Argentina sin destino.


Congreso Nacional C Scabuzzo
Mi país, Argentina, no logra encontrar su rumbo.  Las luchas internas se prolongan desde la época de la independencia y permanecen con otros colores y símbolos. Fuimos una tierra que abrió sus puertas al mundo y hoy descendientes de casi todas las culturas se pliegan a la realidad que les toca. Muchos sueños fueron pisoteados y el país se refundó mil veces tras mil discursos prometedores, pero todo siguió igual o peor. ¿Dónde está la Argentina?.

Esta es la nación donde el puesto público garantiza trabajo de por vida, pero sin producir. Es el mejor destino trabajar para el estado, el sueño de la mayoría.

Otros se animan a generar sus propios proyectos y descubren la realidad. Es el país donde el emprendedor debe arrodillarse para poder trabajar, someterse a la burocracia y ser tildado de “gorila” u “oligarca” porque tiene algo más que sus empleados. Quizás gane menos que un funcionario público, pero eso no importa. Quizás deba trabajar todos los días, no tener vacaciones ni poder hacer una huelga, pero es “patrón” y basta para ser el enemigo de las clases populares.

Los sindicatos pueden cerrar una fuente de trabajo si quieren y lo han hecho por voracidad e intereses propios. Difícil es imaginar a esas organizaciones dispuestas a aumentar el empleo. No es así en Argentina. Palos a la rueda, siempre.

Muchas grandes empresas, incluso multinacionales, sobreviven porque hacen negocios con el estado. Reciben subsidios, créditos extraordinarios y grandes favores. La clase política jamás se empobrece. Mientras tanto hay chicos durmiendo en las calles, ancianos haciendo cola para que los atienda un médico, torres de boletas con impuestos y servicios para pagar y familias alquilando habitaciones sucias para vivir.

Esta tierra tan generosa no se comparte. Se pretende quitarle a los que más tienen como única solución, cuando es el estado el que más tiene y el que más derrocha. Siempre otros tienen la culpa, pero ninguno está dispuesto a soltar una moneda de lo que se lleva sin trabajar.

Doscientos años de soledad.

Así se titula un interesante análisis que realiza el periodista y escritor Tomás Eloy Martínez para el diario El País de Madrid, España. Publicado el 29 de octubre de 2009, en pocas lineas se describe el pasado, el presente y el inquietante futuro de una nación a la deriva. ¿Dónde estamos? ¿Porqué no podemos sacar la cabeza del agua?. Una visión que comparto con ustedes.

Historia no es sólo aquello que se cuenta del pasado; es también, y a veces sobre todo, el relato de lo que se omite, de lo que queda en los márgenes. En mayo de 1910 Argentina celebró el primer centenario de su emancipación de la Corona española. Pocos meses después, el adolescente Juan Domingo Perón fue llevado por su abuela paterna al Colegio Militar de la ciudad de San Martín, donde estudió amparado por una beca de misericordia. Venía de un hogar inestable, errante, y en el colegio descubrió el único modelo de familia que conoció en la vida. Se dijo que si aquello era bueno para él, también debía ser bueno para el país.

argentina crisisCon esa escena empieza el siglo XX en Argentina. Tres décadas más tarde, cuando alcanzó el poder, Perón puso en práctica las lecciones de disciplina y orden que había aprendido en la milicia. Organizó el país en torno a la figura de un líder fuerte, carismático, cuya palabra era ley. Si bien esos dictámenes dependían de la aprobación de instituciones formales, como las dos cámaras del Parlamento y las cortes de justicia, las instituciones respondían por lo general a los designios del líder. A ese modelo jerárquico y autoritario pueden atribuirse las alternancias civiles y militares que se sucedieron a partir de 1955 y que cerraron el camino a todos los proyectos de desarrollo. Desde entonces Argentina se convirtió en un campo de batalla entre facciones que se disputaban fragmentos de poder y que obedecían, todas ellas, a diferentes caudillos únicos intolerantes con las ideas de los otros. Cada uno de esos caudillos, a su turno, fue debilitando las instituciones, estimulando formas de corrupción cada vez más sofisticadas y más sometidas a la voluntad de quien estuviera al mando.

