Somos la crisis.


Hubo manchones de estabilidad y progreso que como un flash tocaron la vida de algunas familias que pudieron conseguir su techo o su crédito accesible que le permitió salir a flote. Instantes, efímeros, en que  pudieron ahorrar sin caer en sistemas usurarios. Sueldos que alcanzaron excepcionalmente y oportunidades laborales abundantes, que colapsaron después. Pero nada perduró. Argentina es una tierra rica con sus recursos mal repartidos y una casta poderosa que esquila su fortuna para unos pocos.

Acá no se trata de oligarquías y terratenientes que dominan a una población empobrecida porque en pleno siglo XXI ellos han cedido parte de su poder a políticos, dirigentes y empresarios que vinculados al estado lo saquean sin ningún pudor ni piedad. Y así estamos. Retorcidos  de las crisis eternas y pidiendo dinero prestado para salvar los déficit que el propio poder genera.

27 veces en su historia reciente Argentina recurrió al salvavidas del Fondo Monetario Internacional. Es solo una muestra de los desequilibrios provocados desde los gobiernos con las cuentas públicas y la economía nacional. Un poco de inflación hace bien, dicen, para convencernos de que todo va bien, pero no.

“La crisis es aplastante, terrible. Un sentimiento de depresión moral le sucede, notándose una paralización absoluta de las iniciativas comerciales e industriales que debe contarse tanto como las quiebras innúmeras que se producen, la deserción de capitales, la desocupación obrera…”

Crítica, 25 de enero de 1930.

La Gran Depresión de la década del 30 en Estados Unidos. Nosotros nunca la superamos…

Más de ocho décadas atrás, la crisis en Estados Unidos conocida como “La Gran Depresión”, llega a nuestras tierras agudizando más la desigualdad social.  Se contraen exportaciones, el oro huye de nuestras reservas y el peso se desvaloriza.

¿Dónde hay un mango/que los financistas,/ni los periodistas,/ni perros ni gatos,/noticias ni datos/de su paradero/no me saben dar?  Cantaba la ranchera de Canaro y Pelay en esos tiempos donde la miseria era tal que la crisis ya no podía percibirse.

La crítica situación permitió el desarrollo de movimientos en busca de mejoras sociales y laborales, el nacimiento de facciones políticas que establecieron amigos y enemigos, buscando dar un giro a los desposeídos. El resultado fue sorprendente en lo social pero no se sostuvo en el tiempo.

La única verdad es la realidad.

El General Juan Domingo Perón cuyas medidas económicas marcaron al país hasta el presente.

Cuando Juan Domingo Perón llegó al poder la depresión del 30 había quedado atrás. El militar y ahora Presidente se jactaba de no poder caminar por los pasillos del Banco Central por la cantidad de lingotes de oro. El codiciado metal no estaría allí para siempre.  A finales del 40 el dólar costaba $ 2,44 y cuando Perón fue derrocado en 1956 ya costaba $ 16.

Perón asumió en 1946 con deuda externa: U$S 3500 millones reclamaban Inglaterra y EEUU por maquinarias compradas, pero le debían a la Argentina U$S 1500 millones por granos argentinos exportados durante la II Guerra Mundial. Perón quería cobrar y después pagar, pero los acreedores eran inflexibles, así que nacionalizó los ferrocarriles, industrias, teléfonos y distribución de gas pertenecientes a esas potencias. Con las tarifas pagaría la deuda, pero derrocado en un golpe antidemocrático no logró cancelar la acreencia.

Esos servicios que habían sido explotados de manera ejemplar durante medio siglo por empresas extranjeras, no pudieron ser mantenidos de igual forma por el estado. Décadas después muchas compañías estatizadas casi fueron desamanteladas por la escasa inversión, su estructura sobredimensionada y sus gastos descomunales. Corruptos y gremialistas hacían sus negocios a costa de la empresa pública, cuyas pérdidas eran constantes y su servicio deficiente, pero no les importaba.  Quizás Perón no imaginó ese futuro cuando arrasó la propiedad extranjera endeudándose para cobijarla en el estado. En su imaginario, el país necesitaba esos recursos para transformarse en un potencia industrial llena de obreros sindicalizados que cambiara el perfil agrícola que el dominio extranjero nos había otorgado.

La fábrica estatal IME fue un ejemplo del industrialismo peronista. No sobrevivió.

