El talento no vale nada.


internet talento 1

Muchas cosas han cambiado en el mundo después de internet, entre ellas la cultura y su producción. La red la ha potenciado y ha trasladado contenidos a todos los puntos cardinales, ha hecho famosos a lejanos artistas pero también sumergió a la servidumbre a otros. A transformado en gratuito el trabajo intelectual y muchos se aprovechan de esas obras ganando dinero que nunca llega al creador. La industria del cine, la música y la literatura iniciaron hace tiempo su lucha contra la ilegalidad, pero otros artistas que no poseen semejante estructura económica se encuentran a la deriva en un mar digital donde unos pocos hacen dinero. Este artículo que se genera en la gratuidad quizás termine en un sitio comercial o en un periódico regional, siendo ellos los que cobren mi trabajo.  Imagine millones de sitios con aportes de sus creadores que jamás cobrarán por su tarea, que sueñan con una posibilidad de vivir del arte pero que descubren, con los años, que jamás recibirán dinero alguno.

 El aura no clasista de la Web enmascara una injusta estructura de poder.

Astra Taylor.

 

arte-digitalAsí es la industria cultural en la era digital. Algunos cobran por sus contenidos y enfrentan a quienes lo distribuyen sin pagar derechos, otros esperan a que alguien se digne a pagarles. Ni siquiera la legislación argentina contempla un pago desde el exterior a un hacedor de contenidos “freelance” que puede recibir alguna remesa ocasional, sin ser considerado un comerciante. Todo conduce a que otros se apropien de su obra y la difundan en sus páginas comerciales a veces citando la fuente y otras no. El vacío legal es indudable pero la libertad de la red así lo permite. Libertad que otros comercializan a costa del trabajo intelectual ajeno. No hay ninguna huella digital en nuestras obras que garantice nuestra propiedad, ni la habrá seguramente.

Los mecenas de antaño ya no están. Los gigantes de la red solo quieren recaudar y no piensan en pagarle a nadie su trabajo publicado. Ellos están detrás del monopolio de las plataformas, sabiendo que millones de ingenuos las harán exitosas con sus contenidos gratuitos.

Pocos se animan a invertir en creatividad cuando saben que la exclusividad de un trabajo queda en la web a merced de cualquiera que no dudará en copiarlo.  El cambio en el paradigma cultural es profundo e incierto. Los pequeños hacedores quedarán famélicos frente a la ola de internet que construye y destruye con apenas un click.

La cultura libre es como la comida barata: acarrea riesgos.

Hace unos días leí un excelente artículo en Ieco de Clarín, donde el profesor de la Universidad de Columbia (EUA) Tim Wu (autor del libro “Master Switch”) opina sobre el libro de Astra Taylor ““The People’s Platform: Taking Back Power and Culture in the Digital Age” (La plataforma del pueblo: recuperando el poder y la cultura en la era digital).  Es un aporte a este debate que en forma incipiente recorre algunos recintos intelectuales.

La industria cultural en la era digital

timothy wu
Profesor Timothy Wu creador del concepto de la neutralidad de Internet. “The Master Switch es un libro sobre la historia de los medios desde el telégrafo hasta Facebook. Lo que digo es que cada industria tiene un mismo patrón. Hay un período de invención, de competición y luego va hacia un monopolio que se queda con todo. Si la historia se repite, deberíamos esperar algo similar”.

Astra Taylor es una directora de documentales que ha descripto su obra como el “brócoli hervido” de nuestra dieta cultural. Su última película, Vida examinada, mostraba a filósofos caminando por distintos lugares mientras exponían sus ideas. Taylor es la clase de creativa que supuestamente se iba a beneficiar cuando la revolución de Internet acabase con las viejas jerarquías de los medios.

Pero dos décadas después de iniciada esa revolución, Taylor no está impresionada: “Corremos el riesgo de morir de hambre en medio de la abundancia”, escribe. “La cultura libre, así como la comida barata, acarrea gastos no previstos”. En lugar de servir como el gran igualador, la Web ha creado un feudalismo cultural aborrecible. Las masas creativas se conectan, crean y trabajan, mientras que Google, Facebook y Amazon cobran el dinero.

La tesis de Taylor está expuesta de manera sencilla. La industria cultural pre-Internet, poblada principalmente por conglomerados explotadores, estaba lejos de ser perfecta, pero al menos el régimen antiguo tenía alguna necesidad de cultivar las instituciones culturales, y de pagar por el talento en todos los niveles. Después vino la Web, que barrió con las jerarquías – y con los cheques, dejándoles a los creadores de toda clase sólo la posibilidad de convertirse fugazmente en “famosos en Internet”.

