Magia por correo.

el

ocultismo
El engaño siempre está detrás de las promesas mágicas que esperan los incautos. Brujería, adivinación, predicciones, astrología, cartas, pases energéticos y otras yerbas, abundan para esa comunidad de individuos que arrastran problemas que no se animan a resolver o no asumen, pero están dispuestos a pagar por encontrar una respuesta. Pero todo esto no es nuevo. Existe desde que el hombre es hombre, aunque cada vez el engaño se hace más sofisticado, porque se renueva la clientela y la exigencia es mayor. Una historia de la década del 30 que vincula a Rosario con una gran estafa de magia por correo. 

No es la primera vez que abordo estas cuestiones. En otras oportunidades tuve que enfrentarme a estos personajes que ofrecen solucionar tus problemas, que exhiben matrículas sin valor que compraron a instituciones que se confunden con organizaciones mundiales y entidades educativas oficiales. Todo es un gran negocio que lucra con la credulidad ajena, amparados por las desprolijidades jurídicas del país. En Rosario pululan ofrecimientos de todo tipo, y rivalidades entre los “practicantes” que no aceptan compartir la clientela. Fuera de ellos hay otros, venidos desde el extranjero con poder económico suficiente para comprar espacios radiales y vender soluciones al mejor postor. Pocos hacen esto como una práctica personal, gratuita, orientada a la ayuda del otro, mientras el otro “tenga fe”.

El artículo que transcribo lo pude leer en una excelente revista que se distribuye con la programación de un servicio de televisión por cable de Rosario. Es la revista “CH” de Cablehogar, con buenos contenidos periodísticos que la transforman en un medio gráfico sobresaliente.

En su edición de noviembre de 2008, un artículo escrito por José Mateucci titulado “Manochanta” describe como la estafa tenía relieves sofisticados, en un hecho sucedido en Rosario, en la época de Pichincha y sus prostíbulos, la mafia y el tango.

Se cansó de esperar que su suerte cambie. El 10 de Octubre de 1938, Prudencio García, peón de zafra, vino a Rosario desde Jujuy. No trajo casi nada: En un bolsillo una medalla con una espiral grabada y un tubito con polvo de piedra imán; en el otro, la plata justa para volver al norte, donde esperaban su señora y los chicos. Durante las últimas horas de viaje amasó sin querer el recorte de diario que indicaba la dirección a donde debía ir. En la estación extendió el trozo de papel y lo leyó una vez más, a pesar de haberlo hecho ya incontables veces hasta saberlo de memoria. “Xiria Miria”, en letras grandes, era el nombre de quien le había prometido “una rápida mejora laboral y económica”.

“Viamonte al 1300”- indicó al chofer del taxi, leyendo una vez más, por temor a equivocarse.

Golpeó la puerta y lo atendieron por una ventanita. Le preguntaron quién era y a quién buscaba. Explicó que había viajado desde Jujuy para hablar con la adivina, pero le dijeron que no estaba, que vuelva después, así que caminó hasta una pulpería. Mientras comía se dio valor para hablar de otro modo la siguiente vez, ya que había cruzado el país para que le devuelvan su plata; plata que mandó con la esperanza de que su vida cambie. Pidió algo fuerte, tragó en un solo movimiento y salió de nuevo hacia Viamonte.

Prudencio, que de alguna manera creía en el destino, vio salir de la casa en cuestión a un hombre finamente trajeado. Preguntó una vez más por Xiria Miria y al recibir la negativa reconoció la voz de la ventanita. Le preguntó al hombre quién era y éste se identificó como “un empleado”. El peón jujeño rebalsó en una catarata de palabras que explicaban que no se iba a ir de ahí hasta que le de volvieran sus doscientos pesos, sacó del bolsillo el amuleto y el supuesto polvo mágico y se lo ofreció al hombre de traje. Los ojos se le habían mojado y el tono de voz no era el que acostumbraba usar.

ocultismo-2El hombre de traje, alejándose lentamente, dijo que era imposible que le devolvieran ese dinero; pero Prudencio insistió, blandiendo el tubito y la medalla. A unos cien metros pasaba un oficial de policía y el hombre de traje, al verlo, amenazó con llamarlo. El peón persistía en su reclamo, cada vez más enérgico. Para amedrentarlo, el supuesto empleado hizo unos ademanes hacia el policía, que de casualidad alcanzó a ver y se acercó.

– ¿Qué pasa acá?- dijo el policía.

-Nada, – respondió el hombre de traje-. Este bo rracho anda haciendo lío, oficial, lléveselo para la comisaría.

A lo cual siguió una nueva catarata de palabras desbordando la boca del jujeño. El policía sacó una libretita y pidió los nombres de los dos.

– ¿Usted es Alberto Sierra? Va a tener que venir a declarar.

-Sí, soy yo. Pero no me parece que haga falta… Este hombre está delirando, habla enajenado.

-Igual me va a tener que acompañar.

Prudencio, con cuarenta años de bajar la cabeza en la zafra, fue tranquilo sin decir nada. Sierra, en cambio, intentó todo el tiempo evitar que que de asentado el incidente. Primero aduciendo que el hecho de que un borracho se desboque no justificaba hacerle perder el tiempo. A lo que el policía respondió que podían ser ciertas las acusaciones del Señor García, que los dos estaban detenidos y que guarde silencio. Sierra, descontrolado, comenzó por insultar al oficial invocando conocidos poderosos dentro de la Fuerza y hasta llego a ofrecer un cuantioso soborno para que “lo dejaran ir tranquilo”.