Juan Domingo Perón, carasEl peronismo domina la política argentina aun desde antes de que Perón regresara de su exilio en Madrid en 1973. Con el paréntesis de las dictaduras militares -que trataron, en vano, de aniquilarlo- se ha mantenido en el poder de una manera u otra hasta hoy y es posible que siga prevaleciendo durante otras dos o tres generaciones. Nadie, sin embargo, sabe con certeza qué es el peronismo. Y porque nadie sabe qué es, el peronismo expresa el país a la perfección. Cuando un peronismo cae, por corrupción, por fracaso o por mero desgaste, otro peronismo se levanta y dice: “Aquello era una impostura. Este que llega ahora es el peronismo verdadero”. La esperanza del peronismo verdadero que vendrá está viva en Argentina desde hace décadas, como si se tratara de un imposible Mesías que iluminará el fin de los tiempos, cuando el país recuperará la grandeza de una vez para siempre.

Argentina, así, se ha ido tornando impredecible, un enigma ante el que se estrellan todas las respuestas. ¿Cómo imaginar el futuro inmediato, la celebración del segundo centenario de la independencia entre las brumas de un país a la deriva? Las instituciones siguen inestables. A diferencia de lo que sucede en Chile y Brasil, cuando un gobierno sustituye a otro, los técnicos y los cuadros medios del gobierno que se va son desalojados y reemplazados por funcionarios promovidos menos por sus méritos que por afinidad de intereses con el caudillo de turno. Así se derriban proyectos elaborados durante años, se ponen a prueba otros y las buenas experiencias acumuladas se derrochan. El seleccionado argentino de fútbol es una eficaz metáfora del país. Algunos de sus jugadores se cuentan entre los mejores del mundo y los clubes europeos pagan fortunas para tenerlos en sus planteles. En Europa deslumbran pero en Argentina fracasan. Se pasean desorientados por los campos de juego, después de que demasiados entrenadores les han dado directivas opuestas. La grandeza está en la imaginación de todos. Nadie parece resignarse a los límites de la realidad.

kirchner-clarinTambién el periodismo pierde la calma. Si el gobierno se crispa, si los humores se enardecen, el periodismo lo imita: se divide en facciones efervescentes, sordas a las razones de los bandos opuestos. El periodismo debería releerse a sí mismo. Muchos de los intereses y principios que defiende y predica hoy son inversos a los que defendía ayer.

A partir de lo que aparece ahora en la superficie de los hechos se vislumbra la silueta de un futuro más bien opaco, que en nada se asemeja al del primer centenario. En 1910 el gran Rubén Darío escribió un largo “Canto a la Argentina” impregnado de una imbatible fe en el futuro. “¡He aquí la región del Dorado, he aquí el paraíso terrestre,/ he aquí la ventura esperada!” La voz del gran Juan Gelman se oscurecía en 2004 al entonar su propio canto a la Argentina: “Cuando el dolor se parece a un país / se parece a mi país. Los/ sin nada envuelven con/un pájaro humilde que/ no tiene método”.

En toda la despoblada extensión de Argentina se oyen tambores de guerra. La batalla por conservar el poder o por arrebatarlo es a vida o muerte. Sindicatos adictos al gobierno contra sindicatos adversarios; piquetes contra piquetes. Las calles de las grandes ciudades han entrado en ebullición. La justicia se mueve a paso lento, tratando de proteger las instituciones. Gracias a la justicia, el mejor legado del gobierno Kirchner no se ha perdido en el polvo de las reyertas. Los imperdonables crímenes de la dictadura, los robos de recién nacidos en cautiverio, las torturas despiadadas, los vuelos con prisioneros a los que se arrojaba vivos en el océano y en el río de la Plata, no van a quedar ya sin condena y sin memoria.

