Oktubre.


Vivimos un tiempo extraño, aunque para muchos parezca satisfactorio. Sin haber elegido presidente, Argentina atravesó un proceso electoral en donde se consolida la reelección de la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Fue una “primaria” que demostró un enorme respaldo por parte del electorado argentino hacia la gestión del partido gobernante, pero, además, el desmantelamiento de la oposición. La fortaleza del actual gobierno legitima el perfil industrialista, un renacimiento de la industria argentina alimentada por el desarrollo y producción del campo. El sueño de la felicidad perdura.

Un boom del consumo enmarca la futura “reelección”, con mucho dinero que circula en el comercio de bienes superfluos. La política económica alentada por los ingresos de divisas de la exportación agropecuaria e industrial, genera un bienestar aparente. Todo esto sucede mientras la crisis económica mundial tiende a profundizarse. La idea que se transmite es que estamos “blindados”, como si no nos afectara la debacle del euro y el dólar, pero nunca fue así.

Argentina mantiene su deuda externa pero ya no es un tema que preocupe a la sociedad. El dólar sigue siendo una moneda fuerte, en contraposición al mundo, casi congelado a costo de las arcas del Banco Central y su alta participación en el mercado que disimula cualquier “corrida”. Si durante décadas los ministros de economía llevaron la voz cantante del poder, el kirchnerismo los redujo a un puesto público. Concentrando el poder en el círculo íntimo de la presidencia, allí las decisiones tienen el fundamento de sus propias pasiones.

Es un sentimiento.

Es complejo entender que la esencia del kirchenerismo es el partido que fundó Juan Domingo Perón, que aglutinó en sus distintas épocas desde la  ultaderecha a la ultraizquierda. En el marco de su doctrina se dieron la mano el neoliberalismo y el socialismo, y nada de esto les movió un pelo. El Partido Justicialista abraza a todos con el mismo afecto y respeta sus tiempos y contradicciones.  Con los íconos de la historia “nacional y popular” de Perón y Evita, arrastra a sus simpatizantes por todo tipo de corrientes políticas. A veces pienso que el peronista asume su pasión como si se tratara de un equipo de fútbol, donde no importa el contenido sino los colores del club, aunque algunos intelectuales intenten darle sentido.

Para no quedar atados al pasado, los kircheneristas hablan de un “neoperonismo”, como si se tratara de una versión actualizada de la doctrina del líder.  En realidad proponen reconstruir todo lo destruido (en todos los ámbitos) desde 1976  y lograr una salida del neoliberalismo que había impulsado en el país el gobierno peronista de Carlos Menem. La tarea realizada es clara: se han enfrentado en el terreno político con el capital concentrado del campo y la ciudad, con la embajada norteamericana, con el poder mediático monopólico y con las cúpulas eclesiales y civiles comprometidas con la anterior dictadura militar.

Quienes abrazamos la democracia tras en triunfo del radical Raúl Alfonsín en 1983 notamos que los ideales que hoy el kirchnerismo anuncia eran moneda corriente en el debate de la izquierda, pero también comprendimos que la única manera de construir un país era a partir de la justicia y la tolerancia. El kirchnerismo avanza en ocasiones olvidando esas premisas y volviendo a un enfrentamiento crudo que revolvió tres décadas de historia.

La era industrial K.

Estamos en un gobierno industrialista, no cabe ninguna duda a partir de su perfil, su cercanía con el poder industrial privado y su insistencia en retomar el camino perdido del desarrollo fabril.

En otras épocas la industria fue un simbolo del nacionalismo, de la “uniformidad” de los trabajadores, de su poder político a partir de los sindicatos. Los descamisados de Evita no eran agricultores sino obreros, ellos son la esencia del “movimiento obrero”, base del peronismo. Hoy se intenta resucitar ese pasado.

Aquel desarrollo admirable, en ocasiones fue efimero. La industria depende de las variables económicas, de la inserción en el mundo, del conocimiento y la investigación, de políticas claras y gobiernos estables. No siempre Argentina brindó ese microclima. Se espantó a la inversión privada, se enfrentó al trabajador con las patronales y se sometió al empleador a un carga excesiva para dar empleo. Semejante realidad provoca la existencia de trabajo informal y no registrado, en dimesiones importantes. Los empresarios exitosos fueron los proveedores del estado que como cliente es casi un negocio redondo. Algunas cosas no han cambiado.

La industria debe ser innovadora, sustentable, competitiva y autosuficiente. La obsolencia de procesos y productos está a la vuelta de la esquina, sus costos deben permitir que respire sin subsidio oficial y la producción responder a las necesidades del consumidor a un precio justo.  ¿Estamos en ese camino?. Los resultados actuales parecen pronosticar un futuro promisorio, aunque falta mucho para alcanzar el desarrollo, para estabilizar lo que se hizo. Todo depende de un equilibrio que no está.

El planteo ideológico de esta era K intenta desarmar lo que se llamó el modelo “agroexportador” caracterizado durante décadas por la concentración de la riqueza por un reducido grupo de terratenientes que también supo controlar a los gobiernos. Durante muchos años las inversiones, sobre todo extranjeras, buscaron desarrollar la infraestructura que permitía llevar las materias primas a los puertos, y generar la riqueza del país. Existía una industria, que completaba lo anterior, y otras que en pequeña medida abastecían algunos productos, pero la fuente de ingresos del país era el campo. Hoy sucede lo mismo, aunque la dimensión de uno y otro es diferente.