El modelo sustitutivo industrial del peronismo sucumbe en 1952 cuando presenta un Plan de Emergencia Económica, con un giro pragmático. Para algunos fue la “vuelta al campo”, es decir, promover la producción y las exportaciones agropecuarias.  La crisis había comenzado en 1948 con una contracción del 3,8% en el PBI, casi un 40% de inflación y una fuerte caída en reservas y en la balanza comercial. Los primeros años peronistas fueron de expansión salarial, consumo, empleo y gasto público. Pero entre 1949 y 1951 los números no daban. Los salarios reales cayeron 20 puntos y la inflación promediaba el 30%. Luego vendrán el control de precio y  salarios en  una política de equilibrio dirigida por el gobierno.

Algunos de los excesos cometidos contra las arcas del estado durante la primera época peronista serían replicados después en otros mandatos de dictadores o demócratas: Proteccionismo, utilización de fondos de seguridad social para atender el déficit público, subsidios espurios y la impresión descontrolada de dinero para atender la inflación. Los empréstitos se tomaban como un salvavidas y su efecto reparador era invisible.  Casi siempre el sector externo fue la justificación por las sucesivas recesiones y en ocasiones “los desmanejos del gobierno anterior”. Lo cierto que la bonanza nunca perduró y siempre se volvía a empezar cambiando la receta.  Las conspiraciones rodearon a quienes tomaban decisiones, a veces teñidas de un encono irracional que ponía en peligro cualquier proyecto. Las diferencias ideológicas eran insalvables en las etapas democráticas lo que permitía golpes de estado militares que hundían más al país en la violencia y la incertidumbre. La institucionalidad y la República se fraccionaron en cientos de pedazos imposibles de reunir. Pagamos muy caro nuestra corrupción, la irresponsabilidad, la intolerancia y el egoísmo.

Tras el golpe de estado contra Perón en 1956 el país tenía una deuda externa de 1000 millones de dólares. La llamada revolución Libertadora establece una serie de medidas para contener la inflación y decide congelar los salarios un año y reducir el gasto público. Nada sirvió, la inflación avanzó y hubo que pedir más dinero para sostener  el modelo. U$S 700 millones necesitaron los militares para limpiar de peronismo el país y por la incertidumbre de los acreedores para cobrar nace el Club de París, una agrupación de naciones europeas que prestaban dinero a la Argentina.

El país sin Perón.

Arturo Frondizi gobernó un país dividido entre peronistas y antiperonistas. Su desarrollismo provocó admiración pero tampoco perduró.

Proscripto el justicialismo, y bajo la tutela de los militares asume, tras ganar elecciones, Arturo Frondizi, radical que dialogaba con los peronistas. En 1958 cumple con aumentos salariales pero repercute la inflación. En un momento su gobierno toma la posta del “desarrollismo” impulsando el desarrollo industrial, la explotación de los recursos naturales y la inversión extranjera. El resultado fue notable durante 3 años pero volvió la inflación y las dificultades para enfrentar la balanza de pagos. El FMI declaró incumplimientos de acuerdos: Se derrumban las reservas y las inversiones extranjeras. Como en otras épocas, la inestabilidad política arrastra al abismo a la economía.  Aparecen las huelgas revolucionarias, violentas resistencias obreras y el estado de sitio que permitía la detención de terroristas. En 1962 Frondizi cede a las presiones peronistas y cae tras un Golpe de Estado promovido por quienes no querían al líder exiliado.

Arturo Illia fue un ejemplo de honestidad pero los poderes sindicales y empresariales no lo querían.

Un año después, en 1963, los militares dejan el gobierno para otro breve período democrático: Asume el radical  Arturo Illia. El nuevo gobierno era partidario de la participación activa del Estado en materia económica,  así que reguló ciertas actividades sosteniendo una política de control de precios. Sus medidas políticas, sociales y económicas fueron aire fresco después de años desfavorables. Aumentaron salarios y el PBI pero, sin embargo, debió tolerar a una prensa que se burlaba de su gobierno y el “Plan de Lucha” de los gremios que no dudaban en parar el país. La “Guerra Fría” estaba en su apogeo y algunas decisiones políticas lo enfrentaron con la derecha  y la izquierda reaccionaria. La alta conflictividad organizada por los gremios peronistas aceleraban su caída.

La dictadura de Onganía agudizó la violencia política.

En 1966 fue vergonzosamente derrocado y empieza una seguidilla de gobiernos militares enmarcados en otra aparente “revolución”. Mandatos represivos, autoritarios, anticomunistas y antiperonistas, como no podía ser de otra manera, enlazados a otras dictaduras de la región.

La economía de las dictaduras.