No sólo no lo dejaron ir, sino que al final del día se ordenó el allanamiento de su casa.

García, el supuesto borracho, contó cómo había mandado dinero al domicilio de Sierra durante dos meses, a cambio de talismanes, polvos mágicos y ‘trabajos’ para mejorar su situación económica. Una adivina firmaba las cartas que recibía: “Xiria Miria”. Después de esperar en vano y teniendo siempre que enviar más dinero para nuevos productos o servicios, había decidido pedir la devolución de todo lo invertido y viajó, sólo para eso, hasta Rosario.

El allanamiento dio resultados impresionantes: Anillos de la suerte, ligas con filtros de amor, medallones con una espiral grabada para ahuyentar males, tubos de vidrio llenos de polvo de piedra imán, ampollas con líquidos de colores, medallas con signos zodiacales, folletos, cuadernillos con números que obtendrían premios en las distintas loterías. Todo aquello constituía el stock de la empresa. Hasta había moldes para fabricar estatuas de buda y una imprenta casera. Se encontra ron también un trabuco, una cachiporra y dos pistolas de grueso calibre. Pero eso era sólo el principio.

Día a día, la investigación daba nuevas revelaciones. En una caja fuerte, junto con veinte escrituras de casas que alquilaba en Rosario, Sierra poseía los expedientes de dos causas que le habían levantado. Una por estafas y otra por asesinato. Habían desparecido años antes, quedando las causas anuladas por fallas procedimentales. Al parecer Sierra se codeaba con poderosos y había hecho del soborno una cuestión casi cotidiana, cosa que le era posible por haber acumulado, en ocho años, una considerable fortuna.

Sólo por correo recibía más de tres mil pesos por día. Publicaba avisos en Brasil, Chile, México y Uruguay con distintas direcciones y seudónimos como “Xiria Miria”, “Pachang Tong” o “The Oriental Co.”, ofreciendo poderosos trabajos de magia, amuletos y demás soluciones definitivas a casi todo tipo de problemas, desde enfermedades hasta falta de dinero, o amor. Recibía cartas desde toda Latinoamérica y tanto él como su concubina daban consultas en varios domicilios.

A raíz de que día a día los nuevos descubrimientos en torno al caso se publicaban en los diarios, fueron apareciendo muchas personas que se reconocían como damnificadas, antiguos clientes de los adivinos. Otros fueron contactados por el juez, para comenzar con el proceso.

Prudencio García, el peón que sin proponérselo desenmascaró al estafador, se volvió a Jujuy dos días después. Le dijeron que cuando termine el juicio le iban a mandar por giro los doscientos pesos de la estafa más los gastos del viaje y la estadía. Era cuestión de esperar nomás. Y ahí empezó a esperar otra vez que su suerte cambie. .

Los tiempos cambian, pero no tanto… siempre hay nuevas presas dispuestas a entrar en la trampa, y muchos “vivos” recorriendo el espinel para abusar de la confianza, la humildad y honestidad de quienes no encuentran una respuesta a sus problemas, para tener suerte en la vida.

Claudio Scabuzzo
La Terminal
Las imagenes que acompañan el artículo corresponden al famoso ocultista inglés Aleister Crowley. que vivió entre 1875 y 1947.
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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Angel dice:

    Todo está muy bien, ¿pero por qué las imágenes de Aleister Crowley?, si no le veo ninguna relación con el tema. Lo que Crowley entiende por Magia nada tiene que ver con fórmulas mágicas para las resoluciones falsas de los problemas cotidianos de la gente… Lo digo para mejorar el post.

    Saludos

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  2. José dice:

    Hola, Claudio.

    Soy José Matteucci, el responsable del artículo que transcribiste, salvo por el título. ¿Salió así en la revista? Me alegro de que te haya gustado.

    Aquella sección de la revista, que se llamó “Archivo Negro”, me puso a bucear en las secciones policiales de los diarios de comienzos del siglo pasado. Una travesía que me dejó innumerables hallazgos fascinantes. Hoy, de casualidad, encuentro este posteo y me pongo a recordar. Gracias.

    Saludos.

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    1. Claudio Scabuzzo dice:

      Gracias a vos José…. no es el título de este artículo la de tu nota de la Revista Cablehogar, pero si el extracto completo que se destaca. Me resultó interesante como antecedente de estas prácticas que siempre tiene nuevas víctimas. Cambia la oferta, la promesa, el encanto o la solución mágica, pero siempre reaparecen para estafar la buena fe de gente enfrentada a sus problemas sin poder resolverlos.

      Felicitaciones por tu trabajo.

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  3. Pepe Palermo dice:

    Todo es un gran negocio que lucra con la credulidad ajena, amparados por las desprolijidades jurídicas del país
    He leido este comentario y otro sobre “discriminación”, se me ocurre que ambas cuestiones existen en relación con el vivir en un “mundo injusto”.

    Si, es una obviedad pero en realidad me refiero al cambio necesario en su base estructural socioeconómica, simplificando en demasía: “cuando todos vivamos de nuestro trabajo” cuando no haya justificaciones ideológicas para rapiñar legalmente de lo que los demás producen, probablemente se acaben los “vivillos”, los “intermediarios de Dios”, los “rentistas”, los “nobles”, los “machistas”, los “homófobos”, los “racistas”, es decir los que necesitan para justificar su holganza no ver a los demás como iguales en su humanidad.
    En realidad, quizás exagere, es la “prolijidad” jurídica la que hace el mayor mal.

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