo”. La “abanderada de los humildes” era utilizada para negociar con el “tirano prófugo” una salida política para el país, y la devolución del cuerpo era exhigida por Perón desde su exilio en España.

El cuerpo de Evita fue entonces desenterrado de la tumba clandestina en Milán y devuelto a Perón en Puerta de Hierro (Madrid). En tal acción participó el brigadier (R) Jorge Rojas Silveyra, embajador argentino en España. Al cadáver le faltaba un dedo que le fue cortado intencionalmente y presentaba un leve aplastamiento de la nariz, pero estaba en buenas condiciones generales.

Extrañas ceremonias se sucedieron en esa casa. Su tercera esposa, espiritista, y su secretario privado, José López Rega, astrólogo, incluyeron al cuerpo en sus sesiones esotéricas, bajo la mirada distante del General Perón.

Las manos del Che.

Cuando fue acribillado en la selva de Bolivia, la ansiedad de los militares para verificar que habían ultimado al célebre Comandante Ernesto “Che” Guevara, justificó que le cortaron las manos.

Cuenta Pacho O´Donell es su biografía del Che que esos miembros viajaron a la Argentina donde los especialistas, que demoraron varios días en traer sus impresiones digitales, pudiesen cotejarlas. Se adoptó esa macabra decisión cuando hubiese bastado con tomar las huellas digitales del cadáver ante periodistas, funcionarios y notarios. A duras penas algunos lograron impedir que también se le cortase la cabeza. Las manos fueron introducidas en un frasco con formol e iniciaron un disparatado periplo que terminó en Cuba.

Aramburu y el canje por Evita.

En 1974, ya con Perón de regreso en el país, los Montoneros secuestraron el cadáver de Aramburu con el fin de “cambiarlo” por el cadáver de Evita que todavía no estaba en el país. Si bien gobernaba el peronismo, la tendencia armada seguía vigente y sus reclamos se resolvían con muertes o secuestros.

Ese mismo año, ya muerto Juan Domingo Perón, su tercera esposa María Estela Martínez de Perón (conocida como Isabel), decidió traer el cuerpo de Eva al país, y lo ubicó en la quinta presidencial. Hubo otro acto de exageradas connotanciones.

Mientras tanto, el gobierno de Isabel Perón comenzó a proyectar el Altar de la Patria, un mausoleo gigantesco que albergaría los restos de Juan Perón, Eva Duarte de Perón, y todos los próceres de la Argentina. Con criterios ocultistas.

Ese mausoleo monumental estaba impulsado por el secretario de Perón e Isabel, José López Rega, el mismo que realizó prácticas esotéricas con conocimiento del líder peronista, sobre el cadáver de Eva Perón. El brujo, como lo llamaban, hacía extrañas ceremonias que intentaban proyectar el alma de Eva sobre la la mediocre Isabel Perón. Incluso cuando muere el General, intentó mantenerlo con vida gritando “No se vaya Faraón”, mientras lo tomaba de los pies.

En 1976 la dictadura militar que tomó el poder el 24 de marzo le entregó el cuerpo a la familia Duarte, que dispuso que fuera enterrada en la bóveda que su familia posee en el Cementerio de la Recoleta de Buenos Aires, donde se encuentra desde entonces.

Las manos de Perón.

Nuevamente un cadáver es utilizado como mensaje político. El 1 de julio de 1987, las manos de Juan Perón fueron arrancadas de su tumba, en el cementerio de la Chacarita, junto a otros objetos.

Nunca se supo cuál fue la razón; nunca, tampoco, fueron recuperadas.

Se produjo un diluvio de acusaciones y sospechas: algunos peronistas incluyeron a cubanos, montoneros, ingleses, masones y espiritistas entre los posibles sospechosos; se salieron a buscar culpables en el resto del mundo, la CIA y los estados europeos terminaron interesándose en un caso tan extraño de necrofílica profanación, que fomentó versiones de hechicería, esoterismo y brujería (aunque en un comunicado anónimo se pedían 8 millones de dólares por su devolución).