El general Juan Carlos Onganía ejerció el poder de 1966 a 1970. Sus primeras medidas fueron devaluar la moneda un  40% y pedir otro préstamo stand by al FMI. Se recortó el gasto público para bajar el déficit del presupuesto que pasó del 40% de los últimos meses del gobierno radical al 14% en 1967. Su gran apertura al inversor extranjero permitió una corriente de capitales que hicieron crecer las reservas del Banco Central. Otros préstamos sirvieron para concretar grandes obras públicas a costa de congelar salarios (que sin embargo lograron cierta recuperación real) y controlar precios, en un marco de prohibición de partidos políticos y gremios. Aumentó la importación que perjudicó a los pequeños y medianos industriales, pero no a las multinacionales radicadas en el país.

Las protestas sociales y políticas contra la falta de libertad aumentaban la tensión en las calles.

Muchos bancos se disolvieron o pasaron a manos extranjeras, al igual que empresas icónicas. Así disminuyó la inflación y se extinguió el peso moneda nacional para dar inicio al Peso Ley 18.188. Los enfrentamientos gremiales se trasladaron a verdaderas rebeliones ciudadanas que reclamaban mayor libertad. Se afianzó la subversión alimentada por facciones de izquierda y peronistas en busca de revertir la dictadura y obtener el poder.

Onganía también debió ceder el poder a otros uniformados en 1970 por la situación social y el asesinato del General  Aramburu en manos del terrorismo. Lo sucedieron el General Roberto Levingston y luego el General Alejandro Lanusse.

Levingston gobernó de facto 300 días, suficientes para imponer su “Compre Nacional” e intentar lograr un respaldo popular con aumentos salariales, préstamos baratos y estímulos a la industria local. No lo logró. Un desarrollista radical, Aldo Ferrer, puso las directivas del plan económico de Levingston y su sucesor Lanusse pero  la espiral inflacionaria, las protestas gremiales y los asesinatos de la ultraizquierda y ultraderecha dieron un marco que duraría mucho tiempo. Ferrer imprimió una frase que fue un sueño imposible: “Vivir con lo nuestro”. Nunca lo logramos, más cuando existía mucho malestar.  El deseo de elecciones libres para que asuma un gobierno legítimo fue  tomado por grupos violentos que enrarecieron el clima social y económico.

Cuando le tocó a Lanusse gobernar en 1971 lo hizo con pragmatismo. Comenzó  a destejer los impedimentos políticos del peronismo, desencadenante de situaciones extremas desde que fue derrocado 15 años atrás, con su líder exiliado que manejaba con títeres la política local. Los militares querían abandonar el barco de la mejor manera posible así que estableció un Gran Acuerdo Nacional para pacificar la política y las calles del país. Después de todo el peronismo nació con uniforme y, visto desde la pantalla de la historia, no era más que otro partido militar, como los que derrocaron a la democracia en forma alternada.

Los gobiernos militares del 60 y 70 querían imprimir su presencia con construcciones faraónicas y provocaron que la obra pública fuese, en ocasiones, impactante y trascendente. Esta política contrajo la inversión privada, aumentando el déficit fiscal y la inflación que llegó al 6% mensual y el 80% anual al fin del mandato de Lanusse. Los salarios se desintegraban y los reclamos eran insistentes, mientras los grupos subversivos aumentaban sus operaciones contra militares, policías, funcionarios y empresarios.

La lucha por el poder peronista nos hunde.

El regreso de Perón o el principio del fin.

Si bien la política de precios era concertada y los aumentos salariales por decreto, la inflación siempre se aceleraba.  En 1973 hubo dos elecciones a Presidente y cuatro gestiones distintas. La que se iba con Lanusse, la de Héctor Cámpora durante dos meses y tras su renuncia asume el interinato de Raúl Lastiri otros tres meses.  Este  llama a elecciones para la llegada de Juan Domingo Perón con su tercer y último mandato.

La impronta económica estuvo de la mano de José Ber Gelbard, dirigente de la Confederación General Económica.  Su gestión no cambió  la concepción tradicional del país proveedor de materias primas, ni se orientó hacia la expansión de la industria que había sido uno de los objetivos manifiestos del peronismo.  Fue intervencionista, regulando precios y salarios. Esto permitió bajar la inflación pero no vencerla. Al desempleo lo combatió aumentando la planta de empleados públicos lo que provocó un mayor déficit estatal.

La clase media y las Pymes que habían alcanzado su desarrollo con mucho esfuerzo, estaban amenazadas.  Del 64 al 75 el PBI mantenía un crecimiento que fue el más extenso de la historia, enmarcado en todo lo que se describió: Inflación, déficit, fuga de divisas, protestas sociales, terrorismo y golpes militares. Había cierta autonomía de los poderes globales y políticas de respaldo al mercado interno, y mucho intervencionismo. No eran problemas la deuda externa y el precio del dólar. Había una expansión de exportaciones y mayores recursos llegaban gracias al buen precio de las materias primas. El camino que siguió empeoró todo.

