La prosperidad lejos de mi ventana.

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economia

Primero aseguraron que en seis meses todo sería superado. Luego ese plazo se transformó en un año, más adelante en dos. La brújula del gobierno de Mauricio Macri no marca el rumbo correcto, por lo menos hasta ahora, cuando las esperanzas se diluyen en desilusión. No alcanza lo que pagamos para cambiar la realidad. “La plata no alcanza”. Cada logro se complica sostenerlo, todo a la vista de un estado que no ahorra y repite políticas que conducen a la decadencia. Argentina no se levanta ni anda, como siempre, discapacitada de brindar bienestar a todos por igual.

Quizás no es nada sencillo acomodar los números de un país que jamás dejó de despilfarrar sus recursos limitados. Los gobiernos y sus instituciones vinculadas, han sido el derecho adquirido de castas de dirigentes políticos que nunca pisaron el llano y que hicieron una fiesta con la plata ajena. Hay generaciones que fueron mantenidas por el estado por décadas, que se arrogaron representatividad para nunca dejar su espacio a otro. Esa filosofía de permanecer a cualquier costo se trasladó a sindicatos y asociaciones, como parte de una tradición irrenunciable. Así, los mismos personajes protagonizaron todas las secuencias en el tiempo y fueron hacedores o críticos, según el viento, de lo que le sucedía al ciudadano común.

No hace falta decir que el dinero público fluyó por los dedos de los burócratas y se derramó hacia familiares y amigos. Empresas apadrinadas por ellos nacieron y murieron según los tiempos políticos. Grandes negocios dejaron su impronta en el bienestar de generaciones futuras. Si hubo delito pocos serán juzgados. La impunidad es parte de nuestras costumbres.

No hay nada más despótico que la reelección, sin embargo los poderosos no abandonan su intento como si resultaran imprescindibles. Detrás de ellos puede haber un discurso, un mito, una “plataforma” o una serie de promesas que no se diferencian de otras y que contribuyen a crear  el consenso necesario. La democracia hará el resto, sin percibir en su imperfección que ha sido nuevamente engañada.

La maquinaria para permanecer en el poder se aceita con concesiones muy caras. Los gobernantes no dudan en alistar en el estado a una horda de nuevos empleados que harán el “aguante” y que serán mantenidos con los limitados recursos públicos. Nunca es suficiente el número, así que existen distritos donde la mitad de los trabajadores son empleados del estado, mientras languidecen los emprendimientos privados ahogados por impuestos para pagar los excesos.

Las grandes empresas sobreviven por contratos con el gobernante. Sus costos serán convenientemente ajustados para contribuir a la felicidad de los funcionarios. Los servicios públicos se ven degradados por la falta de fondos que nunca escasean para los negocios. Así que cada cosa que el estado hace lo hemos pagado varias veces.

Terminar con ese círculo perpetuo no es fácil. El propio gobierno de Macri ha señalado aspectos de esa maquinaria destructiva pero no sabemos si han podido desarmarla. Todo parece estar en su lugar: Los funcionarios elegidos por el voto en sus despachos buscando la fórmula del éxito y sus opositores en otros despachos legislativos o políticos esperando el turno del retorno. El debate entre ellos será por el oxigeno que resta.

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En sus entrañas, el futuro no se distingue del pasado. El estado sigue siendo el lugar para sobrevivir mientras los verdaderos contribuyentes tambalean con sus números por las exigencias impositivas y tarifarias. Son muy pocos los que pagan y muchos los que cobran. Escasos los que desafían con ideas e intenso trabajo el diario amanecer. Sobran los que trabajan 6 horas diarias 5 días a la semana, e incluso menos. Los corruptos enrostran al resto sus sucios logros y  otros agachan su cabeza esperarando tiempos mejores.

No sabemos cuánto vale la electricidad, el agua o el gas, solo lo que dicen que debemos pagar. Tampoco si el aumento descomunal de los impuestos nacionales y provinciales, y las tasas municipales ha resuelto el misterioso déficit de las arcas públicas cuyos gastos desmedidos son incontrolables. No entendemos por qué no funciona dignamente la policía, la justicia, el hospital y la escuela. Por qué en la oficina pública hay brazos cruzados mientras las aguas avanzan sobre las casas por obras jamás realizadas. Porqué esa oficina pública abre 8:15 y sin embargo tenemos que esperar que el personal engulla su última medialuna para que comience a atender. El jefe, amigo del poder, no llegó, ni llegará a horario, porque nadie controla ni es controlado.

Cada gobernante prometió erradicar la inseguridad, la pobreza, el desempleo y la marginalidad pero nada ha cambiado todavía. ¿No hay recursos para dar vuelta esta realidad? Cumplimos con abonar lo que nos exigen, pero parece que no es suficiente.

Como un vampiro inmortal, la inflación, el desempleo y la crisis económica no dejan de existir época tras época. Condenados por esa maldición vemos pasar la prosperidad lejos de nuestra ventana. Muchos prefieren ese panorama porque les resulta lucrativo. Otros sufren en silencio y solo son revelados por una estadística negativa que será fuente de un estudio social o económico. Despidos, fábricas que cierran y comercios que no pueden continuar son proyectos que se demuelen en el instante en que un funcionario abandonó sus promesas por su comodidad.

Es absolutamente lógico pensar que si la gente debe pagar cada vez más, comprará cada vez menos. Las consecuencias catastróficas son inevitables en los económico y social. Si el dinero mueve el país, ¿dónde está nuestro dinero?

El aparato productivo, el empleo privado y el desarrollo individual quedarán invernando a la espera del fin de la era polar. Crearán impuestos o tarifas que pagaremos porque a pocos importa lo que le sucede al otro mientras nos dicen que “estamos mejor”. Pero nuestro vecino funcionario cambió nuevamente su auto. Enhorabuena.

 

Claudio Scabuzzo

@laterminalblog

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Héctor Walter navarro dice:

    Un muy buen análisis y un muy buen diagnóstico del cancer que sufre nuestro país. Falta una prognosis: ¿en qué termina esto?

    Me gusta

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