Ricos, gracias a los pobres.


corrup

El derrotero de mi país para llegar a un destino próspero para todos está lleno de adversidades. Una cultura de la corrupción se desarrolló desde la época de la colonia, cuando los negocios pasaban por la dádiva, el contrabando o el saqueo. Las malas prácticas se adaptaron al paso de la historia y la división entre poderosos y necesitados se mantuvo para el beneplácito del corrupto. No solo se aprovechaban de quienes tenían dinero sino también de los pobres.  Los marginados eran explotados por los terratenientes  pero también por la política, que, muchas veces, era lo mismo. Sin moral ni principios las fortunas ilegítimas de antes y de ahora pululan, como los cinturones de miseria que nunca se erradicaron.

Todo se arreglaba si conocías a “alguien”. Ese vecino prominente, o el amigo de un amigo que ostentaba el cargo que liberaba al ciudadano común de un problema. El camino para la solución o el beneficio se hacía corto para aquellos privilegiados que obtenían ese acceso, la tarjeta personal o el contacto necesario. Muchas cosas se obtenían así: desde un teléfono para la casa, un permiso municipal, el acceso a un crédito, un plan social o trabajo en una dependencia pública. También la excepción al servicio militar obligatorio, una licencia de conducir o un permiso de importación. Algunos hacían “la vista gorda” para un negocio sucio o un emprendimiento con mano de obra esclava. Nada era gratis, aunque el costo terminaba opacado por la felicidad del beneficiado por el privilegio obtenido.

Vivíamos ese mundo con total normalidad. Esos actos siempre estuvieron desde épocas donde la palabra corrupción no era parte del léxico político y permanece en el presente cuando los políticos la prometen erradicar y sin embargo la alimentan cada vez más.

Todo tiene precio.

Hay un beneficio económico con esa actitud pero a la vez un sometimiento y condicionamiento a quienes alcanza. Perfeccionado en el tiempo, los privilegios llegaron a otras esferas y bajo nuevas condiciones.  El poder se mide en cuanto había incrementado su patrimonio el político e turno, fuera de la ley y de la ética.  “Robar” no era tan malo si hacía algo, con lo cual un acto indecoroso se diluía en repartir parte de lo que se llevó de más. Nuevamente, bajo ese criterio, volvemos  a naturalizar algo inaceptable.

El clientelismo político se aferra a esas prácticas. Las necesita para perpetuarse en los cargos que le permite mantener sus legiones de “acomodados” y sus negocios particulares. Crea un estado paralelo, encabezado por gente “empoderada” por el propio poder oficial y paralelo, sin que el ciudadano común perciba la diferencia. Después de todo no hay otro acceso a las necesidades mínimas, una puerta obligatoria que somete a la genuflexión y al abandono de toda razón. Con más necesidades que afectos el camino para superar las adversidades de los marginados pasa por ese sistema perverso que crea obligaciones: Desde afiliarse, “hacer el aguante” o sumarse al respaldo de un sector o devolver una “comisión” con dinero que irá al bolsillo de algún “puntero” o “dirigente”.

La práctica genera una cultura cuya erradicación alimenta conflictos entre quienes creen que eso es un derecho adquirido,  los que no desean perder su fuente de recursos y privilegios y, finalmente, los que quieren que la ley se imponga con el rigor que merece. La “coima”, el “arreglo”, la “comisión”, el “subsidio”, el “aporte” y otros términos nacidos de ese mundo de gente bien que le saca a los pobres no pueden seguir existiendo.

La pobreza genera beneficios ocultos, grandes sumas se diluyen en pocas manos y llegan a cuentagotas a quienes lo necesitan. Una casta se aprovecha de la marginalidad y la hace crecer, como cualquier negocio cuyos clientes se deben renovar e incrementarse.

El desafío por terminar con la corrupción es enorme, más cuando la ideología se interpone para hacerla permanente. Esta corrupción que le roba a los pobres es, quizás, la más nefasta que se arraigó en Argentina a partir de políticos y dirigentes ambiciosos, verticalistas y autoritarios. La genética social que le da cabida debe modificarse y la sociedad tendrá que someterse a un cambio radical de sus costumbres ilegales. No es fácil el tratamiento de un diagnóstico tan complicado.

 Claudio Scabuzzo
@laterminalblogL CONTRABAN
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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Yo soy optimista, sin embargo. Creo que con la consolidación de la democracia se ha avanzado mucho y se seguirá avanzando. Pasa que, aunque la democracia sea una mierda, es la menos mierda de todas las formas de organización política que ha habido. Creo que Churchill dijo algo así y sigue rodando el dicho.

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