La cuestión laboral estaba atada a los pactos que el peronismo estableció con sindicatos y empresarios. La inflación seguía siendo la termita de los salarios y los gremios no dejaban de protestar por paritarias. Los precios máximos fijados por el estado inauguraban el desabasteciendo y el mercado negro. Todos los acuerdos se debilitaban frente al incremento de la protesta social y el terrorismo. Había internas políticas irreconciliables en las entidades representativas de trabajadores y empleadores. El país estaba atravesado por una grieta violenta y bestial, con subversivos y terrorismo de estado incluido.  Perón, que proclamaba la unión, gobernaba un país dividido. Su muerte en 1975 puso a los débiles delante del fusil.

La viuda de Perón y sy secretario López Rega: Protagonistas de un gobierno democrático violento.

La vicepresidenta y última esposa del líder justicialista, María Estela Martínez de Perón, “Isabelita”, accede al gobierno y con ella la peor facción del partido que fundó su marido. La economía naufragaba con inflación, huelgas y salarios destruidos.  Tras la renuncia de Gelbard, asume Gómez Morales que poco pudo hacer. Le tocó un escenario internacional desfavorable: La carne argentina no podía ingresar a Europa, el peso se había devaluado y las protestas salariales estaban a pleno. También renunció y asumió Celestino Rodríguez quién adoptó el plan económico de José López Rega, secretario y adalid de Isabelita y líder del terrorismo de estado.

Celestino Rodríguez era Ingeniero no tan ilustrado de las cuestiones que atendió y ostentaba un anillo importante que demostraba que era de la misma logia esotérica que el secretario privado de Isabelita. Precisamente un pequeño libro de su autoría, “Espíritu y revolución interior en la actual sociedad de masas”; fue editado por la Asociación de Cultura Espiritual Argentina, una derivación de la extraña mixtura entre el peronismo, el misticismo y el esoterismo.

Siguiendo una receta del FMI con ingredientes locales, el nuevo ministro lanzó un violento plan de ajuste que se conoce como el “Rodrigazo”. Era un plan de “estabilización” sobre la base de la liberalización de los precios manteniendo fijos los salarios. Otros aseguran que su plan económico era para licuar la deuda de algunos empresarios y millonarios ligados al peronismo, cosa que logró con creces con el deterioro de los ingresos de los trabajadores.

El golpe inflacionario derivó en grandes protestas de los trabajadores y en la posterior caída del ministro y de su mentor, López Rega. Rodrigo era un personaje extraño, igual a otros que rodearon a Perón en su regreso al país y que luego heredaron el poder. Dejó el cargo con un 300% de inflación y al finalizar 1975, el índice trepaba el 566%.

Las medidas económicas impulsadas por Rodríguez fueron destructivas de salarios y bienes. Los recursos del país fueron sorteados en medidas económicas tomadas por la guerra entre los ortodoxos más acérrimos  y  los verticalistas peronistas.

Para que las medidas resultaran exitosas tenía que disminuir el poder sindical, una de las plataformas ideológicas del propio peronismo: Hombres afines al poder desplazan a los gremialistas verticalistas, y el enfrentamiento de sangre y fuego no se detuvo. El fracaso de este plan terminó con el desplazamiento de López Rega y el pedido de licencia de la presidenta “por motivos de salud”.  El gobierno perdió autoridad, el descontento era enorme y la crisis económica y social le abrió las puertas a otro gobierno militar, el más cruento de la historia.

La dictadura de la plata dulce, la bicicleta financiera y la deuda externa.

La dictadura no resolvió los problemas, los agravó con sangre y miseria.

El gobierno tripartito de la junta militar de Videla-Massera-Agosti asume en marzo de 1976 y aparece la figura de José Alfredo Martínez de Hoz, un economista y abogado liberal de una familia tradicional de estancieros, muy cercano al poder militar. Su nombre se emparentó a la destrucción de la producción nacional, la licuación del salario, a los negociados con el poder económico extranjero,  a la represión y desaparición de trabajadores.

José Alfredo Martínez de Hoz llevó a la dictadura un programa económico que aumentó el deterioro social, arrasó la industria y endeudó el país.