El gobierno K se enfrentó a los productores agropecuarios y abrazó a los industriales, sin pensar que el equilibrio sería saludable. En verdad ambos sectores se retroalimentan en muchos rubros, pero las preferencias no ayudan a un crecimiento homogéneo.

Al igual que el modelo alemán de principios del siglo XX, el desarrollo que se intenta plasmar acá es a partir de la protección aduanera, tratando de crear “conciencia industrial” en la búsqueda de productos equivalente en calidad y precio a los importados. Es el camino que permitió a muchas naciones alcanzar su desarrollo pleno, a costa de contaminación, saqueo de recursos naturales y desempleo. La industrialización desenfrenada generó los cinturones de pobreza y la escasa superación de un trabajador condicionado a la función de obrero. No estamos en las mismas épocas, pero el desarrollo industrial no es la única fuente de desarrollo social, ya que las materias primas son las que, finalmente, alimentan a la industria y a los consumidores, y estas deben estar siempre disponibles, al mejor precio y calidad.

Con el equilibrio alterado, avanzamos hacia otro período K. Hay una política de sustitución de importaciones industriales, pero a costa de que algunos productos ya no lleguen con la misma calidad y continuidad. La industria intentará reemplazar esos productos, quizás a un precio que exija de parte del consumidor un mayor esfuerzo, y de no haber actualización e inversiones, el producto será obsoleto. Siempre pagamos demasiado nuestro desarrollo cuando los funcionarios aseguraban que defendían nuestro bolsillo.

Interesante lo que escribe el ensayista y sociólogo Leonardon Sai:

El industrialismo no es una política de estado para construir más fábricas sino la determinación de la voluntad a reproducir las condiciones de existencia en desenvolvimiento contradictorio, aplastado, como solución final, por las aguas mansas de la renta natural. La renta natural produce y reproduce la ausencia de auto-determinación como afirmación nacional de una identidad periférica. Una sociedad excluyente, una modernidad tecnológica sin concepto y sin Estado.

Nuestro presente ya ni siquiera es “industrial” sino industrial-tecnológico donde el segundo componente es cada vez más la condición del primero. La tecnología solo puede desplegarse sobre una industria de base pero la industrialización de esa base ya no puede hacerse bajo la sustitución de importaciones (“a lo 45 -’74”) porque el mundo inter-conectado redobla la dependencia al tiempo que impulsa la emergencia bajo la amenaza permanente de burbujas financieras supra-nacionales. Posicionarse, en la industria, requiere de una selección prudente, cuidadosa y estratégica de ramas muy competitivas capaces de producir trabajo tecnológico o diferenciado de forma endógena. Administrar el proteccionismo es una política anacrónica: el problema del capitalismo es cómo destruye, no como administra. Leonardo Sai en Industrialismo y Barbarie. (http://leonardosai.wordpress.com)

 El sueño de la felicidad.

La historia política, económica y social argentina parece un péndulo. Hemos oscilado demasiado. Hoy estamos en otra posición que quizas no sea definitiva pero que encuentra el respaldo de la ciudadanía.  El juicio final lo tendrá la historia.

El presente nos muestra este mosaico inconexo, luces de colores y grandes anuncios, pero detrás de las chimeneas hay una sociedad expectante sumergida en una realidad que no cambió, en villas que nacieron de la inmigración interna, producto del avance del campo, del cierre de las fábricas, de la atractiva opulencia de las grandes ciudades. Se preguntan si todo lo que se dice y se hace es para ellos también. No sabemos si serán consumidores o partícipes de la transformación.  Lo cierto es que están allí, respondiendo a ideales del pasado, beneficiados por políticas del presente, pero sin completar sus sueños de un país equilibrado, que le de bienestar pero también seguridad,  trabajo y continuidad laboral, educación y empleo, y, porque no,  felicidad.

El triunfalismo tapa el sol con las manos, confunde el resultado del presente con todo lo que falta hacer, ahoga la crítica y el sentido común. Mirar más allá del discurso oficial parece ser un retroceso, pero en realidad es un avance. Quizás estemos a tiempo de ampliar todas las visiones para un desarrollo integral, para que todos podamos disfrutar del futuro. No hay un solo camino.

El industrialismo queda sometido al tribunal de la razón, de manera que «el juicio formidable que debe afrontar el industrialismo es el de la razón, la que exige que el aumento y la especialización del trabajo se justifiquen con beneficios que se concreten verdaderamente y se den en individuos. La riqueza debe justificarse con la felicidad. Alguien debe vivir mejor por haber producido o disfrutado de esas posesiones. Y no viviría mejor, aun concediendo que las posesiones constituyen ventajas en sí mismas, si debiera adquirirlas a un precio demasiado alto o anularan otras oportunidades o beneficios superiores».   José Beltrán Llavador sobre la obra “La vida de la razón” del español George Santayana (1863-1952).

 
Claudio Scabuzzo
 La Terminal
 Algunas fuentes consultadas:
 http://larealidadnosaplasta.blogspot.com/2011/07/que-es-el-kirchnerismo.html
http://www.sosperiodista.com.ar/Opinion/Que-es-el–kirchnerismo
http://www.revistateina.org/teina10/dos4.htm
http://www.revista-noticias.com.ar/comun/nota.php?art=1483&ed=1809
http://www1.tau.ac.il/eial/index.php?option=com_content&task=view&id=431&Itemid=206
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=98695
http://leonardosai.wordpress.com/2011/06/07/industrialismo-o-barbarie-por-leonardo-sai/
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