Al margen de lo puramente policial y político, y mientras el presidente Raúl Alfonsín repetía a todo el mundo, y en especial a la viuda de Perón, que el caso sería resuelto con la ayuda de servicios de inteligencia de otros países, el delirio argentino campeaba hasta en los más mínimos detalles: se formó un ‘comando peronista de recuperación de las manos de Perón” (SIC); un grupo desconocido dejó un paquete con una carta en una playa de estacionamiento, en la que decían que se arrepentían del hecho y devolvían lo robado; al abrir el paquete, las autoridades se encontraron con dos patas de cerdo; medio putrefactas. Las pezuñas estaban enteras y rodeadas por jirones de carne en descomposición. Iban acompañadas por una nota:

“Al pueblo argentino: acá dejamos las manos del General. No valía ni cinco pesos vivo, menos ahora sus manos pueden valer 8 millones. Descanse en paz mi general.”

Ante el desconcierto por un caso tan extraño, los jueces y policías consultaron adivinos, magos, brujos y videntes, que decían tener imágenes oníricas premonitorias, y que en cualquier momento podrían llegar a ver dónde estaban las manos.

¿Licio Gelli, detrás del robo de las manos de Perón?

La pregunta se la formula un libro que relaciona al poderoso italiano, amigo de Perón, con el robo de sus manos. Gelli tuvo un contacto personal con Perón, su última esposa y el “brujo” López Rega. Todos ellos tenían un común, además, cierta inclinación a las prácticas del esoterismo.

El diario Clarín en 2006 publicó un detalle al respecto:

La tumba de Perón, que tras el golpe del 76 fue llevada al cementerio de la Chacarita, fue profanada el 10 de junio de 1987. Desconocidos abrieron la bóveda, el ataúd y con una sierra eléctrica cortaron las manos del cadáver, que se llevaron junto a un anillo, la espada militar, una capa y una carta manuscrita con un poema que había dejado sobre el féretro la viuda Isabel. Ese poema fue fragmentado en tres y sus partes se enviaron a diputados peronistas, junto a un anónimo escrito a máquina donde los profanadores avisaban de su obra y pedían un rescate de 8 millones de dólares. El anónimo llevaba una firma: “Hermes Iai y los 13”, decía.

En el libro “La segunda muerte”, de editorial Planeta, los periodistas David Cox y Damián Nabot sostienen que la firma de ese anónimo encierra el misterio y se sumergen en un mundo subterráneo para rastrear su significado. Consultaron libros esotéricos, husmearon en la mitología del Antiguo Egipto hasta delinear las características del ritual que intentaron —o mejor, que lograron— los profanadores. En su búsqueda encontraron: que “Hermes” es el dios de los muertos en la mitología egipcia, que “Iai” significa la rebelión en el tránsito entre la vida y la muerte, y que “13” son las partes en las que se divide el cuerpo, según creencias ancestrales, al momento de ir hacia el otro lado.

Licio GelliSimbología, en fin, que intentaba dar un mensaje: “La mutilación del cuerpo de Perón fue un crimen ritual”, sostiene el libro, y reflota un testimonio perdido en el voluminoso expediente judicial del caso, que había hecho meses después de la profanación Leandro Sánchez Reisse, uno de los pocos que en aquellos años se atrevió a culpar a Licio Gelli y a vincularlo a “esos rituales”. Sánchez Reisse carecía de credibilidad por su pasado como represor y miembro de Inteligencia militar en la dictadura. Pero en Europa había compartido un calabozo con Gelli y lo conocía bien.

Según Cox y Nabot, la profanación cumplió con un rito destinado a privar a un cadáver de alguno de sus miembros, para que el alma del muerto no pudiera completar “su tránsito hacia el más allá” en paz. Ese rito, dicen, es acorde a las creencias de la logia P2. Para esto, accedieron al archivo personal de Gelli, quien en febrero del 2005 donó toda su biblioteca a su pueblo natal de Pistoia, en Toscana. Allí dieron con libros de Cagliostro, Franck Ripel y otros expertos en esoterismo y rituales ancestrales. Hallaron incluso una carta de Gelli a Ripel, el descubridor del significado de la palabra “Iai”.

¿Qué razón tenía Gelli para querer alterar la paz del fundador del movimiento político más importante del siglo XX argentino? Todo indica que se sentía decepcionado o hasta estafado por Perón, a quien lo unía una vieja relación y el auxilio de la P2 al “Brujo” José López Rega, el influyente secretario y ministro del General. Hipólito Barreiro, ex miembro de la P2, sostiene frente a los autores del libro que Perón le había prometido a Gelli la exclusividad de las exportaciones argentinas a Europa mientras durara su tercera Presidencia. Un pacto que por supuesto nunca se cumplió.