Cuando asume asegura que las Fuerzas Armadas llegan al gobierno “Para suplir un notorio vacío de poder” y “que la ausencia de una autoridad respetada había estimulado el enfrentamiento social en pos de una mayor participación en la distribución del ingreso, lo cual actuó como acelerador del fenómeno inflacionario hasta llevarlo a un punto sin precedentes.” Por lo tanto, presentó su programa para el saneamiento monetario y financiero, un rápido crecimiento económico y una “razonable distribución del ingreso”. Sus anuncios, a veces con conceptos vagos con alto contenido ideológico, no fueron muy distintos a lo que prometían otros funcionarios en épocas pasadas, pero en el marco de la dictadura resultaron catastróficos. Por sus aceitados vínculos con el poder financiero extranjero el Fondo Monetario Internacional puso a su disposición un crédito de U$S 110 millones en tiempo récord. Los préstamos condicionaron al país y sometieron nuestro crecimiento para siempre.

A Joe, como le decían, se lo recuerda también por “la tablita”, donde la devaluación y el tipo de cambio se anticipaban durante 8 meses. El consideraba  los aumentos de precios y la inflación se debían a “factores psicológicos”, pero no pudo controlarlas.

En 1981 debió renunciar ante el fracaso de su plan. La inflación anual había llegado lal 160%, y el PBI descendió durante ese año cerca de un 3.2 %.  La economía estaba destruída con los índices de producción en descenso, El retiro de depósitos provocó un “crack” que  llevó a la liquidación de cuatro bancos de los más importantes del país junto a otras 37 entidades financieras.  La “plata dulce” y la “bicicleta financiera” (consistía en obtener dólares a una baja tasa de interés en el mercado internacional, colocarlos en el mercado interno con un diferencial de tasas de interés – en relación a la tasa internacional -, reconvertir dichos créditos nuevamente a dólares y retirarlos del país) se despidió con corrida bancaria, fuga de divisas y una mayor deuda externa. Las exportaciones se derrumbaron un 20% en 1980 pero las importaciones subieron un 30%.  Eran furor las baratijas importadas y los viajes a la frontera para comprar un TV Color.

A Martínez de Hoz Le sucedieron Lorenzo Sigout,  Roberto Alemann,  José María Dagnino Pastore y Jorge Wehbe. Cada uno administró la crisis con medidas conocidas como congelamiento de sueldos, ajustes salariales por debajo del incremento de precios, tregua de precios, contracción monetaria,  desindexación de la economía y devaluaciones, pero la inflación se mantenía en tres dígitos anuales. Durante la dictadura la deuda externa se multiplicó casi por siete: De 7000 millones de dólares  en 1976 a más de 45000 millones de dólares en 1983, incluida la deuda que tenían multinacionales con sus matrices en el exterior, que fue estatizada en 1982 por iniciativa de Domingo Cavallo, presidente del Banco Central. La dictadura, que estimuló a la llamada “patria financiera”, dejó un tendal de fábricas cerradas, cerca de 15.000, y la inflación acumulada fue de 517.000%.

Los daños que la dictadura provocó en el tejido social por la violación a los derechos humanos se amplificaron con su política económica, cuyas consecuencias nefastas perduran hasta el  presente.

La historia más reciente no es diferente.

Raúl Alfonsín inaugura un período democrático que perdura hasta hoy. El rumbo económico incierto también se proyecta al presente.

Con el retorno a la democracia, en 1983, no logramos equilibrar el barco. Nuestra historia cercana tiene hasta caída de gobiernos por el desastre económico. Nuevamente se comprueba que los vaivenes políticos se trasladan a la economía, que el despilfarro nunca cesa y la corrupción es el motor del poder. Sigue el dólar como referencia y la deuda externa como pulmotor del estado. Sigue la destrucción de los logros privados con una carga impositiva asfixiante, la generación de empleo público hasta superar el trabajo privado y el saqueo de los fondos jubilatorios.

El dólar parece ser nuestro cáncer pero no es más que un indicativo de nuestra decadencia nacional.

Siguen los corruptos y sus amigos alimentándose del estado famélico, amparados en una justicia fallida, formando una casta de parásitos que engañan con su discurso y que le abren la puerta a los buitres.  Mientras las naciones del mundo progresan, Argentina se hunde en sus problemas irresueltos que no enfrenta con dignidad.

Parece un problema cultural, un asunto de la idiosincrasia nacional teñida de fanatismos y líderes muertos que no supieron dejar herederos. Una cuestión de egoísmos y delirios políticos. Las ilusiones impulsaron nuestros votos pero no supimos ver la realidad. Cuando tocamos nuestros bolsillos vacios y vemos la frustración de no progresar nos resignamos y aceptamos que siempre será así. Esperamos la generosidad del poder para dar un pequeño paso y ese gesto será nuestra esperanza. Nos conformamos con poco.

 

Claudio Scabuzzo

@laterminalblog

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