Que se haya recuperado la dignidad vuelve aún menos explicable que la educación agonice degradada en sótanos de negligencia que medio siglo atrás parecían imposibles. La influencia de la Iglesia, que ha sido siempre un poderoso factor de regresión e intolerancia, no cesa de crecer. La prédica de los últimos tiempos trata de llamar la atención sobre el escándalo de la pobreza, pero no recuerda que por la pobreza mueren cientos de madres adolescentes en abortos clandestinos y que la mortalidad infantil supera el trece por mil.

Todos los diagnósticos sobre Argentina del futuro inmediato son pesimistas, porque el país pone sus esperanzas muy en alto, evoca las grandezas del pasado y sigue creyendo en una superioridad que las dictaduras militares convirtieron en polvo.

Vale la pena entonces, volver los ojos y preguntarse dónde está ahora Argentina. ¿En qué confín del mundo, centro del atlas, techo del universo? ¿Argentina es una potencia o una impotencia, un destino o un desatino, el cuello del tercer mundo o el rabo del primero?

Siempre se creyó que Argentina estaba en un sitio distinto del que le habían adjudicado la geografía, el azar o la historia. Pero nunca hubo tanto divorcio entre la realidad y los deseos como en estos últimos seis años. Ya en 1810 una de las obsesiones argentinas era alcanzar la grandeza. Lo que ahora obsesiona al país es el miedo a la pequeñez. Para evitar ese derrumbe, se oye repetir una y otra vez: Somos grandes, estamos entre los grandes. La única lástima es que los grandes no se dan cuenta.

“Estamos llamados a iniciar una nueva era”, escribía Juan Bautista Alberdi en 1838. Y después Sarmiento, Mitre, Martí, Roca, Darío: todos se sumaron al coro, todos esperaban que la grandeza se manifestara de un momento a otro. ¿Dónde estábamos entonces, en qué lugar? Éramos un inagotable cuerno de la abundancia: los ganados y las mieses se derramaban por los costados.

Hacia 1928, las estadísticas señalaban que Argentina era superior a Francia en número de automóviles y a Japón en líneas de teléfonos. A fines de 1924, el poeta nacional Leopoldo Lugones proclamó que los militares eran los “últimos aristócratas” del espíritu y les exigió que, espada en mano, ejercieran su “derecho de mejores”, con la ley o sin ella y emprendieran cruzadas para imponer un “orden nuevo”. Las sucesivas cruzadas de los “aristócratas del espíritu” -que culminaron en la guerra de las Malvinas, en los campos de concentración de la dictadura y en los cementerios de desaparecidos-, precipitaron el país en un desastre para el que todavía busca salida.

Pertenecer a lugares a los que sólo Argentina cree pertenecer; imaginarse árbitro, mediador, factor de decisión en pleitos a los que no ha sido invitada: tales son las antiguas maldiciones de la nación, los signos alarmantes de un destino descolocado. Los países del primer mundo se distinguen, a grandes rasgos, por tener seguros de desempleo, escasa o nula mendicidad, bajísimo índice de mortalidad infantil, educación laica, gratuita y obligatoria. Y trenes. Sobre todo trenes. Los trenes (más que cualquier otro medio de transporte) son el termómetro de cuándo un país anda bien y cuándo no. Vaya a saber por qué, pero la modernidad se mide a través de vagones puntuales, frecuentes y limpios, como lo descubrieron los alemanes del este cuando cayó el Muro y pudieron viajar, deslumbrados, en la segunda clase del expreso Francfort-Hamburgo.

Mucha de la infelicidad argentina nace de una lección que la realidad siempre contradice. A los niños se les enseña en las escuelas que son hijos de un país grande acechado por desgracias de las que no es responsable. Nunca le será fácil alcanzar la dicha a un país que cree tener menos de lo que merece y que desde hace décadas imagina que es más de lo que es. “¿Cómo se vive allá, en América Latina?”, me preguntaba un amigo cuando volví del exilio. Argentina no estaba, entonces, en América Latina sino en ninguna parte: ni en el continente al que pertenecía por afinidad geográfica ni en la Europa a la que creía pertenecer por razones de destino. Estaba, como quien dice, en el aire. Lo peor es que cuando tenga que bajar, no sabrá dónde.

