El grito del suburbio.

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Ser pobre o estar pobre.  Uno es el lugar que la sociedad le otorgó de por vida a todas las generaciones pasadas y futuras, el otro una condición que puede superarse, aunque no siempre se lo intente. Cuando hablamos de pobreza nace un sentimiento de dolor que pasa rápido. La indiferencia es la actitud común, la que establece una línea entre los pobres y los que no se consideran pobres. El egoísmo, la ignorancia y el miedo nos empañan la comprensión de este flagelo de la humanidad que se destaca en ese entorno inquietante de las grandes ciudades.

La mayoría siente que no es responsable de la pobreza. Creen que las condiciones que tuvieron  la desaprovecharon y los repudian. Como los marginados, los “no marginados” también escucharon los discursos, vieron las políticas sociales actuar, los subsidios y la politización de las villas hasta transformarlas en un arma contra el resto de la sociedad. El racismo comenzó a gestarse cuando manipularon la miseria para “ponderarla”, dándole un estatus ficticio y señalando a otras clases sociales más acomodadas como responsables.  El estado le dio un color ideológico a esa realidad que prefería mantener para su propio beneficio.

pobreza1Esa lucha de clases del mundo post-industrial llega al presente y pretende rendir cuentas. Después de todo parece que los indigentes son consecuencia de los ricos, así que deberán pagar por lo que hicieron. El discurso extremo tensiona a la sociedad pero no cambia la realidad. Los gobiernos son integrados por los que más tienen y jamás dejarán su patrimonio a los necesitados y ni siquiera la Iglesia abandona sus lujos por los pobres. Nadie se desviste para darle la ropa al otro, aunque en las tarimas digan lo contrario.

Por lo menos se podrían imponer políticas que eleven la calidad de vida de las clases bajas, que mejoren su expectativa pero ese gesto ha sido sólo una mueca en las últimas décadas. Muy poco se ha hecho. Las villas miseria de mi país son el ejemplo de cómo todos los gobiernos han disimulado sus fracasos entre calles de tierra y casas precarias.

El grito del suburbio.

La enorme acumulación de miseria en los conglomerados urbanos irradia desazón pero también temores: Es una sub-ciudad con sus propias leyes y códigos, con víctimas y victimarios del delito, con cierta intolerancia hacia la ciudad organizada y viceversa.  Estigmatizados ellos y los otros, se crispa la convivencia y el resultado es incontrolable.

pobreza5Hace 40 años las villas miseria eran barrios de chapa que contrastaban con las ciudades que las albergaban que recibían el mote de “Villas de emergencia” por su existencia momentánea, aunque después se transforman en permanentes. Representaban el lugar de quienes aspiraban a la clase media, inmigrantes internos que huyeron de sus orígenes para encontrar un mejor futuro.

En la sangrienta dictadura del 70 la indigencia estaba acotada a menos del 10% en un régimen de represión ilegal, económica y social. El plan de contención de la pobreza era el miedo, así que pocos se animaban a instalarse precariamente ante el temor de una redada de uniformados. Con la democracia empiezan a crecer pese a que los gobernantes se identificaron con los humildes y se multiplica por lo menos tres veces en 33 años. Extraña consecuencia de una democracia raquítica.

Al igual que la invisible pobreza rural, las villas son la muestra visible de la marginalidad y el despojo pero mucho más contradictoria, porque contrastan con un entorno opulento.

Tapada por los discursos exitistas y promesas perdidas crecieron metódicamente villas y villeros: Sus descendientes permanecieron allí, se multiplicaron sin piedad con el derecho adquirido del tiempo y el guiño de los políticos que necesitaban su voto. Se sumaron nuevos inmigrantes internos y de países limítrofes. La versión urbana de la miseria rural escondida en los montes pasó a ser una comunidad inserta en ciudades ofreciendo mano de obra barata o recolección de desperdicios en el mejor de los casos. Todos tienen aspectos en común:  Carecen de recursos para satisfacer las necesidades básicas, también de trabajo registrado, alimentación, vivienda digna, educación, asistencia sanitaria y agua potable.

pobreza432,2% dio el último conteo de pobres argentinos, el primero de la era del Presidente Mauricio Macri.  Es un sinceramiento a varios años de cifras sesgadas, caprichosas y ocultas. Es el número más próximo a la percepción real en un país que puede alimentar al mundo.

Un año atrás Silvana Melo publica en Resumen Latinoamericano/APA una descripción del panorama escondido por el gobierno Kirchnerista, quizás el mejor ejemplo de como un poder manipulador tapa lo evidente para su propio beneficio:

