Soldados de la patria saqueada.


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Parados, lejos de la postura militar que obtendríamos después, parecíamos pollos mojados al aguardo del fin de nuestros días. Estábamos en uno de los enormes patios o playones del batallón de Comunicaciones de Comando 121 al aguardo de las primeras directivas. Las luces de la mañana comenzaban a deslumbrar en ese mes de marzo de 1982 y todos teníamos la resignación de estar cumpliendo con una ley antogadiza, que nos bloqueaba la libertad y disponía de nuestra persona sin preguntarnos, ni siquiera, si queríamos. Pero ese año la historia sería otra: una lejanas islas debían ser defendidas cueste lo que cueste.

La ley del Servicio Militar Obligatorio caía año a año sobre decenas de miles de jóvenes que dejaban su pubertad y adolescencia. Eran casi hombres y pasaban a ser casi militares, defensores de una patria pisoteada muchas veces por los mismo uniformes que veíamos ahora.

Ellos nos iban a enseñar a querer al país, a respetarlo,  a defenderlo con uñas y dientes de esas ideas foráneas que pretendían adueñarse de nuestra identidad occidental y cristiana.  Algunos veían en esos militares la reserva moral de una nación, pero en verdad no eran más que saqueadores de esperanza y libertad, títeres de intereses lejanos que no dudaban en endeudar su tierra para quedarse con unas monedas. No defendían a la patría, la aniquilaban. Defendían su bolsillo, el porvenir de su familia y el honor de sus principios autoritarios.

Su estilo de poder se trasladaba al batallón, donde los soldados conscriptos se transformaban en sus sirvientes. Los bienes que debían compartirse eran aprovechados por los de mayor jerarquía, y un superior podía hacer cualquier cosa contra sus subalternos, sin que nadie se lo impidiese. En esos terrenos militares no había justicia, como tampoco en el resto del país que no era más que un batallón ampliado hasta las fronteras.

Omar Carrasco, la última víctima del Servicio Militar.
Omar Carrasco, la última víctima del Servicio Militar.

Por eso me impactan las palabras de aquellos que hoy piden a gritos que vuelva el Servicio Militar Obligatorio, como si se tratara de la mejor fórmula que permita orientar a los jóvenes hacia el futuro. La ventaja, la picardía, el robo, la desconfianza, la discriminación, el egoísmo y la prepotencia eran las materias fundamentales que aprendimos amparados en  la bandera nacional.

Cuando recuperamos la democracia, el Servicio Militar sobrevivía cuestionado por una guerra perdida que fue alimentada de conscriptos muertos de frío. No faltaba mucho para que esos abusos quedaran al descubierto en un estado de derecho. Sucedió el 31 de agosto de 1994 con el decreto firmado por el presidente Carlos Menem cuyo número es el 1537.

 

 

 

 

Un crimen y el fin de la colimba

En 1994, en el cuartel de Zapala, Neuquén, un oficial y dos ayudantes asesinaron al conscripto Omar Carrasco. El crimen fue repudiado por la sociedad. El juicio reveló la crueldad de los castigos y la red de encubrimientos. Se condenó a los culpables y Menem decreto el fin del servicio militar.

 
El cuartel de Zapala, en Neuquén, con la cordillera de fondo y los vientos helados hasta los huesos, era uno de los destinos de casi cien mil jóvenes de 18 años que cada año hacían el servicio militar en el Ejército. A ese cuartel el 3 de marzo de 1994 llegó en colectivo Omar Carrasco, un muchacho de un metro sesenta y 19 años recién cumplidos, que nunca jamás había salido de su pueblito patagónico, Cutral Có. Su primera y última experiencia le duró tres días. El 6 de marzo lo molieron a golpes.

Gerardo Young.
Se terminaron los sorteos, los números altos que llevaban sin escalas a la colimba, los números bajos que terminaban en festejos y la cabeza rapada por los amigos. El fin del servicio militar obligatorio después de 92 años de historia, fue una de las leyes más festejadas de la década del noventa, símbolo inobjetable de la avanzada democrática o bien de la pérdida de poder de las fuerzas armadas. Sólo que, como si fuera un estigma argentino, la decisión fue hija de una tragedia: el crimen de un conscripto, el crimen de Carrasco.

La noticia del hallazgo del cadaver de Carrasco se conoció un mes después de la golpiza, el 6 de abril. Y hubo, como tantas veces, una explicación oficial que intentó ocultar los hechos. Se dijo que había muerto de frío al querer escapar del rigor, la disciplina y el orden del Ejército. Se dijo pero esta vez no se creyó.

