El patíbulo de la vejez.


foto-soledad
Eduardo y Omar nunca se conocieron, aunque transitaron las mismas calles. Ambos fueron jubilados, de edad indescifrable pero más jóvenes de lo que aparentaban. Me crucé con ellos cuando llegaban al final de sus existencias, apesumbrados, sin una brújula que los saque de esa realidad angustiante. Es paradójico: Habían trabajado toda la vida y entregado parte de su esfuerzo a la sociedad, pero en estas horas finales todos les dieron la espalda. La indiferencia del estado frente a sus más vulnerables ciudadanos es acompañada por la misma actitud de sus familiares. El resultado es catastrófico para esas vidas tenues, rescatadas en este relato quizás como único testimonio de sus existencias.

Construyeron sus vidas como pudieron, uno con más logros que otro, constituyeron familias, tuvieron descendencia, vivieron tratando de enmendar errores, de mantener sus afectos pero no pudieron evitar ciertas condenas ni reproches. Parece que llega un momento en que el cúmulo de traspiés y diferencias aplastan. No siempre existe el piadoso que trate de encontrar en esas personas su mejor parte, si es que la tuvieron. El mundo tiene escasa solidaridad, arrasada por un materialismo extremo. Los desinteresados en rescatar a estas personas no abundan.

Desconozco como era vivir en sus tiempos plenos con Eduardo u Omar, si fueron crueles o desconsiderados. Los vi como frágiles ancianos solitarios aunque para sus supuestas víctimas habrían recibido el castigo merecido. Aquí no hay amnistías que valgan ni extinciones de penas.  Condenados al olvido sin jurado, por quienes fueron parte importante de sus vidas.

Omar.

Omar guardaba algunas fotos de su pasado familiar. Aferrado a esos papeles añoraba revivirlos.
Omar guardaba algunas fotos de su pasado familiar. Aferrado a esos papeles añoraba revivirlos.

Omar había trabajado como sereno de una guardería naútica. Las noches eternas crearon en su mente todo tipo de fantasmas y su personalidad terminó enfrentada a su familia. Tras su jubilación tuvo que dejarlos o lo dejaron, quién sabe. Comenzó a pernoctar en distintas pensiones del centro rosarino. Esos espacios reúnen a necesitados con aprovechadores, a honestos con delincuentes. Sus propietarios cobran un alquiler mensual por una habitación mugrienta, con baño y cocina a compartir, sin controles sanitarios y fuera de cualquier norma legal, amparados por funcionarios corruptos.  No hay devolución de dinero, ni ninguna garantía de seguridad. Si el propietario no recibe su cobro o le molesta el inquilino, sus amigos policías se encargaran de tirar sus cosas a la calle. Hay cientos de pensiones en viejas casonas con miles de ocupantes, en una especie de hábitat marginal escondido en la opulencia de la ciudad visible. En esos lugares oscuros comienza el castigo.

Sin memoria.

Una vez salió a desayunar a un bar de la zona y caminó más de cuarenta cuadras hasta llegar a la esquina donde estaba la Iglesia donde se casó. No iba allí. Su mente lo traslado por un camino que nunca recordó y se encontró en ese lugar,  como transportado por una nave extraterrestre. “Alzheimer”  le dijo la doctora del servicio médico de los jubilados. Más ahora que nunca era necesario que su familia lo ayudara, pero tampoco estuvieron allí. Omar debía enfrentar sus iras y depresiones como pudiera, en esa soledad angustiante. No faltó mucho tiempo para que lo echaran de la pensión tras quejarse acaloradamente por los robos en su habitación. Reales o imaginarios, sus reclamos no iban a ser atendidos, así que quedó en la calle, con sus trastos afuera en una pensión clandestina que está, precisamente, al lado de la primera comisaría de la ciudad.

Fue a la Defensoría del Pueblo a denunciar la forma en que perdió su habitación. Allí lo encontré y apenas me reconoció, poco antes de que se desmayara frente a otros que reclamaban derechos arrasados. No hicieron nada por él.

Sin techo.

Durmió junto a otros indigentes, tratando de salvar de la rapiña sus pocas cosas, escondiendo bajo su improvisada almohada los pesos de su jubilación, su documento y ese viejo teléfono móvil al que su hija había llamado una vez, pero que estaba siempre en silencio. Era seguro que se iban aprovechar de él.  Una noche alguien le robó el dinero y otra noche otro le quitó su celular. Sin dinero y sin ninguna forma de ser localizado, se hundió más.

En las calles de Rosario abundan los ancianos olvidados. Esta mujer suele estar en la zona de la Terminal de Ómnibus pidiendo dinero.
En las calles de Rosario abundan los ancianos olvidados. Esta mujer suele estar en la zona de la Terminal de Ómnibus pidiendo dinero.

En esos rincones donde duermen los “sin techo” no hay contemplaciones ni misericordias, solo necesidades vitales. La solidaridad aparecía cuando el agua de la lluvia arruinaba el espacio y entre todos trataban de enfrentar la adversidad.  Fuera de esas circunstancias cada uno trataba de sobrevivir como pudiera.

La indiferencia se notaba cuando la policía aparecía en la búsqueda de alguno de ellos, sospechado de algún delito. Omar recordaba, cuando podía, a esa mujer policía que golpeó a un joven acusado de llevarse a una menor de edad a vivir con él a la intemperie. “Lo cagó a trompadas” decía, admirando la violencia, como si de una película de acción de tratara. Nadie se metía. Si se lo llevaban se quedaban con sus cosas. La calle no es para cobardes.