Les falta entrar a los villorrios sin 47 patovicas que les levantan un muro a los ojos. Les falta andar por Lavalle en las noches, cuando se puebla de fantasmas de cerebro limado y familias silenciosas que despliegan colchones donde hubo manteros. Les falta andar por debajo de las autopistas, donde el brillo se vuelve sombras y en un changuito de supermercado las familias mudan su historia entera cada vez que los barre la Metropolitana. Les falta caminar Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca. Pero no donde los llevan Beatriz Rojqués, Claudia Zamora o Lucía Corpacci. Les falta andar por los pueblos fumigados, por las casas de los niños con piel de cristal, por los pueblos oncológicos de Monte Maíz y San Salvador. Les falta adentrarse en los bosques de Formosa, en los confines de Salta, en Orán, en Encarnación. En las casitas de barro de los wichis y los qom, entre sus huesos gastados y sus dientes de tierra. Sin salud, sin nada que cazar, sin tierra feraz, sin una esperancita que voló hace tiempo con los espíritus de sus muertos, en las alas de una mariposa. Les falta caminar por el Alto, por El Frutillar, por el Bariloche sin chocolate, por el Comodoro Rivadavia donde caen, muertas de frío y de terror, las pibas chiquitas que se llevan los monstruos. Que son tipos silvestres, con cara de nada y nudillo fácil.

pobreza2Sin caminar el tumulto arterial del país, hacia arriba y hacia abajo, es sencillo confundirse. Tal vez es eso lo que le sucedió a CFK. Como no tropieza con la gente que duerme en los umbrales ni con los tres millones encerrados en la cárcel sin techo de las villas, tuvo que echar mano a los viejos números del INDEC para asegurar en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) que la Argentina tiene una pobreza menor al 5%. Es decir, apenas dos millones de personas. Bastante menor que la población de las villas.

La FAO (que es Naciones Unidas, con lo que eso significa) es cómplice de la medición caprichosa del Gobierno. En 2013 había determinado la erradicación del hambre en la Argentina. Los burócratas de la FAO también deberían caminar por la Misiones de Clos –pero sin Clos-, donde murieron centenares de niños de “paro cardiorrespiratorio”, un disfraz generalizado para ocultar el hambre. O por el Chaco de Capitanich –donde los niños wichis mueren de “enfermedad”- o la Formosa de Insfran. Sin punteros ni guardaespaldas. Donde la vida brota como semillas de la panza de la pacha. Pero a ellos se les niega.

A solas con el hambre, tienen que caminar. Aunque el hambre muerda el cinismo de los escritorios.

Si serán falsas y vergonzantes las cifras de pobreza, que el Gobierno argentino dejó de publicarlas en 2013. El Ministro de Economía se escudó para no exhibirlas en una excusa infantil: son estigmatizantes. Es decir, se estigmatiza a los pobres contándolos. Pero no fabricándolos en serie con atuendo de capitalismo humano.

Aunque no los veamos.

Allí están. Compartimos nuestro espacio vital y público pero evitamos entender su existencia. En cada acto comicial también elegimos como dar oportunidades a quienes no las tienen, pero preferimos mirar para otro lado.

pobreza6Para el mismo lado que mira la clase dirigente, desprestigiada por la corrupción y los manejos oscuros de los recursos del estado. Los políticos nos han fallado con sus acciones sociales tan efímeras.

Ustedes, dirigentes, no han perdido su estatus ni sus privilegios mientras en su entorno la pobreza abraza el hambre y la desesperación. Han derrochado recursos y oportunidades, han mentido y prolongado la agonía de ciudadanos.

¿Será la pobreza un mal necesario de los sistemas políticos tradicionales?.

 

Claudio Scabuzzo
@laterminalblog

 

Referencias:
http://www.resumenlatinoamericano.org/2015/06/10/argentina-la-otra-pobreza/
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Un comentario Agrega el tuyo

  1. S. Van Hutten dice:

    Excelente artículo, muy informativo sobre un tema cuya historia local muchos desconocen por indiferencia o edad (y otros fingen desconocer).
    Mirando hacia una posible solución del problema de la pobreza argentina intentaré responder la interesante pregunta que dejás en el último renglón. Para ello usaré el argumento matemático que indica que para refutar una hipótesis basta con hallar un contraejemplo. Y ese contraejemplo es, en mi opinión, Austria, un país que tiene un muy alto estándar de vida (y lo afirmo en base a mi experiencia personal, dejando indicadores demográficos de lado) y donde la pobreza es casi inexistente; un país donde se considera pobre a quien no tiene un auto o no le alcanza con su ingreso para pagar todas las cuentas, pero que no tiene gente durmiendo en las calles ni villas miseria ni legiones de enfermos o malnutridos. Austria es hoy una democracia parlamentaria (un sistema político tradicional) y es interesante repasar brevemente su historia: Como integrante del Imperio Austro-Húngaro perdió la 1ra Guerra Mundial, fue anexada en 1938 a la Alemania Nazi a la que acompañó en la derrota de la 2da GM, nunca tuvo posesiones de ultramar que pudiera expoliar, no tiene riquezas minerales ni petroleo, no tiene puertos y tiene una geografía montañosa que complica la labor de la tierra y encarece la infraestructura de transporte.
    Ergo, no creo que la pobreza sea consecuencia de la política tradicional (más bien, quizás, sea la consecuencia de _ciertos políticos tradicionales_).

    Una pregunta a mi vez para finalizar: ¿Cómo han logrado los austríacos este nivel de vida? No lo sé, pero estoy seguro que no existe una receta mágica aplicable universalmente y que baste copiar prolijamente. Sin embargo estimo que el tener funcionarios públicos que no roben ni dejen robar y sean idóneos no debe ser un mal comienzo.

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