La documentalista canadiense Astra Taylor.  Autora y activista  en cuyo nuevo libro —“The People’s Platform: Taking Back Power and Culture in the Digital Age” (La plataforma del pueblo: restar poder y cultura en la era digital)— sostiene que la neutralidad de la red es solo el comienzo para asegurar acceso y representación igualitarios online. “El potencial utópico de la red es real”, sostiene Taylor. “El problema es que las condiciones económicas de fondo no cambiaron. Los mismos imperativos comerciales de siempre, los mismos incentivos de siempre que moldearon el viejo modelo y lo hicieron tan problemático todavía están vigentes”. Es posible que Internet haya trastocado el periodismo de investigación, pero no trastocó la publicidad”.
La documentalista canadiense Astra Taylor. Autora y activista en cuyo nuevo libro —“The People’s Platform: Taking Back Power and Culture in the Digital Age” (La plataforma del pueblo: restar poder y cultura en la era digital)— sostiene que la neutralidad de la red es solo el comienzo para asegurar acceso y representación igualitarios online. “El potencial utópico de la red es real”, sostiene Taylor. “El problema es que las condiciones económicas de fondo no cambiaron. Los mismos imperativos comerciales de siempre, los mismos incentivos de siempre que moldearon el viejo modelo y lo hicieron tan problemático todavía están vigentes”. Es posible que Internet haya trastocado el periodismo de investigación, pero no trastocó la publicidad”.

Y de algún modo, dice Taylor, la Web nunca amenazó realmente con eliminar a los principales representantes de los medios tradicionales, ya fuesen superestrellas, como Beyonce, grandes programas de televisión o estudios de Hollywood. En cambio, fueron las clases medias de la industria cultural las que resultaron eliminadas y reemplazadas por nuevas plantaciones culturales gobernadas por los agregadores de la Costa Oeste.

Es difícil saber si el título, La plataforma del pueblo , es pretencioso o sarcástico, porque Taylor piensa que el aura no clasista de la Web enmascara una injusta estructura de poder. “Los sistemas abiertos pueden ser descarnadamente no igualitarios”, dice, y sostiene que la Web padece de lo que la académica feminista Jo Freeman denominó “tiranía de falta de estructuras”. Debido a que supuestamente no existe la jerarquía, las elites pueden negar alegremente su propia existencia. (“Sólo operamos una plataforma”.) Pero los efectos son reales: la Web ha reducido a los creadores profesionales a mendigar mendrugos de atención a un público consentido, y ha forzado a los creadores a ser sus propias marcas.

La crítica de Taylor golpea fuerte porque no se la descarta fácilmente como a críticos reaccionarios tales como Andrew Keen o Evgeny Morozov, que tienden a considerar los productos culturales de la Web como los garabatos infantiles de aquellos con bajo nivel de educación.

Taylor acepta que puede haber mucho talento allí, pero considera que está siendo explotado; ha visto lo que Clay Shirky llamó “Here Comes Everybody”, (Aquí vienen todos), la promesa de Internet de inclusión y colaboración, y piensa que no ha sido buena para nadie (excepto quizás para publicistas online).

Taylor somete la narrativa de los “famosos en Internet” a una crítica particularmente mordaz. La historia es familiar: un artista desconocido produce un video, que se viraliza y llega a millones, lo que le vale una entrevista en el programa Today . Bien, ¿y luego qué? De vuelta a la servidumbre (con excepciones, como E. L. James, autora de Cincuenta sombras de Grey , que comenzó como la ficción Crepúsculo ). En cualquier caso, las posibilidades de que circule viralmente son comparables a las de ganar la lotería, pero la lotería, justo es reconocerlo, paga en efectivo. Usted podría decir que la viralización es la promesa que mantiene al proletariado enfrascado en las fábricas culturales, en lugar de rebelándose y reclamando algo mejor.

La plataforma del pueblo tiene el sabor de una Roger y yo para la industria cultural estadounidense, y va a resonar en aquellos de las clases creativas cuyas vidas se han hecho más difíciles por culpa de la Web: escritores de no ficción seria, músicos, dramaturgos, novelistas y periodistas de investigación.