Tomás Eloy Martínez, El País (Madrid), 29-10-2009

relieve argentina y el marTodavía pensamos que tiramos un ladrillo a la tierra y nacerá una planta de ladrillos. Que nuestro porvenir no se agota y que volverá el pan dulce o la máquina de coser de Eva Perón. No pensamos en el futuro, sino en el pasado.  Nos cuentan la historia según convenga y creamos mitos de la nada para alimentar esperanzas.

No estamos cerca del final, estamos en el final. No tenemos ningún proyecto, ninguna idea nueva, ninguna iniciativa propia que nos salve del derrumbe. Solo prepotencia, frases hechas y mucha soberbia para no entender que el cambio nace en nosotros mismos.

Claudio Scabuzzo
La Terminal
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Anexo agregado el 3 de febrero de 2010

Tomás Eloy Martínez falleció el primer día de febrero a los 75 años. Fue uno de los escritores y periodistas más trascendentes de Argentina y autor del libro “Santa Evita”.

Esta es la nota que publica hoy el diario PAGINA/12 sobre sus excequias:

LA DESPEDIDA DE TOMAS ELOY MARTINEZ

Piazzolla y gin tonic para el último adiós

Escritores, periodistas y políticos despidieron al autor de Santa Evita en Pilar. Fue una ceremonia emotiva, despojada de solemnidad. Entre música de Piazzolla y tragos con su bebida preferida, todos coincidieron en destacar la relevancia intelectual de Martínez.

 Por Silvina Friera

La rabia del sol resistía agazapada detrás de un manto de nubes. Los árboles se agitaban con movimientos lánguidos, como si estuvieran agotados por el intenso calor. Después de atravesar un caminito jalonado por plantas y flores –el paisaje parecía una pintura de un jardín zen–, una melodía bella y triste, “Adiós Nonino”, rasguñaba el alma de cada uno de los que ingresaban en la sala del Parque Memorial de Pilar. Además de los tangos de Astor Pia-zzolla, la música clásica de Mozart y Bach y el jazz de Keith Jarrett ambientaron el velatorio de Tomás Eloy Martínez, que murió el domingo a los 75 años. El deseo del escritor y periodista, obstinado hasta en los pequeños detalles musicales y culinarios, fue profanar la ceremonia fúnebre por una “celebración” con gin tonic con limón (su bebida preferida) y papas fritas. Claudia Piñeiro, Nelson Castro, Magdalena Ruiz Guiñazú, Martín Caparrós, Isidoro Gilbert, Rogelio García Lupo, Rodolfo Terragno, Ernesto Tiffenberg, Hernán Lombardi, Julia Costenla y Carlos Ulanovsky fueron algunos de los escritores, periodistas y políticos que despidieron al autor de Santa Evita.

“Trabajó hasta último momento y seguía teniendo proyectos”, dijo la editora de Alfaguara, Julia Saltzman, quien anticipó la publicación de dos libros de Martínez: uno con sus mejores crónicas literarias; el otro, un compendio de sus artículos políticos, en la línea de Réquiem por un país perdido. Uno de sus hijos, Ezequiel, subrayó la última voluntad de su padre de crear una fundación con su nombre que reúna su biblioteca, cartas, apuntes, notas y grabaciones –la máxima joya es la grabación de las memorias que le dictó Juan Domingo Perón durante su exilio español–, que fueron la materia prima de varios de sus libros, como La novela de Perón y Santa Evita. “Dejó un dinero destinado para la fundación”, reveló Ezequiel. Otra idea de su padre es que la fundación promueva con una beca a jóvenes escritores de Argentina y Latinoamérica que tengan una novela avanzada para que puedan dedicarse a terminarla. Por ahora falta encontrar una sede para la fundación, que se podría asociar con la FNPI (Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano), de Gabriel García Márquez. Ezequiel confirmó que su padre terminó el que será su libro póstumo, provisoriamente titulado El Olimpo, que conecta el Olimpo de los dioses griegos con el Holocausto y el centro de detención con el mismo nombre que funcionó durante la última dictadura. “A veces me llamaba por teléfono a la mañana y me pedía que lo ayudara; a la tarde, pretendía que tuviera todo listo”, recordó su hijo los embates de la imaginación de su padre y el imperio de su lucidez para postergar, todo lo que pudiera, su muerte. “Se puso más demandante porque se estaba apurando”, agregó Ezequiel. El único enigma a resolver será la carpeta con seis cuentos que escribió en distintas épocas. Aunque su hijo le preguntó qué quería hacer, Martínez no dejó ninguna indicación.