Pero no sólo eso. Los deseos de Gelli parecen haber confluído con el de los represores de la dictadura, que en aquellos años del gobierno de Alfonsín se ocupaban de generar un clima de inestabilidad para evitar el avance de los juicios por violaciones a derechos humanos. La relación de Gelli con Emilio Massera y con el jefe de Inteligencia militar en la dictadura, el general Guillermo Suárez Mason, son historia conocida pero hasta hoy nunca vinculada a la profanación. “Gelli compartía los objetivos que movían a sus socios militares para desestabilizar la joven democracia argentina”, sostiene el libro.

La causa judicial donde se investiga la profanación contiene a Gelli como una de sus múltiples hipótesis, pero nunca logró avanzar demasiado. Hay, en ese sentido, una resistencia de origen: la viuda de Perón nunca creyó en esa pista, acaso porque su relación con Gelli era más intensa de la que tenía el propio Perón. “Yo no lo creo”, dijo a Clarín el abogado de Isabel, Humberto Linares Fontaine, quien se muestra más inclinado a la tesis principal del expediente, la que apunta contra sectores militares. Sólo que la pista militar se toca y se cruza con la esotérica. Una parte, con la mano de obra. La otra, con el planeamiento.

Uno de los secretos mejor guardados del expediente, es que los profanadores tenían influencia o contactos importantísimos en el poder. Esto se comprueba con un solo dato: si bien los profanadores rompieron el techo de la bóveda de la familia Perón y rompieron el vidrio que protegía al cadáver, lo hicieron sólo para disimular. Las pericias demostraron que la tumba había sido abierta con sus correspondientes llaves. Eran diez en total, una para la cerradura de la bóveda y otras nueve para la puerta de vidrio de 170 kilos que protegía el frente del ataúd.

Hasta el reciente traslado del cadáver a la quinta de San Vicente —el 17 de octubre pasado—, el juego de llaves original se guardó en la Escribanía general de la Nación. Allí estuvo desde 1976, cuando la dictadura trasladó los restos de Perón desde la Quinta de Olivos hasta la Chacarita, en un gesto de desprecio definitivamente simbólico.

Muertes extrañas en torno a las manos.

El juez Far Suau, quien llevó adelante una escrupulosa investigación, murió un año después en un accidente automovilístico, su auto no tenía frenos. Pocos meses después, el Jefe de Policía, Juan Pirker, murió por una intoxicación medicamentosa con sus remedios contra el asma. El comisario Carlos Zunino, uno de los que investigó desde el principio la profanación, sufrió un intento de homicidio en una emboscada de la que resultó inválido. El cuidador del cementerio, Luis Lavagno fue asesinado a golpes después de haber denunciado amenazas y asegurar que estaba “muerto de miedo

Ahora se conoce que, en un sofisticado robo, parte del expediente sobre el caso de las manos de Perón fueron sustraídos de la casa del Juez Alberto Baños. Los necrófilos siguen trabajando. Y la historia continúa.

 

Cadáveres entre los vivos.

En 1989 apareció, en la Plaza de Mayo de Buenos Aires, el cráneo de Miguel Martínez de Hoz -abuelo del ministro de Economía de la última dictadura militar- , cuya tumba había sido profanada semanas antes. La policía conjeturó que se trataba de una ineficaz venganza.

A fines de octubre de 1990 hurtaron de la catedral de Catamarca, en el noroeste argentino, el corazón de fray Mamerto Esquiú, célebre orador sagrado del siglo XIX que estaba a punto de ser beatificado por el Vaticano. El corazón reapareció intacto a los pocos días, cuando el obispo de Catamarca se aprestaba a pagar un rescate.

Pero fue durante el gobierno del ex presidente Menem cuando detectamos una inclinación mayor hacia los cadáveres célebres.

