Rosario y el dolor que no cesa.


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Me topé con la columna humana cuando atravesaba la calle 3 de Febrero rumbo a la sede local de la Gobernación de Santa Fe. Esos rostros de dolor y los gritos pidiendo “justicia” me conmovieron. Había pancartas con rostros de víctimas del delito fácil y de la justicia permeable. Rosario, populosa y trabajadora, no merece esta realidad tan sangrienta.

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El poder político no ha podido controlar el delito en las grandes urbes de la provincia de Santa Fe. Bandas que se vinculan al narcotráfico o a los robos se hacen dueña de la calle y muchos no dudan en creer que miembros de la Policía brindan protección para ese trabajo sucio.

Desde hace años la fuerza policial ha sido señalada como parte de la estructura delictiva. Al año 2015 había 1.600 policías involucrados en causas penales por robos, drogas o corrupción. Las inspecciones a comisarías detectan innumerables delitos vinculados a esa misteriosa “caja negra” que muerde parte del botín de los delincuentes o de las actividades ilícitas.

Es difícil que la policía pueda revertir en lo inmediato la desconfianza de la población, pero la justicia tampoco logra algo de simpatía. Su desempeño, enmarcado en leyes incomprendidas por las víctimas, está lejos de lo esperado. Siete de cada diez delincuentes detenidos logran la libertad, lo que demuestra el alto grado de impunidad sobre hechos aberrantes. Permisos de salida de la cárcel y penas reducidas a asesinos, narcos y ladrones indigna a la población. También hay causas que no logran avanzar por el atasco en los tribunales, desbordados o ineficientes, nunca se sabe.

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Todos esperan de los poderes públicos mayor responsabilidad y compromiso, pero no se ve reflejado en la realidad. La famosa “puerta giratoria” de la justicia es el engranaje que la policía corrupta necesita para perpetuar sus turbios negocios.

Las muertes violentas se transforman en el número que revela la anarquía.
Las víctimas de esa inacción de los poderes públicos estaban reflejadas en las pancartas de la marcha del 25 de agosto. Sus allegados no encontraron consuelo en sus representantes y lejos están de hacer justicia por mano propia porque anhelan una ciudad que los defienda.
El cuadro de las muertes violentas no es muy distinto a lo que sucede en otras provincias argentinas, pero en Santa Fe ha detonado de manera exponencial. En 2008 Rosario tuvo 121 homicidios pero 5 años después, en 2013, se elevó a 265. En 2014 sumaron 250 y el año pasado 224 muertes violentas. Triplicando la media nacional en homicidios, solo en agosto de 2016 se registraron 24 crímenes que justificaron las marchas de ciudadanos reclamando justicia y seguridad. El grito de la población retumba y aguarda su eco.

Mientras tanto las rejas en las casas se multiplican, las alarmas domiciliarias y comunitarias solventadas por los vecinos intentan contener el descontrol. Las tibias medidas de seguridad anunciadas desde el municipio o la provincia no logran contener el descontento. Nadie se anima a evaluar el impacto psicológico del miedo a sufrir un robo o “entradera” (la modalidad de copar una casa cuando el vecino ingresa o egresa de ella). La gente no puede convivir con semejante violencia e indefensión y solo pretende la paz.  Todos recuerdan con nostalgia los tiempos en que se podía caminar tranquilo. Así como están las cosas, nunca volverá a ser igual.

inseguridad 01El panorama es muy complejo, más cuando algunos buscan en estas situaciones su rédito personal o gremial. Las corporaciones judiciales, policiales y políticas insisten en defender su territorio sin reconocer sus errores o rectificando el rumbo, mientras la sangre de inocentes mancha las calles de la ciudad.

Podrán decir que las desigualdades sociales y la droga fomentan al delito, pero muchos delincuentes y adictos no son de las villas de emergencia. Actividades tan rentables como el fútbol o la “movida” nocturna está en influenciado por el narcotráfico y la violencia. Muchas bandas están relacionadas al negocio de compra y venta de autos caros y en flotas de taxis. El blanqueo del dinero manchado con sangre encuentra en la ciudad los negocios adecuados. Soldaditos defienden a los tiros los sitios de venta de droga usando armas alquiladas que se reproducen de la nada. Decenas de miles de balas se venden en el circuito legal sin saber donde se tiran.

La falta de apoyo a la actividad privada provoca que no surjan fuentes de trabajo de calidad siendo el estado el mejor empleador. Desocupados e ignorantes son la mano de obra para las bandas delictivas.

Todo se deteriora: La calidad educativa, la calidad laboral, la calidad judicial y la calidad de los poderes que gobiernan.

Poco se habla de un motivo mas profundo para que todo esto se concentre aquí: Hubo un quiebre entre las instituciones públicas y la comunidad que debía atender. La escuela abandonó a sus alumnos para interesarse más en cuestiones gremiales y políticas, la Justicia hizo lo propio atendiendo la burocracia y sus privilegios, y el Estado se llenó de funcionarios coimeros, onerosos e ineptos. Los legisladores, invisibles para la mayoría, no aportaron el cambio legal necesario para la emergencia y las normas se volvieron en contra de las víctimas. No representaron a nadie. La policía mostró su lado oscuro como cualquier dependencia pública que no es controlada con honestidad. El dinero que debía evitar la violencia social se destinó a llenar los bolsillos de ineficientes y corruptos, mientras quienes debían defender a la población, porque fueron elegidos para ello, miraban para otro lado.

Lo que ocurrió y ocurre no es solo responsabilidad del partido gobernante sino también de aquellos que aspiran a reemplazarlo. Todos prefirieron ver la demolición de la paz a tener que perder sus grandes o pequeños privilegios.

El trabajo de reconstrucción de esta realidad es arduo, pero no imposible. Los rosarinos no temen gritar en la calle su descontento y desolación. Habrá alguien que nos escuche.

Claudio Scabuzzo
@laterminalblog
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