La llegada de la urna con las cenizas de Martínez reunió a los hijos en torno de esa pequeña cajita. El primer cachetazo certero de la muerte del escritor y periodista estaba en ese cuerpo reducido que pasaba de mano en mano entre sus siete hijos. “Pesa así también”, bromeó su hija Paula para conjurar, aunque más no fuera por unos instantes, esa tristeza que se hamacaba por su garganta. Como escribió en el prólogo de Lugar común la muerte, de maestros como Buber y Saint-John Perse, aprendió que no hay cuerpo ni muerte, que el encono contra ellos es estéril, porque en la eternidad todos los hombres son uno, o ninguno. Una llovizna menuda se desvanecía sobre la ropa de familiares y amigos, que caminaban despacio por el sendero de esos bucólicos jardines. Ezequiel, con la voz aguijoneada por el dolor, habló: “Ya le dijimos todo lo que teníamos que decirle. Nos dio todo su amor; le queremos dar el último beso. Lo vamos a extrañar, pero siempre va estar adentro nuestro. Chau, Pa…”. El murmullo ahogado ascendió a llanto cuando colocaron la urna en la diminuta fosa y sus nietas comenzaron a tirar pétalos blancos.

“Tuvo su gin tonic”, dijo su hijo Blas. “Vivió una vida plena; pudo escribir estos dos años, cuando los médicos le dijeron que no podría escribir ni una línea más.” Otro de sus hijos, Gonzalo, fotógrafo de Página/12, recordó que Tomás Eloy decía que tenía “una gran curiosidad por la muerte”. “Ahora debe estar escribiendo una novela”, conjeturó sobre las travesuras del “viejo” en el más allá. Ese agujero en el césped, barrera infranqueable entre la vida y la muerte, pronto sería cubierto. “Pensaba en el camino recorrido por Tomás –comentó la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú–. Es el camino de la Argentina que quiso tanto y que ha dejado plasmada en su obra.” Como compañera de trabajo, le agradeció su honestidad, su hidalguía y el hecho de haber sido una “excelente persona”. La llovizna arañaba el césped, que crujía delicadamente y se abandonaba en una especie de quejido áspero y prolongado. “Varias generaciones de periodistas tenemos una deuda de gratitud con él”, aseguró Nelson Castro. “Le agradecemos su enseñanza, su experiencia de vida, su coherencia, su generosidad; son las cualidades de un maestro. Tomás: sé que vas estar cerca de nosotros.”

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-16834-2010-02-03.html
Fuente artículo de T.E.Martínez:
http://www.elpais.com/articulo/internacional/Argentina/doscientos/anos/soledad/elpepuint/20091029elpepuint_3/Tes
Foto principal: Congreso Nacional (Buenos Aires), Claudio Scabuzzo
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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Reblogueó esto en La Terminal, ida y vuelta a la realidady comentado:

    Hace 5 años escribí un artículo sobre la realidad nacional, frustrado por ver que nada era tan distinto a lo que se publicitaba. Nos condena la historia pasada y el hecho de que jamás las superamos. En mi reportaje tomaba palabras de Tomás Eloy Martínez, quien dejara de existir ese mismo año. Es un texto para leer sin pasiones.

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