Primero fueron los cinco mil vecinos de Carrasco en Cutral Có. Enseguida otros 15 mil que se plegaron a la protesta en la capital de Neuquén. Reflejo inmediato de la tragedia, no sólo reclamaban por el esclarecimiento del crimen sino también contra el servicio militar —”Chau colimba”, coreaban—, un grito que parecieron descubrir en todo el país madres, tías y abuelas.

El jefe del Ejército, Martín Balza, entendió enseguida que estaba en juego algo más que un hecho policial. El general se apareció de sorpresa en Zapala y juró esclarecer el caso, mientras los oficiales de Inteligencia del Ejército intentaban, en secreto, “ordenar” las cosas dentro del cuartel. El presidente Carlos Menem debió también poner la cara y empezó por quejarse de los “ataques a una institución pilar de la Nación”. Ningún argumento podía torcer la historia, que ya parecía escrita.

Carrasco era un muchachito tímido, morocho, de hablar lento y profundamente religioso. También era inocente, pecado imperdonable para algunos. Apenas ingresó al cuartel, el soldado Omar se convirtió en el blanco preferido del jefe de su grupo, un joven oficial que se la daba de duro, el teniente Ignacio Canevaro. Carrasco, se supo luego, era el elegido para los “bailes”. Carrasco, se comprobó, solía salir sorteado para el salto en rana, para los maltratos en aquellas madrugadas heladas.

Con la ayuda de otros dos conscriptos, Canevaro golpeó a Carrasco hasta romperle las costillas y dejarlo moribundo. Y en vez de llevarlo a una enfermería para intentar salvarle la vida, decidieron esconderlo para que se creyera que había escapado. No importaba el crimen; sólo que se supiera.

Las pericias acabaron desnudando una trama fuera de época. Carrasco había muerto en el baño del cuartel luego de varios días de agónica soledad. Meses después, unos perros rastreadores pudieron reconstruir el trayecto que usaron Canevaro y los suyos para trasladar el cadáver del soldado Omar hasta el monte donde terminó siendo “hallado”. La historia oficial se derrumbó. Canevaro fue condenado a 15 años de cárcel y sus dos ayudantes, los soldados Cristian Suárez y Víctor Salazar, a 10 años de prisión. Ya están todos libres.

Pero no sólo ellos se habían manchado las manos. En el juicio oral quedó al descubierto un intrincado laberinto de falsas denuncias y pistas orientadas a confundir a los investigadores, ideadas en su mayoría desde el servicio de inteligencia del Ejército, el mismo que quince años antes había ocupado un lugar protagónico en el aparato represivo de la dictadura. Siete militares, entre ellos un general, esperaron durante once años el juicio donde iban a ser juzgados por supuesto encubrimiento. Tanta espera los terminó beneficiando. En junio pasado fueron sobreseídos; el delito por el que se los acusaba ya había prescripto.

 

 

El Soldado Carrasco se transformó en la última víctima de los abusos militares bajo la ley que les permitía reclutar civiles. Se terminó la esclavitud, el servilismo, la humillación y la violencia sobre indefensos adolescentes.

Quienes hablan a favor son aquellos que creen que el autoritarismo es la mejor fórmula de amansar a la sociedad. Los que ven en los botas brillantes la paz y el orden. Los mismos que creen en la pena de muerte, en el grito de mando y en la arenga encendida, que no se arrepienten de entregar sus hijos a las bestias para hacerlos hombres.

¿Es culpa de que ya no existe el servicio militar el aumento de la delincuencia?. No hay manera de probarlo, aunque dentro de los cuarteles no se enseñaban buenos modales, precisamente.

Los tiempos han cambiado, y algunos dicen que hasta los militares ya no son lo que eran. Pero obligar a un ciudadano a enrolarse en las Fuerzas Armadas es un castigo a su futuro y a sus principios.  

 Claudio Scabuzzo
La Terminal

Fuente: 

http://www.clarin.com/suplementos/especiales/2005/08/28/l-09001.htm

Fotos:

 http://www.20minutos.es/museo-virtual/foto/1830/lugar/argentina/ 

http://www.clarin.com/diario/1997/07/03/e-04601d.htm

 

Nota relacionada:

“Recuerdos de la guerra que no fuí”

https://laterminalrosario.wordpress.com/2008/04/02/recuerdos-de-la-guerra/

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Por pertenecer a la clase 59, este post me condujo al laberinto de los recuerdos.
    Es destacable nuestra capacidad humana de analizar el presente teniendo en cuenta nuestras experiencias vividas, una “realidad pasada” y que de vez en cuando viene de visitar a nuestra “realidad actual”.
    Gusto de conocerte Claudio.
    Tu blog es una brisa renovada, contiene la espontaneidad, la sustancia y la integración. Prometo seguirlo.
    Saludos.

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