Esos largos meses en las aceras lo transformaron en muy poco tiempo en un “croto”, la palabra en la que se reconocían quienes ya no tenían nada. Aunque a diferencia de otros marginales, Omar recibía  jubilación y obra social, pero le faltaba techo y seguridad, más con su enfermedad que avanzaba día a día.  Era un hombre frágil que no iba a resistir tantos golpes.

Un diariero de la zona le ofreció trabajar y un lugar para dormir más digno. Al poco tiempo ya no fue a trabajar, ni a dormir a su nueva cama. Ya no está por estos lados. Habría muerto a mediados de 2016 de sus males quién sabe dónde y porqué.  Alguien podrá completar su historia, yo solo cuento esos meses finales de un hombre que solo deseaba abrazar a sus seres queridos y huir de ese destino.

Eduardo.

La vida es una madeja compleja que pocos pueden desenredar. Veo algunos hilos, los últimos.  También me pasó con Eduardo. Conocerlo en sus últimos tiempos no me brindó toda la información para comprenderlo. A diferencia de Omar, Eduardo si tenía una casa en un viejo pasillo del centro de Rosario. Sin luz porque no tenía intención de resolver las deudas con la empresa eléctrica, vivía encendiendo velas, rodeado de objetos del pasado y de aquellos de su interés que recolectaba en la calle. Hablaba de los libros esotéricos que estaba escribiendo, de sus estudios avanzados en la astrología, de sus visiones milagrosas, de sus contactos con otros seres tan avanzados como él que estaban enfrentando una conspiración mundial contra Dios y su apocalipsis. Asistía a una iglesia evangelista y a otra católica para debatir sus raras ideas con pastores y sacerdotes. Arrastraba un carrito en donde llevaba papeles y cosas encontradas. Debajo de su ropa tenía carpetas, como esas en donde se guardan escrituras y papeles legales. Decía que las llevaba encima porque había gente que deseaba robárselas. “Los abogados me persiguen”, decía y hablaba pestes de ellos.

Como en la historia del film “Una mente brillante“, el también era el matemático y premio Nobel John Nash. Estaba hostigado por extraños invisibles que no lo dejaban en paz, ni de noche, cuando se levantaba a revisar los pasadores, trampas y candados con lo que trababa puertas y ventanas. Los veía siguiéndolos, así que siempre huía.

Profeta.

Eduardo, con su voz grave, clara y una sonrisa se acercaba a algunos peatones  para darle un augurio surgido de su mundo profético. A las embarazas les tocaba la panza. Precisamente con unos amigos lo identificábamos como “El Profeta” por sus citas enigmáticas y sus relatos misteriosos.

Era una persona agradable que señalaba tener viejos enfrentamientos con su familia, quienes lo habrían despojado de sus cosas, como si esas cosas fuesen la vida misma. Describía una endeble relación con su familia, casi inexistente. Había un mundo imaginario en contra de él y una gran resistencia a aceptar un cambio en sus ideas y percepciones. Sus obsesiones no lo abandonaban nunca.

Decía haber sido militar y despojado de su carrera por cuestiones psicológicas. También aseguraba haber sido una especie de asesor de un club de fútbol, como un mago que trabajaba con el equipo para hacerlo ganar. Dijo haber inventado algunos artefactos, pero, como otras cosas, nada que podía probar más allá de sus dichos.

cementerioSu soledad se percibía a lo lejos, con su caminar cansino y errático. Lo cierto es que deambulaba en la búsqueda de no sé qué cosa, arrastrando su carrito, viendo pasar sus días mientras crecían sus temores. Murió en 2014 cuando una vela incendió su casa con él dentro. A los meses apareció una de sus hijas y me contó que se resistió siempre a ir a vivir con ella, pese a su insistencia. No era fácil hablar con él.

Viejos olvidados.

Todos tienen un pasado, recuerdos que no volverán. Pero merecen un futuro.

Estas historias se repiten en otras personas de edad cuyo cosecha fue aniquilada por la vida y las enfermedades llegaron sin que nadie pudiera darles un mejor final. Sus logros fueron desintegrados por el estado o sus allegados. Ni siquiera la jubilación, si les llega, es digna y justa, raquíticos haberes como los afectos cercanos en la despedida final. Otras culturas tienen a los ancianos para la veneración, acá se los desprecia sistemáticamente.

Las generaciones perpetuadas en la miseria no son las únicas que terminan mal su existencia, hay muchos que llegan a la misma estación, por otro camino. Todos los casos hablan de una sociedad indiferente que elije a dirigentes indiferentes. Nunca hay dinero suficiente para los viejos, ni para los pobres, ni para los niños, para nada que signifique hacer de la vida de otros algo mejor.

Es la mugre debajo de la alfombra frente a tanta superficialidad y altanería social. Es el triunfo de los que más tienen sobre los débiles, Empujándolos a la muerte desde el  despeñadero de la civilización.

 

Claudio Scabuzzo

@laterminalblog

 

 

Foto principal: https://jacintopujol.com/2016/02/05/caminando-hacia-la-soledad/
Otras imágenes: Propias y de http://kaminorekto.blogspot.com.ar/2013/05/los-solitarios.html
Anuncios

Deja un comentario y participa del debate....

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s