En octubre de 1989, cuando su plan económico parecía a punto de naufragar, ordenó que se repatriaran las cenizas de Juan Manuel de Rosas, que yacía exiliado desde 1877 en el cementerio de Southampton, Inglaterra. Entre noviembre y diciembre de 1989, el Congreso y algunos municipios peronistas, afanosos por imitar a Menem, fueron inundados de proyectos para trasladar tumbas de personajes diversos de una ciudad a otra. El autor del himno nacional, Vicente López y Planes, fue llevado a la ciudad de Vicente López.

Los restos del maestro William Morris fueron embarcados hacia el pueblo de William Morris y los del filósofo Alejandro Korn a, previsiblemente, la estación ferroviaria de Alejandro Korn. Algunos de esos viajes póstumos se frustraron antes de las exhumaciones, pero los que se concretaron fueron decenas.

Uno de los últimos fue Juan Bautista Alberdi, un tucumano que escribió la Constitución Nacional de 1853 y cuyas reflexiones sobre la justicia son uno de los más sólidos monumentos intelectuales de América Latina.

El 4 de septiembre de 1991, en vísperas de las reñidas elecciones para gobernador de Tucumán, en las que competían el general Domingo Bussi y el cantante popular Palito Ortega, Menem viajó a Tucumán con los restos de Alberdi en el avión presidencial. Ese simple gesto inclinó la balanza a favor de Ortega.

Conclusión.

En Argentina los muertos no descansan en paz. Nuestra cultura los ha puesto en una eternidad simbólica, como si de ellos dependiéramos para vivir. No es su legajo intelectual el que nos preocupa preservar: sino su huesos. Sus poseedores parecen embebidos por el alma del difunto, buscan esa trasmutación para justificar su existencia.

Claudio Scabuzzo
La Terminal
Algunos textos que nutrieron este artículo:
http://redactores.zoomblog.com/archivo/2005/10/20/las-manos-de-Peron-y-las-manos-del-Che.html
http://www.perfil.com/contenidos/2007/07/05/noticia_0003.html
http://www.udel.edu/leipzig/texts1/hoa07126.htm University of Delaware, departamento de idiomas.
http://www.argentina-insolita.com.ar/relatos-y-frases/las_manos_del_che_las_manos_de_peron.htm
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/12/03/z-03615.htm
Fotos: Diario Clarín,  Diario Río Negro,  Associated Press, Wikipedia. Foto principal: http://castanedo.spaces.live.com/blog/
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7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. MLJC dice:

    SOY NECRÓFILO Y COMO LE ENVIDIO AL CORONEL MOORI KOENING, YO QUE ÉL HUBIESE SIDO MÁS NECRÓFILO… (ELIMINADO POR EL EDITOR)

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  2. Raúl dice:

    Estimado amigo, se han deslizado por lo menos 2 errores en su nota. En primer término, los restos de Vicente López y Planes descansan en el mausoleo familiar del Cementerio de la Recoleta. Y en segundo término, los restos de Alejandro Korn reposan en el cementerio de la ciudad de La Plata. Sinceramente no sé cual ha sido su fuente de información, pero lo que yo le manifiesto lo he comprobado personalmente durante mi actividad de investigación histórica en los cementerios argentinos.
    Lo saludo cordialmente.

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  3. HOY 11 DE JUNIO AMANECI SOÑANDO CON ALGIEN QUE ME DECIA QUE MIS GIAS ESPIRITUALES ERAN “SAN CIPRIANO”Y “CARLOS GARDEL” FUE TAN CLARA ESTE AFIRMACION QUE ESTOY AVERIGUANDO DE LA VIDA DE SAN CIPRIANO QUE POR CIERTO ES MUY INTERESANTE Y ESTOY TRATANDO DE AVERIGUAR SOBRE CARLOS GARDEL MI CORREO ES..ruben.lopezcasas@hotmail.com CALQIER INFORMACION QUE TENGAN SOBRE CARLOS GARDEL ESOTERICO CONTACTEME VIVO EN ROSARIO ARGENTINA…GRACIAS Y HASTA PRONTO.

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  4. Muy buenísimo este trabajo, Claudio.
    Por qué no dejan en paz a los muertos. Bastante ya han de ser juzgados por la Historia o por el Demiurgo.
    FEliz día, correligionario escritor, y nos vemos tras las vacaciones. Me voy a ver un muerto: en un rato salgo para Mercedes a acompañar a un amigo que es promesero de Antonio Gil.
    Un abrazo.

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