En conjunto, constituyen una clase que causa gran empatía. Pero en la medida en que Taylor condena la Web como algo en general negativo para la cultura, este discurso no está libre de complicaciones. Por una parte, su crítica es mucho más débil para los que trabajan part-time, los aficionados y los amateurs que usan la Web: el usuario promedio de Instagram no está precisamente tratando de hacer carrera con las selfies y posiblemente no se sienta explotado.

Además, la Web ha creado más que versiones baratas de lo anterior -–los sitios más importantes de la cultura de Internet, como Awkward Family Photos (sitio que reúne fotos familiares desafortunadas), son en realidad sólo categorías en sí mismas. Lo incómodo que Taylor no pone de relieve es que son tanto los no arribistas como los agregadores los que están haciendo el daño que ella describe.

Ausente está también el consumidor en su condición de tal. Taylor considera que somos malcriados por contenidos cliqueables y que sufrimos una erosión generalizada de la calidad de los contenidos. Pero Internet es más que listicles (N de la R: una forma breve de escritura que utiliza una lista como estructura temática. La palabra proviene de la combinación inglesa de “lista” y “artículo”), y cuando nos consideramos a nosotros mismos como simples lectores o espectadores, lo que aparece invariablemente es que nunca fue más barato ni más fácil acceder a buen material.

Netflix y YouTube son una bendición para amantes de material poco conocido de televisión y cine. Y aunque muchos en el sector editorial sienten por Amazon el odio profundo que antes reservaban a la televisión, es innegable que los lectores hoy pueden leer más libros por menos dinero. La explicación más acabada no puede ignorar cuán accesible se ha vuelto la cultura.

Dejando de lado estas complicaciones, Taylor nos obliga a considerar una pregunta muy importante: “¿Qué perdemos si dejamos que la mitad desaparezca”? Ve la solución en un movimiento hacia la “cultura sustentable” (que, como con los alimentos orgánicos, presumiblemente supone pagar más por las cosas), junto con más apoyo público a las distintas expresiones del arte. Como ella señala, se nos ha dado por asumir que la cultura se hará cargo de sí misma, cuando nunca ha sido así.

La industria de la tecnología podría inclinarse por rechazar los argumentos de Taylor como una mera versión de las quejas de los fabricantes de máquinas de escribir en 1984, pero eso sería un error.

La plataforma del pueblo debería tomarse como un desafío por parte de los nuevos medios que desde hace mucho tiempo se jactan de ir mejorando el viejo orden. ¿Pueden probar que son capaces de apoyar un ecosistema cultural sostenible, de una manera que vaya más allá de sólo organizar fiestas en el Festival de Cine de Sundance?

Vemos algo de esto en las firmas de tecnología que han comenzado a pagar por contenido original, y en las inversiones de Netflix en proyectos como Orange Is the New Black . También cabe señalar que el apoyo a la cultura es realmente muy económico. Consideremos la agencia de noticias sin fines de lucro Propublica, que emplea periodistas de investigación y ya ha ganado dos premios Pulitzer, todo con un presupuesto de apenas un poco más de 10 millones de dólares por año. Ese tipo de dinero es un error de redondeo para gran parte de Silicon Valley, donde perder miles de millones de dólares en malas adquisiciones es una práctica defendida habitualmente como “estratégica”. Si Google, Apple, Facebook y Amazon realmente creen que están mejor que la vieja guardia, está por verse.

Publica y comparte: gracias por el aporte.

Mientras en el mundo se debaten las leyes que impidan la piratería, otros actores culturales no encuentran eco al reclamo de que también deben ser compensados por su obra en la web. Indudablemente la industria de los videojuegos,  del cine,  de la televisión, la música y los libros ejercen enormes presiones a los gobiernos para que regulen el tráfico ilegal y orienten a pagar a los consumidores. Sin embargo los propietarios de los enormes portales que tienen a millones de suscriptores crecen con la creatividad de algunos de ellos, que jamás reclamarán derechos por sus obras porque accedieron a publicarlos allí, bajo las reglas de una supuesta internet libre.

 

Claudio Scabuzzo
@laterminalblog

 

 

Fuentes:

http://www.ieco.clarin.com/economia/industria-cultural-digital_0_1182481999.HTML

http://blog.paginar.net/2011/02/jaque-la-industria-cultural.html

http://soydondenopienso.wordpress.com/2012/07/07/entrevista-a-tim-wu-neutralidad-en-la-red-los-algoritmos-hablan/

Imagen principal:

Otras imágenes:

http://www.imagenesabstractas.com/arte-digital-asbtracto/

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